Demasiado cerca
Sábado, madrugada · North Harbour · 02:47
La ciudad había empezado a quedarse en silencio. Un silencio espeso, húmedo, de niebla baja.
En las calles próximas al puerto todavía quedaban algunas luces encendidas y, de vez en cuando, el sonido lejano de un coche rompía la calma. El mar golpeaba suavemente los muelles, constante, ajeno a todo lo que ocurría tierra adentro. Chapoteando contra el casco de los barcos amarrados, como una lengua negra.
En otro punto de North Harbour, lejos del bar de Will, lejos del calor y de las risas, Monty seguía despierto.
La habitación estaba prácticamente a oscuras. Una única lámpara iluminaba la mesa que tenía delante. Una luz amarilla, sucia, de bombilla de 40 vatios, que hacía que los papeles parecieran más viejos de lo que eran.
Había varios documentos extendidos sobre ella. No estaban ordenados. Algunos eran copias parciales. Otros parecían anotaciones administrativas. Había una referencia portuaria, una hoja con una fecha antigua y varios papeles relacionados con movimientos empresariales que, a simple vista, no parecían tener nada que ver entre sí. Facturas de combustible. Manifiestos de carga. Sellos borrados.
Uno de ellos llevaba claramente visible una fecha.
2014.
Monty lo observó durante unos segundos con la punta de los dedos, sin tocarlo, como si quemara. Después tomó otro documento. Lo leyó. Volvió al primero.
No estaba reconstruyendo el caso. Estaba comprobando cuánto habían conseguido reconstruir otros. Calculando el daño. Aquella diferencia importaba. Porque, por primera vez, Monty no parecía irritado por la investigación. Parecía preocupado. Preocupado de verdad con el sudor en la nuca a pesar del frío.
El teléfono vibró sobre la mesa. ¡BRRR! Un sonido violento en el silencio.
Monty se quedó inmóvil, como un animal acorralado. Miró la pantalla. No había nombre. Solo un número. Oculto. Privado. Con prefijo extranjero.
Durante un segundo pareció plantearse no responder. Finalmente cogió el teléfono con la mano lentamente.
-Sí.
Escuchó. No dijo nada durante varios segundos. Solo se escuchaba su respiración, agitada.
-Lo sé.
Otra pausa más larga.
-No estaba previsto. Se suponía que el archivo estaba limpio.
Se levantó de la silla de golpe, haciendo chirriar las patas. Caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina con dos dedos, nada más. Un espía en su propia casa.
North Harbour se extendía bajo él, oscuro y tranquilo con las luces del puerto parpadeando como ojos cansados.
-No -respondió-. No todavía.
La voz al otro lado volvió a hablar. Baja, metálica, distorsionada por un filtro.
Monty cerró los ojos un instante apretando los párpados.
-El equipo no debía llegar tan lejos. Se suponía que Bradford estaba enterrado. Se suponía que nadie volvería a mirar lo de 2014.
Silencio.
Su mandíbula se tensó hasta crujir.
-Sí. Jones y Mallory.
Escuchó.
-Lo sé. Son ellos. Siempre son ellos.
La conversación continuó durante unos segundos más. Monty regresó a la mesa. Miró los documentos con asco y con miedo.
-¿El anexo? -esperó-. Sí. Lo encontraron. Lo fotografiaron -otra pausa-. También la segunda referencia. La que no debería existir.
Su mano se apoyó sobre el borde de la mesa. Apretando hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
-Y el código volvió a aparecer.
Esta vez la reacción del otro lado fue distinta. Un silencio cortante. Peligroso.
Monty bajó la mirada.
El silencio se alargó. Insoportable.
-No pueden saber qué significa -escuchó-. Todavía no.
La respuesta pareció irritarlo. Golpeó una vez con los dedos sobre la madera. ¡Toc! Seco.
-He dicho que todavía no.
Se hizo otro silencio. Monty respiró profundamente. No parecía un hombre que tuviera todas las respuestas. Parecía alguien que sabía exactamente qué preguntas no quería que nadie hiciera. Y que sabía qué pasa cuando alguien las hace.
-Han empezado a cruzar años diferentes -dijo finalmente-. Eso es lo que me preocupa. 2014 con 2019. Nueva York con North Harbour. Están atando cabos que llevaban una década separados -escuchó-. No. No saben todavía qué están viendo. Pero ven la forma. Como ver un cadáver bajo una sábana -una pausa-. Pero están conectando cosas que durante mucho tiempo permanecieron separadas.
Monty tomó la referencia portuaria y la observó. Un papel fino, casi transparente, con un sello del puerto de Rotterdam.
-La ruta también -escuchó-. Sí -otra pausa-. La han encontrado. La ruta fantasma.
La habitación volvió a quedarse en silencio. Monty dejó el documento sobre la mesa, como si le diera asco.
-La gente de arriba quiere saber cuánto han visto.
No era una pregunta. Era una constatación. Una amenaza velada hacia él mismo.
La voz respondió fríamente.
Monty se pasó una mano sudorosa por su nuca.
-Entonces tendrán que esperar -escuchó-. No -su tono se endureció, por primera vez-. Todavía no hacemos nada.
La persona al otro lado insistió con la voz más alta, aunque distorsionada. Monty negó con la cabeza aunque sabía que no podían verlo.
-Porque si hacemos algo ahora, confirmaremos que tienen razón. Si los tocamos ahora, FANTASMA nos marca. Y entonces ya no hay vuelta atrás -miró los documentos-. Hay que dejar que sigan creyendo que están reconstruyendo el pasado. Que es historia. Que no importa.
Su expresión cambió ligeramente. Se volvió más oscura.
-El problema es que ya han encontrado una ruta que no estaba en sus informes.
Silencio.
Monty volvió a sentarse, pesadamente. Durante unos segundos solo se escuchó el rumor lejano del puerto. Y el tictac de un reloj viejo.
-Si empiezan a entender cómo encajan las sociedades, tendremos otro problema. Uno que no se tapa con dinero -escuchó-. No sé hasta dónde han llegado -pausa-. No. No lo sé todo.