Fuego y Hielo

Capítulo 18: Parte 12

El secreto peor guardado de North Harbour

Viernes por la noche · North Harbour

Cuando Hannah regresó a la mesa, Eleanor ya la estaba mirando. No era una mirada normal. Era esa mirada concreta que Hannah conocía desde los seis años: la de Eleanor cuando acababa de descubrir algo y todavía estaba decidiendo cuánto iba a disfrutar antes de decirlo en voz alta. La mirada de tiburón de boda. Afilada, brillante y con purpurina en el párpado.

Hannah se sentó y tomó su copa con la mano ligeramente temblorosa, con el pelo un poco más revuelto que hace cinco minutos, con el pintalabios repintado a toda prisa y mal.

—¿Qué?

Eleanor sonrió lenta, malvada.

—Nada.

—Esa cara nunca significa nada.

—¿Qué cara?

—Esa. La de CSI North Harbour.

—No tengo ninguna cara.

Hannah soltó una carcajada.

Alrededor de ellas, la noche continuaba con la misma ligereza con la que había empezado. La despedida de solteros del sábado ocupaba buena parte de la conversación. Había horarios que confirmar, bolsos que preparar, ropa que decidir, maquillaje, transporte y una discusión sorprendentemente seria sobre si Eleanor necesitaba llevar dos pares de zapatos.

—Necesito dos —insistió Eleanor.

—Necesitas uno —contestó Hannah.

—El segundo es por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si el primero deja de cooperar. Si uno se rompe, me divorcio antes de la boda.

—Los zapatos no cooperan ni dejan de cooperar.

—Eso lo dices porque nunca has llevado unos tacones durante doce horas. Tú vas en botas de policía todo el día, Inspectora Jones.

Hannah negó con la cabeza.

—Mañana voy a arrepentirme de haber venido.

—No puedes arrepentirte. Eres mi mejor amiga y mi madrina tienes obligaciones. Estás contratada de por vida.

—¿Entre ellas impedir que te cases?

—No. Esa fase ya pasó. Ahora tienes que impedir que Michael sobreviva a su despedida. Si vuelve con los dos riñones, habéis fracasado.

Elizabeth se unió a las risas. Y durante unos minutos Hannah consiguió relajarse completamente. Era una noche sencilla. Amigos. Bromas. La boda de Eleanor y Michael acercándose. Nada que resolver. Nada que investigar. Nada que perseguir.

Y, sin embargo, cada vez que alguien mencionaba el nombre de Alex, algo dentro de ella reaccionaba antes de que pudiera evitarlo. Un calor traicionero entre las piernas. Un recuerdo muy reciente y muy poco apropiado para una mesa con cerveza. Una sonrisa. Una mirada. Una pequeña sensación de calor. Y un hormigueo en la nuca donde Alex le había mordido hacía exactamente siete minutos en el almacén.

Eleanor lo había visto. Por supuesto que lo había visto. Porque Eleanor tiene un radar para el sexo ajeno desde 2012.

—Hannah.

—¿Qué?

—Ven con nosotras.

—¿Adónde?

—Al baño. Ahora. Urgente. Reunión de crisis.

Hannah frunció el ceño.

—¿Por qué?

Eleanor se levantó.

—Porque quiero hablar contigo.

—Eso nunca es bueno.

—Depende de para quién. Para mí es buenísimo.

Hannah la miró con desconfianza. Elizabeth se levantó también.

—Yo voy también.

—Perfecto —murmuró Hannah—. Una emboscada. Y yo sin arma reglamentaria.

La puerta del baño se cerró detrás de ellas con pestillo. Con olor a ambientador de vainilla y a colonia que se cuela por el conducto de ventilación.

Eleanor se apoyó contra ella, cruzada de brazos, como interrogadora jefe. Hannah la miró.

—No.

—No he dicho nada.

—Pero vas a hacerlo.

—Sí.

Elizabeth se acercó al espejo y empezó a retocarse el maquillaje, completamente divertida por la tensión que acababa de instalarse en el pequeño espacio. Eleanor cruzó los brazos. Miró a Hannah. De arriba abajo. Deteniéndose en el cuello. Después volvió a mirarla. En el cuello otra vez. Donde había un chupetón incipiente mal tapado.

—Tú y Alex.

Hannah sostuvo su mirada durante dos segundos. Tres.

—¿Qué pasa con Alex?

Eleanor abrió mucho los ojos.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Lo de fingir que no sabes de qué estoy hablando. Con esa cara de "yo no he hecho nada" y el aire de me han dado como cajón que no cierra.

—No estoy fingiendo nada. —Y se alisó el vestido negro, nerviosa.

—Hannah.

—Eleanor.

Elizabeth dejó lentamente el lápiz de ojos sobre el lavabo.

—Espera —miró a una y a otra—. ¿Qué estoy entendiendo? ¿Que Hannah ha vuelto al mercado y ha cerrado el mercado?

Eleanor señaló a Hannah con ambas manos.

—Ellos. ¡Ellos acaban de echar un polvo!

Hannah cerró los ojos, muerta de vergüenza y de risa.

—Eleanor… Qué bruta eres.

—¡Lo sabía! ¡Hueles a sexo, a almacén y a Alex!

El grito fue tan entusiasta que Hannah reaccionó inmediatamente.

—¡Baja la voz! ¡Que hay micrófonos hasta en el váter en este pueblo!

Eleanor se abalanzó sobre ella y la abrazó.

—¡Por fin!

Hannah empezó a reír mientras intentaba apartarla.

—¡Ele!

—¡Por fin! ¡Después de todos estos años! ¡Por fin te has acostado con él, Han!

—Vas a conseguir que nos oigan desde la calle.

—Me da igual. Que se entere North Harbour entero.

—A mí no. No debe enterarse nadie.

Eleanor se separó y la sujetó por los hombros.

—¿Estáis juntos?

Hannah la miró con las mejillas como tomates. Y esta vez no negó nada.

—Sí.

La reacción fue inmediata. Eleanor volvió a abrazarla. Elizabeth se acercó con una sonrisa enorme.

—Espera, espera. ¿De verdad? ¿Oficial? ¿Novios? ¿Con derecho a roce y todo?

Hannah asintió, sin poder dejar de sonreír como una tonta.

—Mas o menos. Todavía no es oficial y no puede enterarse nadie más.

Y algo dentro de ella se aflojó. Era una palabra sencilla. Sí. Pero llevaba demasiados años sin poder pronunciarla. Sí, Alex era su pareja, estaban juntos, estaba locamente enamorada. Y sí, acababa de tener el mejor polvo rápido de su vida entre cajas de patatas fritas congeladas.




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