Fragmentos de Identidad

Capítulo 25

En la mansión todo era quietud, excepto en la habitación de Verena. Con determinación, la chica acomodó las muletas en un rincón de la recámara y comenzó a deambular agarrándose de los muebles cercanos. Algunos cayeron al suelo; otros permanecieron firmes, sosteniéndola. La satisfacción de poder caminar era tan grande que una sonrisa se dibujó en su rostro al percatarse de que a partir de aquel momento no tendría que depender de nadie, mucho menos de Octavio, aquel hombre arrogante que por momentos la intimidaba.

«Se le acabó el juego a ese imbécil que se cree irresistible. En cuanto tenga la oportunidad y logre recuperarme, me largo de este infierno.»

Pensó para sus adentros y volvió a sonreír.

Pero la felicidad duró poco. Un pensamiento oscuro cruzó su mente:

«Soy Verena, ya no hay dudas. Pero debo descubrir por qué me dieron por muerta todo este tiempo y lo que pasó con la verdadera Victoria, mi hermana.»

En ese instante abrieron la puerta de la recámara sin solicitar permiso. El otro, el que la odiaba según ella, estaba ahí, observándola, invadiendo su espacio.

—¡Tú! —hizo una pausa. Su rostro dibujaba perplejidad—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué entras sin tocar la puerta?

Él sonrió con malicia al percibir su incomodidad. Por un segundo vaciló en acercarse o quedarse inmóvil. Hasta que el deseo de aquella piel tersa le dio el impulso que necesitaba. Su lujuria comenzó a desatarse ante la figura voluptuosa de aquella mujer, que lucía un vestido de tirantes de satín rojo que marcaba muy bien sus curvas provocadoras.

—Vine a darte las buenas noches —sonrió con picardía sin quitarle los ojos de encima.

El aliento etílico de Alexander Miller no pasó desapercibido para la joven.

—¿Sorprendida, princesa? ¿O esperabas a alguien más? —avanzó hacia ella, sus pasos descoordinados eran evidentes, resultado de sus copas de más.

—¿Princesa? ¿Te estás burlando de mí? ¡Esto es el colmo! Estás borracho.

—¡Solo bebí un poco por la desdicha de haber nacido hoy! Y tú ni siquiera te acordaste.

—No lo sabía. Lo siento. —Tomó el camisón rojo y se lo colocó rápidamente al notar la mirada de Alex—. Ahora, si me disculpas, voy a dormir. Así que lárgate de aquí.

—¿Y qué te hace pensar que lo haré? Tú no me das órdenes —dijo amenazante—. Te dije que vine a darte las "buenas noches" y no me iré sin que las recibas.

Miller cortó la distancia entre ellos rápidamente. El agarre no se hizo esperar. La tomó por la cintura y, de un impulso, la atrajo hacia él juntando sus cuerpos. La lujuria era tan evidente que Verena quedó petrificada, sin poder dar crédito a lo que estaba pasando. Presa del pánico, apenas podía hablar.

—Suéltame, estúpido, o no respondo de mí. Estás loco o qué.

—Estoy así por tu culpa. ¡Me tienes enfermo! No como, no duermo. Solo pienso en ti todo el maldito día. Y para mi pesar tengo que lidiar con la idea de que te casarás con Octavio.

—Estás cometiendo un error. No soy quien crees.

—¡Deja de jugar conmigo, Victoria! No intentes confundirme más. Te deseo...

En un acto de desesperación, Verena intentó desprenderse de sus brazos, pero fue imposible. Él la sostuvo con más fuerza, evitando que escapara de él. Buscó sus labios y ella, en un intento de huir, fue presa del beso. Un beso cargado de ganas reprimidas y pasión desbordante.

El sabor de los labios femeninos fue puro éxtasis para él. No se detuvo. La lanzó en la cama y la observó de lejos. Ella, asustada, solo miraba sus ojos lujuriosos. No podía gritar y tampoco pedir ayuda. Temía que si alguien entraba en ese momento pensara lo peor, y ella no quería eso, pero tampoco quería ser víctima de aquel hombre cuyas intenciones no eran las mejores.

—¡No sigas, por favor! Tienes que detenerte —suplicó Verena en un intento por frenarlo.

—¿No te gusto? —no esperó respuesta—. Sé que te gusto y tú a mí me fascinas desde la primera vez que te vi.

—No, no. Por favor. Entiéndelo. No soy quien tú crees. ¡No soy Victoria! ¡Estás enamorado de ella, no de mí!

Se abalanzó sobre ella como un poseso. Su respiración era agitada. Por un segundo, pareció dudar en continuar tocándola. Como si una parte de él quisiera creerla. La miró fijamente a los ojos sin vacilar.

—Deja ya de decir eso. Eres Victoria Cavallier. ¿Acaso me crees idiota?

—Te estás comportando como uno ahora mismo. No quiero engañarte, ya te lo dije.

—¿Y quién eres según tú? Dime. ¿El fantasma de su hermana muerta? ¿Verena? La chica ahogada en un lago. La que tanto odiaste por creerse mejor según tú. Es un chiste, ¿cierto?

—¿Y qué si fuera ella?

—Cállate.

—Solo considera la posibilidad. Solo eso te pido.

Ella lo miró a los ojos. Él permaneció en silencio.

—No.

—Quítate de encima, Alexander. Ya basta.

—No. —dijo con determinación—. Esta noche serás mía y ni Dios lo va a impedir.

Al oír esas palabras, Verena gritó pidiendo auxilio. Y fue cuando apareció ese alguien que no iba a dejar que nada le pasara. Alguien que sabía que Alex había entrado a ese cuarto. Alguien que estaba esperando el momento oportuno para intervenir.




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