Padre e hijo se miraron. El odio en la expresión del rostro de Alexander era tan evidente que Octavio no tuvo más remedio que borrarlo de inmediato. Se abalanzó sobre él, lo agarró por la camisa y de un tirón lo levantó de la cama donde se encontraba al lado de Verena.
—¡Deja de hacerte el hombre! Eres un maldito cobarde. ¿Qué ibas a hacer? Dime.
Alexander lo desafió sin bajar la guardia.
—A ella la conocí primero. Tú te metiste en el medio.
—¡Ibas a abusar de ella, infeliz!
Sus propias palabras hicieron un cortocircuito en su cabeza. No pudo controlar sus impulsos y le dio un puñetazo en el rostro, haciendo que Alexander sangrara.
El joven tocó la comisura de sus labios, percatándose de ello, haciendo que su mirada se inyectara de sangre. Su incomodidad creció.
—Ya es la segunda vez en el día que me golpeas por culpa de dos mujeres que no valen ni un centavo. Victoria no será tuya. Ella es mía, ¿oíste? Mía.
Verena solo observaba la escena sin decir ni media palabra. Sus dedos se aferraban a las sábanas con fuerza. Aún estaba tratando de entender lo que estaba ocurriendo.
—Ella jamás será tuya. Ella va a ser mi mujer. Y tú lo vas a aceptar. No tienes opción.
—No lo haré.
—Sí. Lo harás. Porque aunque yo no me hubiera cruzado en su vida, la relación de ustedes no tendría lugar en este mundo. Es un amor imposible. Así que agradece que yo haya intervenido y que ya no tengas que lidiar con eso. Crece de una vez. Estúpido niño.
—¿A qué te refieres? Explícate —esta vez Verena no quiso guardar más silencio y observó a Octavio con genuino asombro y curiosidad.
—Tú y él...
—Ella y yo, ¿qué? —interrumpió Alexander, con tono despectivo—. Dilo de una vez como un hombre, señor Miller. Estoy harto de tus monosílabos. De los malditos secretos. ¡Qué pasa con Victoria y conmigo!
Octavio respiró profundo buscando la manera de mantener el control. Cerró los ojos por un segundo. Luego los abrió.
—Solo aléjate de una vez y no te acerques más a ella, Alexander. Te vas a arrepentir en el futuro.
—Voy a descubrir lo que estás ocultando, maldito imbécil.
—Adelante. No me importa. Inténtalo si puedes.
—Sé que algún día todo este circo que has montado se acabará. Solo es cuestión de tiempo. Y otra cosa...
—Dime...
—Ella jamás va a poder amarte.
—¿Por qué estás tan seguro?
Octavio lo miró con cara de burla.
—Victoria Cavallier no sabe lo que es eso. Tú solo serás otra de sus víctimas. Te utilizará y te desechará como un objeto viejo.
Octavio bajó la mirada y comenzó a sonreír. Volvió a suspirar, pero esta vez con una calma rara, que provenía de una extraña certeza. Al alzar la vista, esta vez no la dirigió a su hijo, sino a la muchacha que aún permanecía sentada en el borde de la cama. Aunque sus palabras eran para él.
—Tienes toda la razón, Alexander... Victoria Cavallier, la que tú conoces, no tiene esa capacidad. Pero me gustaría confiar que esta nueva versión es diferente... Quizás...
—¿Quizás qué? —otra vez la curiosidad de Verena era notable en su voz.
—Me sorprenda.
Octavio no dejó de mirarla con intención. Eso provocó que algo en ella aflorara sin saber por qué.
—¿A qué te refieres? —dijo Alexander confundido.
—La Victoria que conociste ya no existe.
Verena no pudo dar crédito a lo escuchado. ¿Octavio se había dado cuenta? ¿Sabía ya la verdad que a ella le había costado tanto trabajo descubrir? Era imposible, inaudito.
—¿Cómo sabes que yo...?
Octavio la interrumpió sin darle espacio para decir más.
—Eres otra mujer, mi mujer. Tu pérdida de memoria tras el accidente te ha convertido en otro tipo de persona. Y esta nueva versión realmente me gusta.
Verena tragó en seco. Sin embargo, para Alexander fue como una puñalada.
—Respétala a partir de ahora. Lo que pudo haber entre ustedes te aseguro que murió. No tienes más nada que buscar aquí. Ahora lárgate —ordenó al joven sin vacilar—. Está borracho y mi mujer debe descansar. La próxima vez que te vea en esta habitación te mato con mis propias manos.
Alexander acomodó su camisa. Se limpió la sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano. Y antes de salir, los miró a los dos con toda la rabia que podía sentir.
—Esto no ha terminado —dijo, y su voz era un susurro helado—. Te lo juro, Octavio. Esto no ha terminado.
Salió de la habitación, dejando a Octavio y a Verena solos. Él se quedó inmóvil, con la mirada fija en la puerta por la que su hijo había salido. Luego, lentamente, se giró hacia ella. La miró de una manera nueva, distinta, pero no menos intensa.
—¿Qué eres realmente, Octavio? —preguntó ella, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
Él no respondió. Pero en sus ojos, Verena vio algo que no había visto antes. No era frialdad. No era cálculo. Era... algo más profundo.