Flores Que No Se Marchitan

Otoño I

Mi reflejo en el espejo siempre miente mejor que yo

Pase el labial sobre mis labios con un trazo lento, asegurándome de que no quedará ni un solo borde imperfecto, el vestido se me ajustaba a la perfección, marcando exactamente lo que todos quieren ver

En la pantalla del teléfono, la gente vería una imagen perfecta, en la noche
Una chica que no necesita a nadie

Pero cuando las luces del baño se apagaban por un segundo, la realidad me devolvia la mirada

Pase los dedos por la madera fría buscando las llaves y el perfume
Salir los fines de semana, ya no era una simple elección, era una anestesia necesaria

Prefiero 1000 veces el retumbar de los altavoces y el olor a alcohol barato antes de quedarme a solas con el silencio de este apartamento

El silencio me obligaba a pensar, y pensar significaba recordar que para cualquiera que pasara por esa puerta conmigo, yo era solo una cara bonita, y un cuerpo prestado

Me puse el abrigo, me acomode el cabello como mejor me queda, cerré la puerta
Las noches de otoño en la ciudad traían un aire helado, pero yo ya me sentía helada desde hace años

Ya en el lugar de la fiesta, la música retumbaba tan fuerte que sentía que mis tímpanos iban a estallar. El bajo era un pulso constante, casi animal, que se metía debajo de la piel y hacía que mi corazón latiera fuera de ritmo. El neón de las luces cortaba la oscuridad en pedazos de rojo, azul y púrpura; los cuerpos mojados se movían, se rozaban, se perdían unos en otros.

Yo estaba en el centro de todo, como siempre.

Con un vaso de vodka con bebida energizante en la mano, reía de algo que no me causaba gracia. Samuel -¿o era Jack?- me hablaba cerca del oído, demasiado cerca, con la confianza ciega que dan las tres de la mañana. Yo asentía y sonreía con esa curva perfecta de labios que había practicado frente al espejo durante años. El vestido se me pegaba al cuerpo por el calor de la multitud. Sabía que me miraban. Siempre me miraban.

Y, sin embargo, me sentía invisible.

No era la primera vez que pensaba eso. A mis veintitrés años ya había aprendido que podía estar rodeada de gente y seguir completamente sola. Mis padres me pagaban el alquiler del apartamento en el centro, me enviaban dinero cada mes y me preguntaban por la universidad que abandoné hace un año. "¿Todo bien, Ana?". Siempre respondía lo mismo: "Todo perfecto".

Mentira

En realidad, me sentía como un vaso agrietado: por fuera bonito, por dentro a punto de romperse. Cada fiesta era un intento desesperado de llenar ese hueco con ruido, alcohol y manos ajenas. Pero al final de la noche, cuando el silencio volvía, el vacío siempre estaba ahí, más grande que antes.

Terminé lo del vaso de un trago y me separé del chico sin decir nada. Caminé entre la gente, sintiendo manos que me rozaban la cintura y miradas que se me pegaban a las piernas. Cada roce era como combustible. Cada mirada, una pequeña dosis de algo que se parecía a ser deseada. Pero nunca alcanzaba. Nunca llenaba nada.

Me detuve cerca de una ventana abierta. El aire fresco de la noche me golpeó el rostro. Abajo, la ciudad brillaba con sus luces frías. La ciudad nunca dormía realmente del todo.

Y entonces lo vi.

Estaba apoyado contra la pared del fondo, solo. No bailaba. No hablaba con nadie. Sostenía una cerveza sin beberla, como si solo necesitara tener algo en la mano para no sentirse tan fuera de lugar. Era alto, delgado, con el cabello oscuro un poco despeinado. No tenía esa mirada hambrienta que tenían los demás. Sus ojos observaban todo con una distancia tranquila

Esa diferencia me descolocó. No era el tipo de chico que solía atraerme. Y por eso mismo, me acerqué.

-¿Perdiste una apuesta o algo así? -le dije, alzando la voz por encima de la música.

Él giró la cabeza lentamente. Me miró a los ojos. No bajó la vista a mi escote ni a mis piernas. Solo me miró

-Se podría decir que fue algo así -respondió con voz grave y calmada, casi tímida.

-Soy Ana.

-Piero.

No agregó nada más. No intentó impresionarme. No me preguntó a qué me dedicaba ni me dijo que estaba hermosa. Solo se quedó ahí, presente de una forma que resultaba extraña en medio de tanto ruido.

Hablamos. O más bien, yo hablé. Le conté anécdotas exageradas de fiestas anteriores, le hice preguntas superficiales. Él respondía con frases cortas pero precisas. No fingía interés. Y eso, curiosamente, hacía que el silencio entre nosotros fuera verdaderamente cómodo.

En un momento, sin que entendiera muy bien cómo, terminamos en la terraza del edificio. La música llegaba amortiguada. El viento nocturno era más fresco.

-A veces pienso que toda esta luz -dijo- solo sirve para cubrir lo oscuridad en la que todos vivimos.

Sus palabras me pegaron más fuerte de lo esperado. Por un segundo, mi sonrisa falsa se tambaleó.

-¿Siempre hablas así de profundo o es que estás un poco ebrio? -pregunté, intentando sonar burlona, pero a la vez estaba intrigada

Él sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, casi triste.

-No estoy ebrio, o eso creo. Y no es profundidad. Es solo... algo que llevo pensando desde hace mucho.

Nos quedamos en silencio. Sentí algo extraño en el estómago. No era la habitual descarga de adrenalina cuando alguien me gustaba. Era curiosidad. Y un miedo raro, nuevo.

-¿Quieres ir a otro lado? -pregunté de repente.

-¿A dónde?

-A mi casa.

Dudó. Por un segundo largo pensé que diría que no.

-Está bien -dijo finalmente.



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En el texto hay: romance

Editado: 10.10.2026

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