Nadie quería ser quien estuviera fuera cuando los guivernos aparecieran en el cielo.
Los sirvientes iban a diestra y siniestra por la mansión Riegan. Un jarrón cambiaba de sitio en una mesa mientras otro era retirado con prisa; una criada sacudía el polvo de las cortinas con tanta energía que una nube gris flotó un instante en el aire antes de desaparecer por la ventana abierta.
—¡Cuidado con ese baúl! —protestó una doncella mientras dos mozos lo arrastraban por el corredor—. Ahí van los vestidos de lady Lucrecia.
—¿Crees que en Drachen tendrán armarios lo bastante grandes? —murmuró otro sirviente.
—Si es cierto lo que dicen… dudo que tenga tiempo para vestidos.
Los rumores de un tratado de paz corrían por la región como fuego en pasto seco. Solo dos semanas habían pasado desde que el duque Riegan envió su respuesta afirmativa a su majestad, y aun así la mansión parecía haberse transformado en una colmena agitada.
Hoy se esperaba la llegada de la comitiva de Drachen.
Vendrían por aire.
Muchos de los thalesianos presentes jamás habían visto un guiverno, y mucho menos una formación completa descendiendo desde el cielo, pero los rumores eran insistentes. La escolta llegaría montada en aquellas bestias aladas, tras un permiso especial concedido por el mismísimo rey Rodrigue III como parte del acuerdo de paz con Drachen.
Un chillido agudo inundó los cielos y una sombra tapó el sol del mediodía, al punto que los residentes de la mansión pensaron que se trataba de un eclipse.
—Son unos salvajes, todos los que montan esas bestias lo son —susurró una doncella sin atreverse a asomar su cabeza por la ventana, mientras terminaba de peinar el largo cabello negro de su señora.
—No es así, Mildred —aseguró Lucrecia acercándose a la ventana, observando aquellas sombras que sobrevolaban la mansión.
Las gigantescas alas de un guiverno azul se alzaron, produciendo un viento tan fuerte que varias ventanas de la propiedad se abrieron de golpe, golpeando los marcos con un estruendo seco. El aleteo sacudió el aire agitando el agua del rio, haciendo vibrar los cristales y levantando el polvo del patio.
La criatura, de cuerpo azulado, descendió sobre el terreno verdoso que daba hacia los amplios campos de cultivo de Tentalis, y el peso de su llegada hizo temblar la tierra bajo los pies de quienes observaban a solo pasos su aterrizaje. Sobre él, otros cuatro guivernos aparecieron volando en círculos y sus rugidos graves se mezclaban con el silbido del viento.
No eran bestias pequeñas; por el contrario, cada una era tan grande como un elefante del reino de Erimos. No obstante, el azul, aquel que había cubierto la mansión entera con su sombra, era casi tan inmenso como la propia edificación, y en el preciso instante en que posó sus patas sobre la tierra, su forma pareció desvanecerse en el aire, como si nunca hubiera estado allí.
En su lugar, solo quedó un grupo de cuatro jinetes sobre sus monturas, y uno cuyo cabello plateado destacó incluso a la distancia.
—Mildred, busca mi caballo.
—Pero, milady, si recién la estoy alistando. Debe verse hermosa para recibir a la comitiva. Si cabalga, arruinará mi trabajo. Además, aún no escogemos el vestido.
—El azul con blanco.
—¡El de cabalgar! Pero, milady, no es un ropaje apto. Debe imponer respeto… aunque sea frente a personas de poca calaña —susurró lo último entre dientes.
Lucrecia dejó entrever una sonrisa que revelaba demasiado y, al mismo tiempo, nada en absoluto.
—Por el contrario, querida Mildred, usaré el adecuado —aseguró, como si supiera algo que nadie más sabía.
La doncella dudó un momento de las intenciones de su ama, pero tras meditarlo un segundo —y sabiendo que no podría llevarle la contraria a esa mujer desde que era una infanta—, accedió.

Tres lacayos aguardaban junto al muro que rodeaba la mansión, a la espera de que los caballeros de Drachen se acercaran para escoltarlos al interior, pero parecían temblar más por el horror que por la fascinación de estar a solo minutos de aquellas bestias.
—Nos devorarán, ¿ya viste el tamaño de esos colmillos? —preguntó el mozo a sus compañeros, casi en un susurro.
—Shh, no digas tonterías. Son guivernos entrenados.
—Entrenados o no basta una orden de esos caballeros.
Los tres sirvientes alzaron la vista casi al mismo tiempo, justo cuando las primeras siluetas comenzaron a recortarse sobre la colina. Hombres a pie, que parecían haber dejado a sus criaturas atrás, casi como si pastaran como caballos.
Al frente, uno de ellos caminaba sin volver la vista atrás, como si no necesitara comprobar que las bestias seguían allí, a diferencia de sus acompañantes, que miraban de vez en cuando mientras avanzaban.
—Bien… bienvenidos a la mansión Rie… Riegan.
El comandante enarcó una ceja al notar el nerviosismo del mozo, sin comprender muy bien por qué lo intimidaba su presencia. Había dejado a los guivernos atrás precisamente para no incomodar a los presentes.
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Editado: 12.10.2026