Fuego y Hielo

Capítulo 18: Parte 10

Un lugar al que volver

Viernes · North Harbour · Últimas horas de la tarde y noche

La luz del atardecer entraba inclinada por las ventanas del velero cuando Alex terminó la llamada. Anaranjada, dorada, partida en líneas por las cuerdas del mástil, bailando sobre la madera barnizada.

—Entonces quedamos en septiembre —dijo.

Al otro lado, Elena confirmó los últimos detalles del lanzamiento del nuevo álbum de North Harbour. El adelanto ya estaba ingresado y solo quedaban algunas cuestiones administrativas antes de que todo quedara cerrado.

Alex sonrió con esa sonrisa cansada de después de un día de mucho trabajo.

—Perfecto. Me mandas lo que falte y lo reviso este fin de semana.

—¿Este fin de semana? —replicó Elena—. ¿El mismo hombre que normalmente desaparece cuando le hablo de contratos?

—Estoy evolucionando. Me estoy domesticando.

—Eso quiero verlo. Te sienta bien el amor.

Alex soltó una risa, ronca.

—Buenas tardes, Elena.

—Buenas tardes, Alex.

Colgó.

Durante unos segundos permaneció sentado, con el teléfono todavía en la mano, mirando el mar que se volvía rosa a través de la escotilla.

El dinero de las composiciones de Jay Fisher nunca había sido algo que necesitara para vivir. Durante años, una parte importante había terminado en proyectos de North Harbour, pequeñas ayudas, iniciativas que nadie relacionaba con él y necesidades concretas de personas que jamás sabían quién había pagado aquello.

Dar le resultaba sencillo.,Quedarse algo para sí mismo, no tanto. Porque nunca había creído que mereciera quedarse nada. Pero esta vez había pensado en otra cosa.

Elena lo había notado incluso a través del teléfono.

¿Por una vez piensas hacer algo para ti?

Alex había respondido que sí.

Y ahora, mirando alrededor del velero, con el olor a madera vieja y a sal, comprendió exactamente qué quería decir.

Una casa que todavía no existía.

El barco seguía siendo precioso. Era su refugio, su independencia, su manera de vivir cerca del mar. Allí había pasado noches enteras componiendo, había aprendido a convivir con sus propios silencios y había construido una vida que no necesitaba demasiado espacio. Una vida pequeña, controlada, donde nadie pudiera hacerle daño.

Pero ahora había alguien más que necesitaba espacio.

Connor, con sus mapas, con sus libros de barcos, con sus zapatillas siempre en medio. Y alguien con quien quería compartirlo. Hannah, su novia, con sus vestidos, con su risa, con sus libros dejados por todas partes.

Alex miró el pequeño salón. Tan pequeño que solo cabía una persona y media.

Se imaginó una casa. No una mansión. Ni algo ostentoso. Una casa en North Harbour, con vistas al mar, con una habitación para Connor donde pudieran caber sus mapas, sus libros y aquel montón de pequeños tesoros que el niño consideraba imprescindibles. Piedras lisas, caracolas, una brújula rota que decía que era mágica.

Una habitación para él y Hannah con una cama enorme y una ventana que diera al mar.

Más habitaciones para cuando decidieran ampliar la familia.

Una cocina donde pudieran desayunar los tres. Con olor a tostadas quemadas porque Alex siempre se distrae.

Un sofá suficientemente grande para que Connor acabara dormido después de una película, con la boca abierta, babeando un poco, como un ángel.

Un rincón para la guitarra. Sin que nadie le dijera que bajara el volumen.

Un lugar donde Tobias pudiera tumbarse sin convertirse en una amenaza para cualquier persona que intentara caminar por el salón. Aunque ocupara medio sofá, como siempre.

Sonrió con una sonrisa boba, inmensa, que no se había permitido en años.

La idea no le producía vértigo. Le producía ganas. Ganas de vivir. De anclarse.

El velero no dejaba de ser su hogar. Simplemente empezaba a comprender que ya no podía pedirle que fuera todo su hogar. Que su hogar ahora tenía ojos oscuros y el pelo revuelto y se llamaban Hannah y Connor.

La puerta del barco se abrió poco después, con un chirrido familiar y una ráfaga de aire frío del puerto.

—¿Estás sonriendo solo? ¿Otra vez?

Alex levantó la vista.

—Estaba pensando.

—Eso explica tu cara. Pones cara de tonto cuando piensas.

—Cielo.

—Mi vida.

Hannah entró y dejó sus cosas. Su bolso, el olor a su perfume que llenó el pequeño salón en un segundo.

Alex se fijó entonces en ella. Llevaba un vestido negro de tirantes cruzados. El mismo de hacía unas semanas.

Y ella tardó apenas dos segundos en darse cuenta de que él lo había reconocido. Porque él se quedó mirándola como si le hubieran dado un golpe en el pecho.

—No digas nada.

—No he dicho nada. Me he quedado mudo. Que es distinto.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando que ese vestido me resulta familiar. Muy familiar. Peligrosamente familiar.

Hannah sonrió, con las mejillas rosadas.

—Quizá tengo buen gusto.

—O memoria. O ganas de matarme.

La referencia a aquella noche de karaoke apareció entre los dos sin necesidad de explicarla. Las canciones desafinadas. Will riéndose de ellos. Las miradas demasiado largas. La tensión que todavía ninguno de los dos había querido llamar por su nombre. La misma ropa. Los mismos dos. Cuando ambos estuvieron a punto de cruzar la línea.

Pero ya no eran aquellos dos. Ahora se atrevían a mirarse.

—Entonces —dijo Alex, con la voz más grave—, ¿has venido vestida así para recordar viejos tiempos?

Hannah se acercó, despacio, balanceando las caderas a propósito.

—No.

—Qué decepción.

—He venido para crear recuerdos nuevos. Mejores.

Alex sonrió, con ojos oscuros de deseo.

—Mucho mejor.

Terminaron sentados en el suelo del velero. Como siempre. Como a los dieciséis años. Porque los sofás son para gente que no tiene historia.

Hannah se acomodó sobre las piernas de Alex, cuidando de no arrugar demasiado el vestido. Aunque el vestido ya le daba igual.




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