Fragmentos de Identidad

Capítulo 24

En la penumbra de la noche, un auto se detiene frente a un local que simula ser una clínica clandestina. Las ventanas, cubiertas con cartones, no dejaban escapar ni un rayo de luz. El cartel de «Cerrado» colgaba torcido. Nadie diría que allí dentro luchaba por sobrevivir una persona. Del auto desciende un hombre mayor sujetando un portafolios. Los pasos apresurados no se hacen esperar. Entra en el interior del recinto y recorre los pasillos hasta llegar a una habitación donde se encuentra una enfermera custodiando la puerta. La ansiedad poseedora de su rostro es innegable.

—Dime, ¿ha despertado ya?

La enfermera negó con la cabeza. Acto seguido entregó el portafolios y la mujer extrajo de su interior unos medicamentos que depositó en una vitrina a su izquierda. Luego le alcanzó algo que parecía un historial médico.

Comenzó a hojear los papeles y mostró una preocupación real al leer la información. Alzó la vista y observó la expresión de la mujer, la cual no era muy esperanzadora.

—Me temo que las lesiones fueron graves. Su corazón se encuentra muy débil y perdió mucha sangre —afirmó—. Aunque por el momento sus parámetros son estables.

—Estoy consciente del estado de salud de mi paciente. Estoy mejor informado que tú en relación a su cardiopatía. Solo quiero que no te le despegues ni un segundo. ¿Escuchaste bien, Sara? —señaló.

La enfermera palideció.

—Disculpe, Dr. Smith. No volveré a hacer ese tipo de comentarios. Lo siento mucho —se limitó a responder.

Él hizo un gesto despectivo y volvió a bajar la mirada hacia el expediente.

—Por lo menos la inflamación cerebral disminuyó. ¿Sigue moviendo los dedos?

—Sí. Ocasionalmente.

—Es un signo valioso. Debes vigilar si hace algo más. Ella puede despertar en cualquier momento. Si hay cambios en su evolución, me avisas con urgencia.

—Descuide, doctor. Así será.

De pronto, un quejido se escuchó. El cuerpo tendido en la cama del fondo del cuarto comenzó a moverse. Su rostro mostraba marcas de lesiones: un pómulo amoratado, un labio partido, las ojeras profundas de quien ha estado al borde de la muerte. La pareja corrió, colocándose junto al borde del lecho.

—¡Tranquila! Estoy aquí, contigo, mi querida sobrina —dijo el Dr. Smith y agarró su mano tratando de tranquilizar a la paciente.

La enferma abrió los ojos con dificultad y observó el rostro masculino que tenía enfrente. Un apretón de manos confirmó que lo reconocía. Sus ojos, apenas abiertos, se posaron en él con una mezcla de alivio y algo más. Algo que Sara no supo interpretar. Intentó comunicarse, pero no pudo articular palabras.

—No te esfuerces. Estás muy débil aún, querida —la voz del hombre se tornó un susurro paternal—. Perdiste mucha sangre. Pero vas a recuperarte, te lo prometo.

Depositó un beso en el dorso de su mano y comenzó a acariciar su cabello negro. La enferma volvió a cerrar los ojos, pero esta vez no volvió a su letargo, sino al descanso de sentirse con vida.

En otro extremo, Sara solo observaba la escena. Su rostro ahora reflejaba preocupación y temor al mismo tiempo. El momento que tanto temía ya estaba comenzando a asomarse. Sabía lo que significaba. Sabía lo que Smith planeaba. Y sabía que, si no obedecía, la podían desaparecer.

—¿Dr. Smith? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Qué haremos ahora que ella despertó? ¿Continuará con su plan? Tengo pánico de lo que pueda ocurrir si nos descubren.

El Dr. Smith siguió acariciando el cabello negro de la joven, sin apartar la vista. El temor de Sara le resultaba indiferente. Después de unos segundos, respondió con una sonrisa en los labios.

—Ya estás metida en esto, imbécil. Sabes lo que puede pasarte si me traicionas. Mejor controla tus nervios para que nadie sospeche.

—Lo haré, señor. Lo prometo. Sé lo que significaba esta joven para usted y su difunta hermana Bárbara. Pero lo que pretende hacer es demasiado peligroso y...

—¡Cállate! Aquí nadie te ha pedido opinión. Tú solo cuídala. Del resto me encargo yo.

—Como usted diga, doctor —respondió de un tirón, como quien obedece una orden.

—Victoria tiene que vivir. Solo así cumpliré con la promesa que le hice a mi hermana.

Sara no preguntó más. Pero en el silencio de la habitación, el pitido del monitor cardíaco sonaba como una cuenta atrás.




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