«Creccia», repitió para sí, conservando el sonido y la dulzura con la que él lo había dicho.
No era la primera vez que lo pronunciaba de esa manera. Diez años atrás, en Eryx, había sonado igual. La última vez que se habían visto, cuando el intento de paz se vino abajo en medio del concilio de Erimos. Había sido apenas un saludo cordial, pero Lucrecia aún lo recordaba.
Miró por sobre su hombro un instante antes de volver la atención al frente.
«¿Cómo podía seguir tan tranquilo?».
Acababa de confesarle que no solo había guardado el secreto sobre la voz de la sirena para asegurarse una victoria, sino que también lo había hecho por ella.
«¿En qué momento aquel niño insolente se había convertido en ese hombre?».
Caminaban en silencio por los pasillos, guiados por Rogers, el mozo de cuadra. Nadie habló. No después de lo ocurrido.
El eco de sus pasos rompía el silencio en el pasillo mientras avanzaban tras el mozo, los sirvientes se apartaban sin alzar la vista demasiado nerviosos por la presencia del hombre de cabellos plateados y su grupo.
—¡No necesito oír excusas! —La voz de Caspar Riegan estalló desde el interior antes de que alcanzaran la puerta.
El trio no se detuvo y cruzaron el umbral.
Tres sirvientes permanecían frente a su padre, rígidos, con la cabeza baja. A un lado, los Drachenreiters observaban en silencio, inmóviles, atentos.
—¿Qué sucede? —preguntó Lucrecia a su padre, pero la ignoró.
Caspar miró a cada uno de sus sirvientes antes de señalar la puerta por la que, hacia tan solo un instante, había entrado Dimitri, Lucrecia y el mozo que había ido en su búsqueda.
—Vayan de inmediato a limpiar los establos ustedes solos, además de continuar con sus labores usuales.
—Bien merecido lo tienen —comentó Lorenz a sus amigos cruzándose de brazos.
Los sirvientes permanecían frente a su amo, rígidos, con las manos tensas a los costados. Intercambiaban miradas breves cargadas de inquietud, rabia e impotencia.
—¿A qué se debe este castigo? —intervino Lucrecia, avanzando lo suficiente para que su presencia no pasara desapercibida.
Los pasos resonaron sobre el mármol blanco.
—Estos hombres insultaron a la comitiva que viene a llevarte, hija —respondió el duque Riegan, bajando la voz lo justo para que solo ella lo oyera.
—Estuve presente. Uno de ellos fue empujado por el más bajo de los Drachenreiters. ¿Vas a castigarlos por defenderse?
—Sí.
Lucrecia lo miró como si no lo reconociera. Su padre apartó la vista.
—La comitiva te llevará sola durante casi doce días de viaje. No puedo ignorar la ofensa y arriesgarme a que intenten lastimarte —gruñó en voz baja—. Ya estoy condenándote a un matrimonio con un monstruo. No voy a permitir que tu tormento comience antes de llegar a Drachen.
—Padre, no va a pasarme nada.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila?
Lucrecia inclinó apenas la cabeza, señalando a su espalda.
Caspar siguió el gesto y, al reconocer la figura detrás de ella, el aire volvió a sus pulmones.
El comandante observaba a sus subordinados con una expresión digna de quien está a punto de atacar a su presa. No debía ser un genio para deducir lo que estaba pasando en el gran salón, y al notar la culpabilidad en el rostro de cada uno de los integrantes de su equipo solo confirmaba sus sospechas.
—¡Lord Acheron! —saludó Caspar con una sonrisa de oreja a oreja mientras avanzaba directo hacia el muchacho.
El comandante inclinó la cabeza en señal de respeto antes de volver a erguirse. Los Drachenreiters lo miraron como si hubiera perdido la cabeza.
—Duque Riegan, es un honor volver a verle.
Caspar no perdió tiempo. Dio dos grandes zancadas y estrechó al comandante entre sus brazos con tanta fuerza que Dimitri apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—Gracias a Dukar por ser tú quien ha sido enviado a realizar esta tarea —susurró junto a su oreja.
—Es grato volver a verle, su gracia —dijo lord Acheron, devolviéndole el abrazo antes de separarse.
Los Drachenreiters se quedaron en silencio. Sonya y Lorenz cruzaron los brazos, mientras Nyla y Nicolás fruncían el ceño sin apartar la vista del comandante y el duque.
—¿Qué tal ha sido el viaje hasta acá? —preguntó Caspar.
—Grato, aunque admito que el recibimiento del rey Rodrigue fue… cordial, por decirlo de alguna manera.
Caspar soltó una breve risa por la nariz.
—Es de esperarse. Después de todo, la fama te precede, muchacho. Has acabado con gran parte de nuestro ejército. Si luchara en nuestro bando, su majestad ya te habría nombrado héroe de la nación y dado dos estatuas.
—Él ya es un héroe en Drachen —farfulló Lorenz entre dientes.
Dimitri le dedicó una mirada represiva y volvió su atención al duque.
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Editado: 22.10.2026