Fría y calculadoramente enamorados

Capítulo 38

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—Jamás es tarde para mí —remarqué la última palabra.

Y aunque estaba actuando de forma calmada, temía que ya hubieran hecho la votación.

—Estás demasiado cómodo en esa silla —dije, empezando a caminar alrededor de manera intimidante.

Del otro lado, observé a Leah, con mi asistente detrás de ella.

Nunca la había visto tan feliz de verme.

—¿Qué puedo decir? El trono sabe a quién pertenece —dijo sonriendo con sorna.

Quería abalanzarme por encima de la mesa y golpearlo por todo lo que me había hecho pasar, pero respiré profundo y traté de mantener la cordura.

—Yo no estaría tan seguro de eso —dije tomando asiento al otro lado de la mesa.

Estábamos en extremos opuestos.

Le hice una señal a mi asistente para que me pasara el mando del proyector donde hacíamos presentaciones.

Ella se acercó sonriente y me lo dió.

—Estoy feliz de que esté de vuelta.

Asentí como respuesta y ella volvió a posicionarse detrás de Leah.

Miré a Damien, y le sostuve la mirada.

—Debo admitir que tienes una capacidad excepcional para inspirar confianza, pero detrás de esa fachada no eres más que una persona que busca venganza —dije con tono mordaz, y sus ojos se desviaron a la puerta—. Oh, yo no esperaría que tus hombres aparecieran por esa puerta —dije con una pequeña sonrisa.

—Señorita, Delacroix. Estábamos en medio de una votación —dijo uno de los directores.

—Lo sé, y de la cual, le recuerdo, no fui notificada, por lo que es ilegal —miré fríamente al director financiero—. Pero usted ya sabía eso, ¿no?

El director financiero palideció, y miré a los demás en la mesa.

—Antes de que se realice la votación, voy a mostrarles un material bastante… enriquecedor —dije con una sonrisa sarcástica.

Procedí a proyectar la presentación que le había enviado a Leah.

—Quiero empezar aclarando que no realicé ninguna malversación de fondos ni cualquier otra actividad ilícita —expliqué—. Como pueden ver, estos documentos señalan una cuenta bancaria fantasma ubicada en Suiza, a la que se transfirió dinero, pero, tras una investigación exhaustiva —miré de reojo a Rhys—, se encontró a la persona responsable de falsificar mis datos.

El teléfono del director financiero empezó a vibrar. Él lo observó, y sus ojos se abrieron muy grandes.

Se levantó para marcharse, pero Rhys se le plantó enfrente.

—Yo no haría eso —hablé con dureza—, a menos que quisiera quedar inconsciente.

Varios gemidos se escucharon en la instancia, y el director financiero volvió a su lugar a trompicones mientras Rhys parecía acuchillarlo con la mirada.

—Como decía, esta persona responsable de la falsificación confesó haber recibido una gran suma de dinero por parte del director financiero —pasé la diapositiva, donde se veían fotografías tomadas en las que el director financiero se había reunido con una persona encapuchada en un estacionamiento para darle un sobre con dinero.

Todos enmudecieron, Damien tensó la mandíbula, y el director financiero empezó a pasarse la mano por el cabello como si tuviera un ataque de nervios.

—Ahora bien, las “actividades” sospechosas, también involucran al director de tecnología de la información, la directora de recursos humanos, el director de producción y operaciones, el jefe del departamento de seguridad y un ejecutivo —dije mirando seriamente a Damien—. La mayoría de estos directores fueron sobornados con dinero e incluso se les pidieron favores —remarqué la última palabra, recordando todo lo que Rhys, Cillian y yo habíamos descubierto.

Pasé las imágenes donde el director del departamento de seguridad estaba reunido con un grupo de hombres a las afueras del club donde habían intentado atacarme y secuestrar a Leah. Luego mostré más imágenes relacionadas con los favores que Damien les había pedido.

Era un corrupto total.

—Es muy fácil ganar una votación cuando has sobornado a casi todos en la junta.

Damien cerró los puños y se puso en pie, con el rostro enrojecido.

—Eso no prueba nada —dijo conteniéndose, pero sabía que en cualquier momento estallaría.

—Claro que sí, eso solo es la punta del iceberg —dije acomodándome mejor en la silla—. Hay mucho más material que fue enviado a la policía, incluyendo tus amenazas, el intento de secuestro, el intento de homicidio —había comenzado a contar con los dedos—, y puedo seguir contando, pero no acabaría jamás —hice un puchero fingiendo tristeza.

Damien dejó caer la cabeza hacia adelante mientras apoyaba las manos sobre la mesa, para luego soltar una risa malévola.

—¿Y creíste que eso iba a ser lo último? —inquirió con una expresión hambrienta de venganza, mostrándose tal cual era—. Si yo no voy a ser el CEO de esta corporación, nadie lo será. La destruiré.

Entrecerré los ojos, y luego fingí que estaba pensativa.

—En realidad —dijo Rhys dando dos pasos hacia el frente—, eso no va a ser posible.

La cara de Damien fue todo un poema, y su sonrisa se desvaneció al instante.

—¡Oh, lo había olvidado! —dije con fingida sorpresa—. ¿Te refieres a los dispositivos IED instalados en las sedes y en la corporación? ¿O a los hombres que estaban afuera esperando órdenes tuyas para lanzar granadas a mi edificio?

Damien palideció, pero sus ojos me estaban taladrando el cráneo.

Los ejecutivos, accionistas y directores restantes intercambiaron miradas anonadadas.

—Tus hombres fueron capturados exitosamente, por lo que las granadas fueron confiscadas —explicó Rhys con seriedad—. Si creías que estabas dos pasos delante de Amira… te equivocaste.

Sonreí con suficiencia, porque después de toda una noche montando un documento con la evidencia y luego, gracias a Cillian descubrir su plan, había valido completamente la pena.

—Te confiaste con tu última jugada. Y quien ganó fui yo: jaque mate.

Damien se dejó caer en la silla, finalmente con la derrota pintada en su rostro.




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