El patio ya estaba preparado cuando el sol apenas asomaba.
Los guivernos resoplaban inquietos, golpeando el suelo con garras impacientes, mientras los Drachenreiters ajustaban las correas y revisaban las cargas con una tensión poco habitual.
Lucrecia observaba desde la entrada de la mansión cómo el grupo terminaba de alistarse, siguiendo cada movimiento, cada orden del comandante, cada ajuste.
«Doce días de viaje», recordó las palabras de su padre.
Muy poco tiempo.
A caballo le resultaba más tentador, aunque eso implicara casi tres meses de trayecto junto a un grupo de jinetes variopintos.
—¿Estás segura de esto, hija? —preguntó el duque Caspar a su lado, incapaz de apartar la vista de ella. Buscaba una reacción, cualquier excusa para forzarla a quedarse.
—Lo estoy, padre —respondió con una sonrisa triste—. No es como que tengamos otra opción, en realidad.
Él tomó la mano de su hija un momento, y depositó en ella un frasco pequeño, con un líquido transparente que parecía brillar como el agua bajo la luz del sol. Lucrecia lo reconoció.
La pócima hecha de Tentalis… lo que provocó la guerra.
—No es necesario.
—Siempre lo es, mi pequeña… Aun así, … yo quisiera…
La voz de Caspar se quebró antes de terminar la frase. Le tiró del brazo y la atrajo contra su pecho con brusquedad, como si temiera que se le escapara, apretándola con una fuerza que no se molestó en disimular.
Lucrecia se aferró a su ropa, hundiendo los dedos en la tela, cerrando los ojos al sentir el latido firme bajo su mejilla mientras la humedad le empañaba la vista.
Había estado para ella cuando creía que el mundo se le iría encima; cuando aprendió a controlar sus poderes, cuando lloraba por perder contra Dimitri o cuando celebraba al vencerlo en Escudos y Espadas; incluso cuando sufrió su primer desamor. Y ahora estaba a punto de perder a su consejero, a su protector, a su padre.
—No hay cosa que más desearía que llevar la carga que debes soportar, mi pequeña, pero no puedo.
Caspar la sostuvo con más fuerza, como si algo en su pecho amenazara con romperse. No la soltó.
—Ya no soy… pequeña, papá —respondió ella, apretando un poco más el agarre antes de soltarse, conteniendo el temblor en la voz.
—Para mí, siempre serás mi pequeña.
—Milady Riegan —llamó la doncella, acercándose con cierta vergüenza por interrumpir el momento, aunque no se arrepentía de hacerlo. Las lágrimas le caían con rapidez, manchando el corpiño, mientras intentaba secarlas con un pañuelo—. ¿Podría… darle un abrazo? Sé que ya no es una niña, pero…
Mildred no alcanzó a terminar la frase como habría querido. Lucrecia ya se había abalanzado sobre ella, envolviéndola con ese cariño profundo que se le guarda a quien ha sido refugio toda la vida.
—Dele una lección a ese tonto rey —susurró Mildred antes de separarse apenas, sin soltar sus manos—. Cuídese mucho y recuerde mis consejos sobre… ya sabe qué.
Lucrecia agudizó la mirada y sonrió. Extrañaría mucho a Mildred, su compañera de aventuras, cómplice de travesuras y también…
—Si ese mocoso la hace llorar —añadió Mildred, señalando con un gesto hacia Dimitri—, tiene mi permiso para golpearlo, ¿de acuerdo? Pero no sea tan dura, ya que es él quien va a cuidarla.
—¿Confías en lord Acheron ahora, Mildred? —preguntó Caspar con extrañeza, interviniendo en la conversación.
—Solo porque usted parece hacerlo, Su Gracia—confesó la doncella.
Los pasos de Cristaluz resonaron sobre la tierra, firmes y pesados, haciendo vibrar el suelo con cada apoyo mientras su cola se balanceaba con impaciencia. Sobre su lomo, Dimitri Acheron avanzaba erguido, sosteniendo las riendas con una mano mientras el movimiento del guiverno apenas alteraba su postura.
—Es hora de marcharnos —informó el comandante al duque y a su hija.
A sus espaldas, los jinetes ya aguardaban sobre sus guivernos, alineados, listos para emprender vuelo.
El rostro del duque Riegan se tensó. Lucrecia soltó las manos de su doncella, se giró y avanzó pocos pasos hacia el enorme guiverno y su jinete. Dimitri le extendió la mano para ayudarla a subir y ella la tomó.
El contacto fue firme, pero bastó para que en su mente irrumpiera la imagen de aquellos ojos verdes brillantes y la forma en que había pronunciado su nombre el día anterior. El pulso se le desordenó unos segundos antes de que él tirara de ella y la alzara con facilidad. La acomodó frente a sí sobre la montura y la rodeó con un brazo mientras con el otro sostenía las riendas.
—¡Cumple tu palabra, muchacho! —le gritó el duque.
—¡Más te vale cuidarla o te enfrentarás a mi ira! —exigió Mildred.
Dimitri enarcó una ceja y asintió, sorprendido por el valor de la doncella. Sin decirle una palabra más, guio a Cristaluz hacia los demás y exclamó:
—¡Vyrnkar zerthak!
La orden rasgó el aire, y las alas respondieron al instante, abriéndose con un golpe seco que levantó el polvo y los pétalos antes de alzarse en vuelo.
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Editado: 22.10.2026