Football Girlike

6: Dorsal 3 de Teresa Abelleira: Ser el cerebro de todo.

Tuvo que pedirle a Kike su dirección el día anterior.
Mientras que en su casa, con su hermano mayor Sergio y sus padres, ambos arquitectos, Álex tenía que sobrellevar ser el peor dibujante de la familia. En la casa de Kike había tres hermanas pequeñas que habían heredado la afición al fútbol de su padre barcelonés y su madre argentina.
El acogedor caos que le recibió le pareció una dimensión paralela.
—Y las tres que intentan subir encima de ti son Ana, Teresa y Elena. —Las fue señalando según las nombraba.
—Trillizas, vale. Yo soy el pequeño; mi hermano Sergio tiene dos años más que yo.
—¡Qué lindo! ¿En qué trabajá tus papás? —La madre parecía forzar su propio acento con su voz melosa.
—Son arquite… —Álex ya estaba respondiendo.
—Má, no seas boluda, que solo vino a pelotear en el Paletódromo. —interrumpió Kike con un marcado acento de la Pampa.
Álex miraba a su amigo como si le hubieran salido cuatro brazos más por la espalda.
—¿Kike?
—Dime, Álex. —pidió.
El pelirrojo alternaba su vista entre su alto amigo y la madre.
—Tío, ¿y ese acento tan bestia?
Se encogió de hombros.
—En mi casa hablo así, pero solo aquí. —Sonrió—. Y con mi padre hablo en catalán; ese es aún más difícil de entender para alguien de fuera.
—Eso te hace diferente, creo que es bueno. ¿Gaby también lo sabe?
—¿Vos también conocés a la Gabrielita?
—¡Vamos al mismo salón, Má! —Kike se empezó a poner nervioso de repente—, ¡cojo un par de pelotas y nos vamos!
Kike empujó a su amigo por la casa hasta el zaguán, agarró dos balones y le dio uno a Álex.
—¡Yo soy un negado para el fútbol, Kike, no me des a mí el balón!
—No creo que sea para tanto, Álex. —Pretendió quitarle importancia mientras cogía una mochila pequeña con una cantimplora de agua y las llaves de casa—. De todas maneras, no creo que pase nada porque los tengas en la mano un momento sin jugar.
Kike usó sus llaves y salieron del edificio en un suspiro. Cuando llegaron a la calle, el pelirrojo le devolvió las pelotas.
—Soy tan malo con el fútbol que podrían deshincharse por tenerlas en las manos.
—Eres un exagerado.
—Sabes que nunca magnifico las cosas, culé. —comentó con una sonrisa y sacó de su bolsillo una pequeña libreta y su bolígrafo favorito. —¿Dónde está el paletódromo?
El de baloncesto soltó una carcajada escueta y le acarició la cabeza con cariño. Señaló hacia la parte baja de la cuesta que era su calle y hacia allí se dirigieron.
El descampado no estaba muy lejos, pero justo allí ya les estaban esperando Julia y Emilio en una esquina.
—¡Ya tenemos la puesta en escena! —ironizó Kike.
—¿No sabías que yo vivo en el mismo barrio que tú y Gaby? —Julia se cruzó de brazos, con algo de soberbia.
—Ni pu.
—Ella me dijo que iba a ser aquí.
Emilio le dio un codazo, como si le tuviese que recordar algo.
—Julia…
—Y además, mi padre es enlace deportivo para una cadena de la tele. Cuando le comenté lo de Ginny, no lo dudó ni un segundo.
Álex se asustó.
—¿De qué hablas?
La chica levantó la vista a una fachada y saludó al vacío. Un hombre apareció de la terraza del quinto piso y respondió al saludo.
—¿No os suena de verlo en la tele? Estuvo en Tokio en los Juegos Olímpicos.
Álex se derrumbó, cayendo al suelo con un ruido seco.
—Esto se me ha ido de las manos.
—¿Y ahora de qué hablas tú?
—¡Yo solo quería que descubriera el talento que tiene!
Kike dejó los balones en el suelo y le intentó dar consuelo al pelirrojo con una mano en el hombro.
—Tú serás el cerebro tras todo esto, pero… ¿Crees que Ginny aceptaría probarlo si solo se lo hubieras dicho?
Levantó la vista y miró a Kike, a Emilio y a Julia.
—Siempre quiere pasar desapercibida, no creo que aceptara solo por mí.
—Has dicho lo mismo que Gaby. —Kike le ofreció la mano para ayudarle a levantarse—. No parece que sea de esas personas que ceden ante la presión, pero ha visto que todos le creemos a ella y que puede probarlo sin ser juzgada.
—¿Eso te tranquiliza, vecino? —intervino Emilio.
Álex asintió y se levantó. Se sacudió el polvo del chándal y sonrió.
—Entonces supongo que seré el cerebro de la operación Football Girlike…
—¿Nani?
Se dieron la vuelta; los inseparables japoneses de clase estaban entrando en el campo.
—¡Hiro, Ryokitsuki, al final habéis venido!
—¡Mamá bronca, viaje en coche! —respondió el que llevaba mechas azules en el pelo.
Julia se irguió con orgullo, quizás demasiado para ella. Oteó el descampado y señaló unas mesas viejas de ajedrez que había a la sombra de unos eucaliptos.
—Yo os espero allí.
Los chicos charlaron de manera distendida mientras caminaban hacia una Julia ya sentada.
—Gracias por ayudarme con el talento oculto de Ginny.
—¿Puedo ser sincera? —preguntó Julia.
Álex afirmó, algo reticente.
—¿Has mentido?
Ella lo negó.
—Me parece impresionante que estés tan seguro de lo que puede hacer Ginny, y me encanta que el talento sea de una chica…
—Eso implica que hay algún pero.
Lo afirmó de manera breve.
—Eso, junto al hecho de bajarles los humos al trío pichichi y que no ocurre nada digno de mención en el semanario desde hace dos meses, es lo que me ha colocado hoy con el grupo.
—¿Entonces no crees que Ginny pueda ser buena en el fútbol? —Álex se ofendió.
—¡Al contrario, creo que ella se debería dar cuenta, pero sola! Y ya que la bola se está haciendo cada vez más grande, he pensado que podríamos narrarlo desde el núcleo de la noticia para no dejar sitio a la especulación.
Álex palideció. Tuvo la sensación de haber creado un monstruo con una simple sugerencia que se le escapó por la boca en un arrebato.
Pero luego pensó en Ginny y sus ejercicios de agilidad y coordinación, y cuánto se parecían a los movimientos de Abelleira, por ejemplo, o de Piqué también.
—Si os fiáis de mi opinión, os doy las gracias. Pero yo solo no voy a poder responsabilizarme de todo lo que se está armando. ¿Lo entendéis, verdad?
—¡Eh, Álex, ya te lo dije! —Kike le alborotó el cabello al pelirrojo mientras lo decía—, el entrenamiento corre de mi parte.
—¡Y nosotros somos la documentación! —Julia se encogió de hombros.
—¿Ves cómo no tienes que responsabilizarte de todo tú solo? —comentó Emilio con complicidad mientras sacaba el móvil del bolsillo y agarraba a los japoneses por los hombros—. ¡Te has rodeado de los mejores del instituto!




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