El otro lado de la verdad
La habitación del hotel no tenía nada que invitara a quedarse.
Las cortinas grises ocultaban una ciudad que Ian no se había molestado en conocer. Un gris de parking, de lluvia fina que no moja pero cala. Sobre la mesilla descansaba una taza de café intacta, con una película negra ya fría, con el borde marcado por pintalabios de otra persona, y, junto a ella, una tarjeta magnética sin nombre, sin logo, como las que no existen. Había llegado unas horas antes y todavía no había deshecho la maleta. La maleta negra, cerrada, en el suelo, como si estuviera listo para huir en treinta segundos. No sabía cuánto tiempo permanecería allí. Tampoco parecía importarle.
Lo único que ocupaba su atención era la documentación extendida sobre el escritorio. Fotocopias torcidas, con olor a tóner barato. Una referencia al Hotel Casino. Una fecha: 2014. Una anotación portuaria con un sello de Rotterdam. Rojo, borroso. Y una hoja en la que aparecía el nombre de Hannah Jones. Subrayado en amarillo fluorescente, con su foto de carnet grapada en una esquina. Joven, seria, con el pelo recogido.
Ian no se detuvo en la fotografía que acompañaba al documento. No había nostalgia en su expresión ni rastro de aquel afecto que, en otro tiempo, había podido sentir por ella. Su mirada recorría los datos como si estuviera calculando cuánto podía costarle cada uno. Como un contable de cadáveres.
El teléfono vibró. ¡BRRR! Sordo, sobre la madera.
Número privado. Prefijo extranjero. +31.
Ian dejó que sonara una vez más antes de contestar. Para demostrar quién tenía el control.
—Sí.
Escuchó sin interrumpir. Al otro lado, una voz distorsionada pronunció varias frases que no llegaron a distinguirse. Metálica, como si hablara desde una tubería.
—Lo sé. He leído el informe.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
—No fue una coincidencia —otra pausa—. Llegaron al anexo. Entraron. Salieron con fotos.
Su mirada regresó a los documentos. La información no parecía sorprenderlo. Lo que le molestaba era que aquellos hallazgos hubieran terminado juntos en las manos equivocadas. En las manos de Hannah, de todas las manos posibles.
—Sí. También encontraron la referencia portuaria —escuchó—. Y el código volvió a aparecer.
El interlocutor habló durante más tiempo. Ian apretó la mandíbula. Hasta que le crujió.
—Cuatro veces ya.
No añadió nada. El número correspondía a las apariciones que él conocía en la documentación reunida hasta entonces. No significaba que comprendiera el código ni que pudiera asegurar que cada aparición cumplía la misma función. Pero cuatro coincidencias documentadas eran suficientes para que alguien empezara a hacerse preguntas. Cuatro veces el mismo número. Como una firma que alguien olvidó borrar.
Y las preguntas, cuando se formulaban en el orden correcto, podían resultar peligrosas. Mortales.
—No, todavía no saben qué significa —dijo—. Eso no quiere decir que vayan a dejar de buscarlo. Hannah no para hasta que sabe. Nunca ha parado.
Se apartó de la ventana y tomó la hoja que llevaba el sello de Rotterdam.
—El problema no es que hayan encontrado una referencia. Es que están comparándola con otras. Están haciendo el puzzle. Y el puzzle tiene nuestra cara.
La voz volvió a sonar al otro lado. Más rápida, irritada.
Ian dejó el papel sobre la mesa, como si quemara.
—Hannah no abandona una contradicción.
Pronunció su nombre sin suavidad, como si fuera una característica técnica que hubiera que tener en cuenta. Como si fuera un fallo en el sistema.
—Y Mallory tampoco.
La respuesta del interlocutor debió de ser una pregunta, porque Ian guardó silencio antes de continuar.
—Ella recuerda lo que falta. Él suele detectar lo que sobra. Cuando trabajan juntos, una explicación que no encaja no desaparece porque alguien quiera olvidarla. Se convierte en una obsesión.
Se pasó una mano por la nuca. Había conocido a Hannah lo suficiente para saber que podía regresar sobre una conversación meses después y recordar un detalle que todos los demás habían descartado. Una palabra. Una coma mal puesta.,Aquella capacidad nunca la había convertido en infalible. La convertía en persistente. Y la persistencia era mucho más difícil de controlar que una sospecha precipitada.
—No necesitan saberlo todo —añadió—. Solo necesitan demostrar una conexión.
Fue enumerando los elementos con la mirada puesta en los documentos, con el dedo índice golpeando cada uno.
—Una sociedad. Un intermediario. Una ruta. Un movimiento. Una fecha.
Separados, podían admitir explicaciones perfectamente legítimas. Juntos, si la documentación confirmaba una relación entre ellos, podían dibujar un recorrido que alguien llevaba años intentando mantener fragmentado. Un recorrido que llevaba del puerto de North Harbour a una cuenta en Rotterdam y de ahí a un contenedor que nunca existió en 2014.
—Si encuentran el origen de esa ruta, empezarán a tirar del resto —dijo—. Y entonces podrían aparecer nombres. Nombres que no pueden aparecer. Nombres que están en nóminas que no existen.
No especificó cuáles. Tampoco el interlocutor necesitó pedírselo.
La conversación cambió de tono. Ian se sentó en el borde de la cama, sin apartar la vista de la carpeta. La cama intacta, sin arrugas.
—Haré lo que hago siempre. Mantener el problema contenido. Como siempre.
La respuesta que recibió lo hizo enderezarse. Tenso.
—Sé que necesito autorización.
Escuchó unos segundos más y soltó una risa breve, carente de humor. Seca, como un cristal roto.
—No necesito que me recuerdes cuál es mi posición.
La frase quedó suspendida en la habitación, pesada como el humo. Ian no estaba al mando de aquella estructura. Tenía responsabilidades, acceso a determinada información y margen para actuar, pero había decisiones que no le correspondían. Alguien podía exigirle resultados y limitar al mismo tiempo lo que estaba autorizado a hacer.