La voz de Octavio Brandán del otro lado de la línea ya no era la del hombre que había cubierto el micrófono del teléfono al pie del ring. Era más lenta, más cuidadosa, la voz de quien lee un guion que alguien le acaba de entregar y que todavía no termina de creerse.
—Matías, querido. Qué alegría que llamés. Te estuve buscando.
—Usted no contestaba.
—Eran momentos delicados, vos sabés. —Una risita corta, sin gracia—. Pero se acomodó todo. Hoy a la mañana la fiscalía recibió un informe de la Federación. Reglamento, médico presente, categoría autorizada. El expediente pasó a «muerte accidental en el marco de actividad deportiva regulada». Sin imputación. Sin nada. Y lo tuyo ya está depositado, por si querés mirarlo. Los ochocientos de la pelea, completos, con el bono. Entraron hace una hora.
Matías apartó el teléfono de la oreja y abrió la aplicación del banco con el pulgar torpe. Esperó a que cargara. Donde durante meses había habido una cifra roja, setecientos cuarenta y un mil ochocientos setenta, ahora había un cero limpio, y debajo un resto de cincuenta y ocho mil ciento treinta que no le produjo ninguna alegría. El banco no había hecho preguntas. Una deuda eterna se había borrado en una sola mañana con el dinero de un muerto, y la pantalla seguía mostrando el mismo tono azul pálido de siempre.
—Alguien le avisó —dijo, con la frente apoyada contra el vidrio frío de la ventana. Abajo, los periodistas seguían fumando junto a la camioneta.
—Alguien con mucho peso se interesó por vos, pibe. No me hagas preguntas, yo agradezco y me callo. —Brandán bajó la voz—. Y hay más. Después de lo que pasó, tu nombre vale otra cosa. Quieren una segunda pelea. Cuanto antes.
Lo citó esa misma tarde, no en el club ni en la oficina del café recalentado, sino en un hotel de Puerto Madero, en un piso alto con alfombra gruesa y ventanales sobre el río. Fueron a buscar a Matías en un auto negro, sin patente visible, y el chofer lo hizo salir por el garaje del edificio. Nadie lo vio irse. Esa fue la primera cosa que entendió: ya no era un hombre que se movía solo por la ciudad.
En la sala había una mesa larga con una carpeta cerrada. Brandán lo esperaba de pie, con un traje nuevo que no le quedaba cómodo. Junto a él había un abogado de pelo gris que no dijo su nombre y una mujer joven con una tablet que no levantó la vista. Del fondo, de espaldas a la luz, un cuarto hombre ocupaba un sillón. Matías lo reconoció por la quietud antes de verle la cara. Vael inclinó apenas la cabeza, como se saluda a un conocido en un velorio.
—Doscientos mil dólares —dijo Brandán, deslizando la carpeta, y la frase le salió con un temblor de reverencia—. Garantizados, por subir al ring. Más cincuenta mil de bono si la pelea termina antes del cuarto round. Son doscientos cincuenta mil, Matías. Y eso sin contar el porcentaje de la transmisión, que va a ser en más de cuarenta países. Tu video tiene trescientos millones de reproducciones. Hoy sos el nombre más buscado del deporte, y no por un título.
Matías hizo la cuenta sin querer. Un cuarto de millón de dólares. Al cambio de ese día, eran miles de veces la deuda que lo había llevado hasta un ring de Villa Luzuriaga con la lona combada. El número le quedó vibrando detrás de los ojos, limpio, perfecto, y sintió una náusea que le subió hasta la lengua. Antes había peleado por no hundirse. Esta vez nadie podía decir que lo hacía por necesidad, y ese pensamiento le pareció peor que cualquier cifra.
—¿Quién es? —preguntó.
—Franco Ledesma. Treinta y cuatro años, de Quilmes. Profesional de verdad: veintidós victorias, cuatro derrotas, fue campeón argentino. No está en el ranking mundial, pero tiene nombre, tiene cuerpo, tiene recorrido. —Brandán carraspeó—. Y tiene voluntad. Él pidió la pelea.
—¿Él la pidió?
El abogado abrió la carpeta y le acercó una hoja impresa. Era la transcripción de una entrevista radial. Matías leyó con el dedo bajo cada renglón, como un chico. Ledesma había dicho que lo de Cordero era una desgracia, que cualquiera que haya subido a un ring sabe que ese riesgo existe, que él no veía a un asesino sino a un pibe con mala suerte, y que si hacía falta demostrárselo al país, él mismo se lo demostraría arriba del ring. Que no había que tenerle miedo a un golpe. Que el miedo era lo único que mataba de verdad.
—Un accidente —murmuró Matías.
—Eso dice él. —Desde el sillón, la voz de Vael llegó mansa, casi amable—. Es el relato que necesitamos todos. Los hombres como el señor Ledesma suelen creerlo con una convicción admirable.
Matías levantó la vista. Vael lo miraba con esos ojos grises que no pestañeaban. Brandán, a su lado, sonreía al aire, mirando un punto de la pared, con la sonrisa de quien ha aprendido a no ver lo que está pasando en la habitación.
—Si me presento —dijo Matías, y se sorprendió de lo firme que sonaba—, quiero ver a la familia de Cordero antes.
Un silencio breve. El abogado miró a Brandán. Brandán miró a Vael.
—Me parece un gesto muy noble —dijo Vael—. Yo no lo desaconsejaría.
Fue a Lanús al día siguiente, solo, en un remís, con una gorra baja y un sobre sin nada adentro porque no sabía qué se le lleva a una madre. La casa era chica, de ladrillo sin revocar, con un Ford Fiesta en el garaje y un cartel de gimnasio en la ventana. Lo recibió una mujer de unos cincuenta años, con el pelo recogido y los ojos hinchados de tanto llorar, que lo miró un instante largo, sin decir nada, y después cerró la puerta despacio. No fue un portazo. Eso fue lo peor. Detrás de la madera oyó una voz de hombre, baja, que preguntaba quién era. Y a la madre respondiendo, con la voz seca de quien ya no gasta energía en odiar:
—Nadie.
Se quedó un rato en la vereda. En el cantero del frente alguien había puesto un par de guantes viejos, atados por los cordones a un palo, y una vela encendida dentro de una botella cortada. Los guantes eran rojos, descoloridos, de talle chico. Matías pensó que eran los primeros de Ismael, los de niño. Pensó en los ochocientos mil pesos que ahora dormían en su cuenta, y en que nadie en esa casa los había cobrado, y sintió que el dinero le pesaba en el bolsillo como una piedra.