Fuego y Hielo

Capítulo 18: Parte 8

LA SALIDA NO ES EL FINAL

La puerta lateral de la furgoneta se cerró con un golpe seco. ¡CLONK! Metálico, brutal, que hizo vibrar toda la chapa.

Durante un instante, nadie habló. Solo respiraciones rotas, jadeos.

Alex se dejó caer junto a Hannah, todavía con la respiración acelerada. Tenía polvo adherido a la ropa, pegado al sudor de la frente, una pequeña herida en la palma y la mano ligeramente hinchada, sangrando todavía, palpitando. Hannah presentaba una marca en el antebrazo rojiza, como un latigazo y mantenía la rodilla derecha rígida, procurando que el movimiento pareciera menos doloroso de lo que realmente era. Pero cada bache le arrancaba una mueca que no podía disimular.

Joe permanecía inclinado sobre los monitores, con la cara iluminada en azul, pálido. Michael, al volante, observaba el exterior a través del parabrisas, con las manos crispadas, con el retrovisor ajustado cada dos segundos.

Los cuatro estaban dentro. Pero salir del edificio no significaba haber terminado. Salir solo significaba que ahora podían perseguirlos.

—¿Tenemos todo? —preguntó Hannah, con voz ronca, sin aliento.

Joe levantó la vista apenas un segundo, con ojeras negras.

—Tenemos lo que conseguimos documentar. La integridad de las fotografías está preservada, pero necesito comprobar los archivos y su contexto antes de dar nada por cerrado. Si se han corrompido por el camino, estamos jodidos.

—¿La cámara? —intervino Alex, mientras se vendaba la mano con un pañuelo.

—Una consulta reciente. La orientación no coincide con la referencia anterior. No puedo identificar al usuario ni determinar si el cambio fue manual. Alguien tocó la cámara justo cuando salíais. Justo.

—¿Y el sector tres?

—Actividad registrada durante vuestra salida. Coincide temporalmente con vuestra ubicación. Segundos después de que pasarais por ahí.

Hannah intercambió una mirada con Alex cargada de adrenalina y miedo.

—Coincidir no significa estar relacionado.

—No —confirmó Joe—. Pero tampoco voy a ignorarlo. Y no me gusta un pelo.

Michael puso el motor en marcha. El diésel rugió.

La furgoneta abandonó su posición sin acelerar, incorporándose al tráfico nocturno como cualquier vehículo de mantenimiento que hubiera terminado su jornada. Demasiado despacio. Cada semáforo en rojo era una eternidad. Cada coche detrás, un sospechoso.

Alex se inclinó hacia Hannah, rozándole el hombro con el suyo, buscando su calor.

—¿Con está tu rodilla?

—Puedo apoyarla.

—No te he preguntado eso.

—Y yo no voy a fingir que no me duele. Es una contusión, Alex. Podemos seguir.

Él aceptó la respuesta, aunque su mirada descendió un instante hacia la articulación, hinchada, bajo el pantalón.

Hannah le tomó la mano herida, con delicadeza, con dedos temblorosos.

—Ahora tú.

—Tengo un corte y un golpe.

—Eso tampoco es una valoración médica.

—Empiezo a pensar que trabajas demasiado con policías.

—Y yo que algunos son especialmente malos pacientes.

La sonrisa de Alex apenas duró un segundo. Joe acababa de abrir una nueva ventana de registros. Con un pitido agudo.

—Hay algo más. Mierda.

La interrupción de comunicaciones durante la extracción había durado más de lo previsto. Treinta y siete segundos a ciegas. Treinta y siete segundos muertos.

Joe reconstruyó la secuencia sobre una línea temporal: primero, la pérdida de señal de Hannah; dos segundos después, la de Alex. Más tarde, actividad registrada en el sector tres y una consulta de cámara exterior. Una cronología que olía a emboscada.

No unió los acontecimientos. Los separó.

—Tenemos tres hechos independientes —explicó, con voz tensa—. La interrupción, el movimiento registrado y la consulta. Todavía no existe información suficiente para establecer una causa común.

—¿Interferencia? —preguntó Michael, mirando el retrovisor sin parar.

—Posible.

—¿Sabotaje?

—No demostrado. Pero jodidamente oportuno.

Alex observó la pantalla, con los ojos entrecerrados, con la mandíbula marcada por la tensión.

—¿Alguien pudo acceder a nuestros canales? ¿Nos pincharon?

—No puedo confirmarlo. Necesito revisar los registros técnicos y compararlos con las incidencias anteriores. Si nos han hackeado el sistema, no lo sabré hasta mañana.

Hannah apoyó la espalda contra el asiento, dejando caer la cabeza hacia atrás, exhausta.

—Entonces lo registramos como pérdida de comunicación, no como interferencia deliberada.

—Ya está hecho.

La precisión de Joe no eliminaba la inquietud. La hacía más incómoda: habían atravesado un conducto sin saber si alguien los esperaba al otro lado, y ahora tampoco podían explicar por qué sus comunicaciones habían dejado de responder. Habían estado sordos, ciegos y atrapados en una lata.

Michael miró el retrovisor fijamente.

—Tenemos un coche detrás. Negro. Sin luces largas.

Nadie se movió. El aire se congeló.

El vehículo oscuro mantenía una distancia variable. En una intersección tomó la misma dirección que la furgoneta. Michael continuó conduciendo, sin acelerar ni cambiar de carril de manera repentina, con sudor frío en la nuca.

Alex giró ligeramente la cabeza, sin volverse del todo, por el rabillo.

—¿Lo conoces?

—No.

—¿Lo habías visto antes?

—No puedo asegurarlo. Pero lleva tres calles detrás.

Joe intentó localizarlo en las cámaras exteriores disponibles. La cobertura era parcial; entre dos puntos de observación existía un tramo que no podían reconstruir. Un punto ciego de cien metros. Perfecto para desaparecer.

El coche desapareció. Como tragado por la noche.

—¿Nos sigue? —preguntó Hannah, con la mano ya en la puerta, lista para saltar si hacía falta.

Michael mantuvo los ojos en la carretera, con los nudillos blancos.

—Sé que circulaba detrás de nosotros. No sé por qué.




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