A nivel instintivo, el ser humano no considera el fuego como un peligro. Hace sesenta mil años nos perseguían y devoraban hienas gigantes y tigres dientes de sable; hoy en día, esos depredadores nos siguen infundiendo un pánico y un impulso de fuga formidable. El fuego, en cambio, ha estado desde el siempre absoluto para el hombre. Cientos, miles seguramente, sucumbieron en su propagación, ya fuera partidos por un rayo o aplastados por un proyectil incandescente.
Pero también es el fuego la primera fuerza de la naturaleza que el hombre dominó. En torno a él, en las noches de pausa de esos caminantes perpetuos, calentaron sus cuerpos y cocieron la carne obtenida con tanto esfuerzo. Se sentaron para descansar, pero también para pensar acerca de sí mismos y sobre todo lo demás. Se reunieron para recordar los días buenos y las grandes enseñanzas; para imaginar cómo sería someter a las furias naturales y así trazar historias y mitos. Estos relatos dieron la infraestructura conceptual y simbólica al mundo, funcionando como la imposición y representación de su voluntad: la de cada uno, y la de todos.
Ahí surgió la génesis de las manifestaciones más sutiles de la mente. Todas y cada una de ellas se fueron entretejiendo hasta tramar una conciencia colectiva. Esta fuerza se superpuso a las individuales —pero conteniéndolas— y condicionó su manifestación a través de un mecanismo ulterior, catalizando exabruptos, felonías y fealdades. Fue así como terminamos creando tótems de rostros rancios y adustos, como la religión y su concubinato promiscuo con la moral.
Por el fuego, el hombre borró su historia del aire y la imprimió en el cielo con pinceles de tierra y lluvia; así se libró de volverse carroña para las bestias y liberó su alma de su encierro. Sin embargo, el ser humano llegó a temer al fuego cuando vio lo dócil y efectivo que era para destruir. Mas el fuego es atractivo, y las flamas que le danzan al firmamento, fascinantes.
El hombre miró embelesado la fatalidad a través del fuego. Atendió la insignificancia del guerrero más temido, inerme ante su poder devorador, e imaginó cómo vencer a un puñado. Aprendió y lo ejecutó. Luego ideó cómo consumir un pueblo entero y lo cristalizó. Atestiguó cómo el fuego, veleidoso y traidor, se alió con los otros y cómo también le mató y achicharró a sus mujeres y a sus hijos. Entonces lo calumnió con la culpabilidad: lo llamó peligroso e incontrolable, y le adjudicó una dotación prolija de calamidades y demonios.
Para entenderlo, basta mirar al presente. Un bebé citadino, saturado de todos los estímulos conocidos, inducidos e insospechados del mundo moderno, temblará y llorará sin consuelo ante la presencia o el rugido de un gran felino —el ladrido es otro tema y materia de otra naturaleza—. No obstante, ese mismo niño observará divertido cómo sube y baja la flama en un encendedor e incluso querrá tocarla.
Pero entonces, ¿cuándo empezamos a temerle al fuego? Nacemos inocentes y nos bastan la Vida y el Amor al principio. Somos un ser con un cerebro y con un traductor de pulsos a pensamientos: la mente. La mente del bebé comienza por ver horrorizada la luz, que es su primer recuerdo. De pronto, piensa sobre todo eso que lo rodea: objetos, sonidos, oscilaciones.
Articula entonces un proceso lógico: si está todo eso y lo percibo, ¿qué soy yo? Esto nos encaja directo a la conciencia, ya sea de sí mismo o de la existencia de lo demás. Esta es la Conciencia Divina para nosotros: sin principio ni final, Es. Esta conciencia no teme a nada porque lo conoce todo; por eso el bebé no tiene miedo. Más aún, desconoce el temor.
Pero viene la educación y, con ella, la ceguera progresiva. Este adoctrinamiento es impuesto desde el nido, pero también es la voluntad colectiva. O sea, el mundo representado. Es aquel que depone la naturaleza invencible del nido por un complejo pobre y mal amasado de distorsiones perceptuales llamados civismo, buenas costumbres y virtud. Todo esto impuesto por la propia familia —ignorante de la conjura— bajo la implacable ejecución de la sociedad.
Esta conciencia impuesta al bebé mueve gradualmente su campo perceptual, e instaura la procesión de las ilusiones. Al contar finalmente con una conciencia humana, el individuo recibe las instrucciones y las conexiones determinadas entre neuronas para parir al temor. Y así, súbitamente, termina por horrorizarse ante el fuego, donde paradójicamente parió antes a esta Conciencia Colectiva anquilosante.