El segundo ataque llegó desde los árboles de secuoya.
—¡Ahora! —gritó una voz desde la espesura.
Las cuerdas salieron disparadas entre los troncos y se cerraron alrededor de los guivernos antes de que los jinetes pudieran reaccionar.
Cristaluz soltó un rugido y se sacudió con violencia. Lucrecia perdió el equilibrio por un instante y Dimitri la sujetó del brazo antes de que pudiera deslizarse.
—Sujétese fuerte.
Le puso las riendas en las manos y se incorporó sobre el lomo del guiverno.
A su alrededor, las criaturas se retorcían en el aire, tratando de liberarse de las cuerdas. Un jinete tiró de las riendas mientras otro desenvainaba el arma para cortar la suya. Una sacudida más hizo que varias monturas se ladearan de golpe y los jinetes tuvieron que aferrarse a ellas para no caer.
—¡Na vrak khaar, na kruun khar! —gritó el comandante sin perder tiempo.
Los guivernos respondieron con un rugido contenido. Sus cuerpos se tensaron bajo las cuerdas y las garras se cerraron sobre el aire, pero ninguno lanzó fuego.
—Les ordené no atacar —le informó Dimitri, forcejeando con las cuerdas que apretaban el cuerpo de Cristaluz.
—Sería más fácil salir de esta situación si lo hacen —respondió Lucrecia.
Lord Acheron desenvainó la espada y apoyó el filo contra una de las cuerdas. Comenzó a serrucharla con movimientos rápidos y cortos, haciendo que las fibras se tensaran y cedieran poco a poco bajo el acero. El brazo comenzó a pesarle, pero no se detuvo.
—Maldición… si tuviera mi lanza, sería más rápido —masculló el comandante entre dientes.
En otra situación habría ordenado a Cristaluz encogerse y se habría lanzado para enfrentarlos solo, pero aquí no. Lucrecia estaba sobre el lomo del guiverno; no podía arriesgarse a que un error de cálculo la hiciera caer.
—Si permito que los guivernos ataquen, dejaremos de ser huéspedes y nos convertiremos en invasores —respondió sin detenerse—. El rey Rodrigue nos autorizó a sobrevolar Thalassa, no a luchar en sus cielos.
Lucrecia lo comprendió. Ellos tenían armas peligrosas que no podían utilizar. Fue entonces cuando miró a su alrededor y trazó un plan de inmediato. No tenían ventaja; solo contaban con la ignorancia de sus adversarios.
Su mirada descendió apenas hacia el destello que colgaba de la silla de la criatura antes de volver al frente.
—Por nada del mundo vayas a decirle a Cristaluz que cambie de tamaño —pidió, con urgencia contenida.
—No pensaba hacerlo —replicó el comandante mientras desviaba con la espada una flecha que iba directa hacia él.
No muy lejos de ellos, el resto enfrentaba el mismo problema.
—Feuer, tranquilízate —pidió Nyla entre dientes, intentando cortar las cuerdas a su alrededor sin perder el equilibrio.
El guiverno se sacudía con violencia bajo ella, obligándola a aferrarse con las piernas mientras buscaba un ángulo para cortar sin soltarse.
Miró entonces a Nicolás, a pocos metros de distancia, en una situación aún más precaria que la suya. Forst estaba atrapado boca abajo, con las alas tensas contra las cuerdas. Nicolás permanecía aferrado a la montura, con el cuerpo suspendido y los pies colgando sobre un vacío de casi ochenta metros.
—¡Nyla! —llamó el capitán antes de que le cubrieran la boca con una venda.
Los hombres ocultos entre los árboles ya tenían a Nicolás completamente inmovilizado.
—¡Lorenz! —gritó Sonya cuando las cuerdas lograron sujetarla y separarla de Haze, jalándola hacia los árboles por los brazos hasta hacerla desaparecer entre las ramas.
—¡Devuélvanme a la mocosa! ¡Ladrones de poca monta! —exigió Lorenz, con la voz cargada de ira.
De un solo movimiento, tomó el hacha que llevaba a la espalda y descargó dos golpes certeros, cortando tres de las seis cuerdas que mantenían a su guiverno atrapado. La criatura logró sacudirse lo suficiente para ganar algo de libertad, mas no para liberarse por completo.
—Volveré por ti, Geist —prometió antes de impulsarse y lanzarse hacia las ramas en busca de su compañera.
Entre la espesura, las sombras se movían con precisión, aguardando el momento para disparar.
Entonces, un silbido rompió el viento.
El comandante se abalanzó sobre Lucrecia de forma automática y recibió el impacto de la flecha en el hombro izquierdo, justo donde su armadura no alcanzaba a cubrirlo. El golpe lo hizo tensarse y una mueca de dolor cruzó su rostro, pero no gritó. La sangre ya comenzaba a empapar la tela bajo las escamas de guiverno.
—¡Estás sangrando mucho! —dijo Lucrecia, alarmada.
—Estoy bien. —Él le dedicó una sonrisa tranquilizadora que no alcanzó su mirada.
El conocido sonido de los arcos tensándose alertaron los sentidos del comandante, y justo en el momento en que el líder de los bandidos dio la orden, Dimitri gritó a los guivernos:
—Vraeth vael draek aen —pronunció en Draekhar: Cúbrannos con sus alas.
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Editado: 22.10.2026