Fuego de Sirena

Capítulo 1: Cartas

No mires atrás. No pidas perdón. Sigue avanzando.

Aquellas palabras se repetían una y otra vez en la mente del comandante mientras bebía el suave té de toronjil de la taza que le había servido el tabernero tan solo unos minutos atrás, en un intento por borrar la masacre que habían provocado esa misma madrugada.

Los gritos de dolor lo perseguían como fantasmas, y solo veía muerte cuando cerraba los ojos. Aquello ocurría cada vez que asistían al campo de batalla, y tras veinticuatro años de guerra con el reino de Thalassa debería estar más que acostumbrado, pero no lo estaba. Todavía lo atormentaban los rostros de los caídos, y la lista no hacía más que agrandarse con el pasar de los años.

Recordaba a los caballeros muertos; a las mujeres corriendo en busca de sus hijos para protegerlos del fuego abrasador y de las armas enemigas, mientras los hombres seguían sus órdenes como si fueran guerreros entrenados y no campesinos. Pudo salir muy mal, pero no fue así. Ser el comandante de un escuadrón de guivernos siempre ayudaba, aunque no siempre garantizaba la victoria, ni evitaba que se perdieran vidas inocentes, y también muchas enemigas.

—¡Por las llamas! —brindaron los presentes al chocar sus tarros cargados de hidromiel antes de llenarse las bocas con el dulzor del licor.

El estruendo de sus compañeros ni siquiera inmutó al comandante. Estaba demasiado acostumbrado al ambiente de las tabernas, en especial al Nido de Drach, al que sus acompañantes solían arrastrarlo —en contra de su voluntad— cuando terminaban una misión con éxito.

—¡Bah! Por ocho batallas más como la de hoy —dijo el hombre más bajo y corpulento del grupo, para después limpiarse los labios con el dorso de la mano y rascar su espesa barba café.

—No deberías pedir más, Lorenz —aseguró la mujer de piel oscura, cuya mirada era tan afilada como la de un felino.

—¿Por qué no? También te estás beneficiando mucho con esto, mocosa —dijo él con una sonrisa cómplice—. Las batallas evitan que regreses a casa a desposarte con el hombre que eligieron tus padres para ti —le recordó.

La mujer frunció el ceño antes de dar un trago a su tarro.

—Con o sin ellas, no pienso regresar, pero no negaré que la paga ayuda a cumplir mi objetivo.

—Mientras no sea escapar de casa para ir a una misión a escondidas, como la última vez —comentó Lorenz rascándose la barba.

Ella bajó el tarro despacio y le lanzó una mirada de reojo.

—¿Vas a seguir con eso?

Lorenz alzó una ceja, divertido.

Sonya entornó los ojos. Aquel hombre no iba a dejar que olvidara lo ocurrido el mes pasado.

—¿Todavía tienes intensiones de irte con la capitana Nakar a Ereva? —preguntó el barbudo.

—Sí, dicen que su costa es la más hermosa de todos los reinos —se apresuró a decir.

La mención de una de las principales ciudades costeras de Thalassa, provocó algunas miradas entre ellos. Sonya fingió no notarlo y bebió otro trago antes de añadir:

—¿Y tú, Nyla? ¿Quieres volver a combatir pronto?

—Prefiero evitarlo, de ser posible —respondió la joven rubia de cabello corto—. Alguien termina perdiendo a un ser querido. Da igual si es de Thalassa o no; el sufrimiento es el mismo.

—Que pensamiento tan noble, mi querida amiga —agregó el capitán junto a ella antes de posar la mano sobre su hombro como un gesto consolador—. No es solo oro por lo que peleamos, sino por formar un mundo mejor, uno donde podamos volver a ser libres. Donde mis hijos y los de ustedes puedan vivir felices y sin preocupaciones.

—Qué inspirador, capitán Nicolás, aunque viniendo de alguien que avisó que se retiraría tras la próxima misión, no tiene mucho mérito —desdeñó Lorenz antes de volver a dar un largo trago de hidromiel—. Yo lo hago por la plata, nada más. Es lo único que necesito para recuperar la taberna que los imbéciles de los thalesianos destruyeron…

Nyla y Nicolás le hicieron señas al hombre para que guardara silencio antes de que terminara de hablar, pero Lorenz parecía demasiado imbuido en su bebida como para darse cuenta de que intentaban advertirle.

—Por eso voy a exterminarlos a todos —concluyó.

—¿A mí también me exterminarás? —preguntó el comandante. Su voz era baja y cortante, como si cada palabra hubiera sido pulida en el campo de batalla.

Levantó la taza con parsimonia y bebió un sorbo, observando a Lorenz por encima del borde de la loza.

El silencio cayó sobre la mesa con un peso incómodo. Nadie se movió, ni una silla crujió.

Un escalofrío recorrió la espalda del guerrero. Sus dedos se tensaron sobre la mesa mientras cada uno de sus sentidos se mantenía alerta. Era la misma sensación que provocaba un guiverno sin jinete: la certeza instintiva de estar frente a un peligro que podía lanzarse sobre ti en cualquier momento… y no tener claro hacia dónde correr.

Lorenz se reprendió una y otra vez por su estupidez mientras buscaba una excusa que le evitara la muerte, o al menos un castigo que no lo hiciera desearla. Había olvidado que su comandante era un bastardo hijo de una mujerzuela de Thalassa, y que durante trece años vivió en aquel reino antes de que el príncipe Félix Acheron lo reclamara como su heredero legítimo.




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