Fragmentos de este amor

Despertar

Despertar

POV: Willow

Lo primero que sentí al despertar fue un intenso dolor de cabeza, como si algo estuviera presionando mi cráneo desde el interior. Cuando finalmente conseguí abrir los ojos, una luz blanca y cegadora me obligó a cerrarlos de nuevo. Parpadeé varias veces, intentando acostumbrarme a aquella claridad, mientras mis oídos captaban un pitido constante y monótono que parecía provenir de algún lugar cercano.

Intenté moverme, pero mi cuerpo apenas respondió. Tenía el antebrazo conectado a una máquina mediante un pequeño tubo y sentía cada uno de mis músculos entumecidos. Mi garganta estaba completamente seca y mis labios estaban tan secos como si hubiera estado en pleno desierto por días sin tomar una sola gota de agua.

No entendía nada.

¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?

Giré lentamente la cabeza, haciendo una mueca cuando el movimiento intensificó el dolor. Me encontraba en una habitación completamente blanca, demasiado silenciosa y fría. A un lado de la cama había un sillón con una chaqueta que colgaba en el respaldo. No había nadie más.

Ni mis padres, ni mis hermanos. Nadie.

Únicamente aquel pitido constante que parecía recordarme que no estaba sola, aunque no hubiera nadie a mi alrededor.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que escuché cómo se abría la puerta. Giré la cabeza en dirección a ella y mis ojos se encontraron con una figura que reconocí al instante.

Dominic.

Sin embargo, había algo diferente en él. Parecía más mayor de lo que recordaba. Sus ojos azules estaban rodeados de unas profundas ojeras que evidenciaban un agotamiento considerable. Su cabello negro se encontraba completamente desordenado, como si hubiera pasado los dedos entre sus mechones una y otra vez, incapaz de encontrar un momento de tranquilidad.

Cuando nuestras miradas se encontraron, su expresión cambió por completo. Durante una fracción de segundo permaneció inmóvil, con los ojos ligeramente abiertos, como si no terminara de creer lo que estaba viendo. Después, en apenas un par de zancadas, llegó hasta el borde de mi cama.

—¡Willow! Has despertado. ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele algo? —Las preguntas salieron atropelladamente de su boca, casi sin darle tiempo a respirar.

Intenté responder, pero mi garganta estaba demasiado seca.

—Agua...

Mi voz apenas fue un susurro ronco y rasposo. Pronunciar aquella única palabra me resultó más difícil de lo que esperaba.

Dominic se inclinó ligeramente hacia mí, pero enseguida pareció pensárselo mejor.

—Espera. Antes de darte cualquier cosa, voy a buscar a un médico para que te revise, ¿de acuerdo?

No había terminado de pronunciar aquella frase cuando sus pies ya se dirigían hacia la puerta.

Poco después, la puerta volvió a abrirse. Esta vez entró un hombre de mediana edad, vestido con una bata blanca, seguido de Dominic.

El médico se acercó a la cama y, sin perder demasiado tiempo, sacó una pequeña linterna del bolsillo de su bata.

—Voy a examinar tus ojos. Mira fijamente la luz, por favor.

Dirigió el pequeño haz luminoso hacia mis pupilas. La claridad me resultó bastante molesta, pero hice lo que me pedía.

—Muy bien. Ahora sigue la luz con la mirada.

Movió la linterna lentamente de un lado a otro, indicándome que mirara hacia arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha. Intenté seguir cada uno de sus movimientos hasta que finalmente apagó la linterna y la guardó de nuevo en el bolsillo.

—De acuerdo. Tus pupilas reaccionan correctamente. Ahora voy a hacerte algunas preguntas. Quiero que intentes responder lo mejor que puedas, ¿de acuerdo?

Asentí lentamente.

—¿Cómo te llamas?

—Willow Blackwood.

Mi voz seguía sonando ronca, apenas reconocible para mí misma.

—¿Sabes dónde te encuentras?

—Supongo que en un hospital de Nueva York.

—¿Sabes qué día es hoy?

Negué con la cabeza.

—¿Y el año?

—Dos mil diecinueve.

El médico anotó algo en una pequeña libreta antes de continuar.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

—Muy bien. Y dime, ¿qué es lo último que recuerdas?

Aquella pregunta me hizo detenerme unos segundos. Cerré los ojos, intentando ordenar los pocos recuerdos que tenía.

—Volver a casa después de celebrar mi cumpleaños.

El médico dejó de escribir. Su expresión cambió ligeramente y permaneció en silencio durante unos instantes. Después levantó la mirada y dirigió sus ojos hacia Dominic, que había permanecido de pie junto a la puerta durante toda la exploración.

Ambos intercambiaron una mirada que no supe interpretar.

—¿Podemos hablar afuera? —preguntó finalmente el médico.




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