La persecución llevaba varios minutos. Lady Riegan aceleraba el galope, inclinándose sobre el cuello del caballo para obtener un poco más de velocidad mientras atravesaban los extensos cultivos de flores de Tentalis, donde el terreno se abría en franjas de color y casi no había árboles que ofrecieran refugio.
—¡Miren por donde van! —exclamó un recolector saltando fuera del camino.
—¡No aplasten las flores! —gritó un jardinero cuando Lucrecia pasó rauda junto a él, seguida por la sombra del guiverno que amenazaba con alcanzarla.
El viento le azotaba la piel a Dimitri como cuchillos, arrancándole el aliento, mientras Cristaluz descendía en picada sobre la mujer sin darle tiempo a reaccionar.
El guiverno no solo la alcanzó, sino que se detuvo frente a ellos con la insolencia de quien ya se considera vencedor. El impacto contra la tierra aplastó las flores a su paso e hizo vibrar el suelo bajo los cascos del caballo.
El animal retrocedió bruscamente y se alzó sobre sus patas traseras, agitado. Lucrecia se aferró a las riendas intentando calmarlo, mientras su equilibrio pendía de un hilo.
—Tranquilo… —pidió el comandante, casi en una súplica entre dientes.
Dimitri ya se movía antes de pensar. Saltó del lomo de Cristaluz y cayó sobre los pétalos, flexionando las rodillas para amortiguar el impacto antes de incorporarse y avanzar.
Alargó la mano hacia las riendas del caballo, pero el resoplido de su guiverno estalló a su espalda. El aire caliente le recorrió la nuca y el animal se estremeció ante el sonido.
El caballo se desbocó aún más. Se echó hacia atrás, las patas delanteras sacudiendo el aire, y se removió con tal violencia que Lucrecia sintió cómo la silla cedía bajo su peso. Por un instante, el mundo se inclinó.
Sin pensarlo más, cantó. No fue un grito, ni una orden, sino apenas un susurro… el aire pareció tensarse a su alrededor.
—Lira… tiren, Aelor, elarin vae.
La voz salió frágil, pero firme. Se deslizó entre el pánico del animal, abriéndose paso donde las riendas no podían. Al callar, un leve mareo la atravesó por in instante, como si el mundo diera un giro brusco.
Dimitri se detuvo por un momento breve, reconociendo en ese sonido algo que no había oído en años.
El caballo tensó el cuerpo, tembló… y poco a poco bajó las patas delanteras. El aire escapó de sus fosas en un resoplido tembloroso antes de girarse, obedeciendo ahora las suaves indicaciones de la mujer.
Tan pronto acomodó al palafrén de espaldas al guiverno, lady Riegan descendió de un salto. Sus botas aplastaron el césped y en cuanto estuvo firme, llevó una mano al hocico del caballo.
—Todo está bien, Aelor, no te preocupes —repitió Lucrecia.
El animal aún temblaba bajo su tacto. Entonces otro par de manos comenzaron a acariciar su hocico, calmándolo por completo.
—¿Se encuentra bien, milady? —preguntó el comandante sin atreverse a mirarla.
—Por supuesto. No me caí, no tendría porque …
—No lo preguntaba por eso —interrumpió Dimitri, dándole a entender a lo que se refería.
Ella no dijo nada, mientras él continuaba prestando atención al animal.
—Lamento haberte asustado, viejo amigo.
El caballo soltó un resoplido más estable en respuesta y bajó levemente la cabeza, inclinándose hacia el contacto mientras el temblor iba cediendo poco a poco.
Lucrecia lo observaba sin decir nada. No al caballo sino a él.
La forma en que Aelor respondía sin resistencia, cómo el miedo se deshacía bajo ese contacto, y cuando el animal terminó de calmarse, apartó la mirada como si no hubiera estado prestando atención.
—Parece que te recuerda —comentó ella.
—Fue mi labor alimentarlo durante dos años cuando era un niño. Los caballos tienen buena memoria.
—Los jardineros también, y eso no será fácil de olvidar —bromeó Lucrecia.
Dimitri no comprendió a que se refería hasta que vio hacia donde ella señalaba.
El guiverno a su espalda se rascaba las escamas restregando su cuerpo sobre los cultivos de flores, destruyéndolos con cada movimiento.
—¡Thraan! Cristaluz, regresa al bolso ¡draek! —demandó Dimitri al instante.
El guiverno soltó un resoplido áspero, más cercano a un gruñido, y sacudió el cuerpo. Pétalos y hojas se desprendieron de sus escamas, pero no se movió de su lugar. Solo se quedó observando al comandante como si esperara algo importante.
Dimitri gruñó entre dientes algo inentendible, mientras rebuscaba en la bolsa de su cinturón, hasta dar con una moneda de oro puro.
Al mirar su brillo, el guiverno dio un salto y su tamaño se redujo de golpe, encogiéndose hasta caber en la palma de una mano antes de desaparecer dentro del bolso que colgaba del cinturón de cuero negro de su jinete.
—¿Estará cómoda ahí dentro? No parece haber mucho espacio.
Dimitri le mostró su interior: Cristaluz se hundía entre las monedas, removiéndolas con satisfacción.
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Editado: 12.10.2026