La casa junto al faro
El sábado había amanecido tranquilo en North Harbour, con un cielo despejado y una brisa marina que se colaba por las ventanas abiertas de la cocina. Olía a tostadas, a café y cacao y a mar. A mañana de sábado sin despertador.
Connor estaba sentado a la mesa, con un cuaderno de dibujo abierto frente a él y la lengua asomándole ligeramente por una comisura mientras concentraba toda su atención en una construcción que, a juzgar por la cantidad de líneas torcidas, debía de tener una ingeniería bastante compleja. Con los pies colgando, sin llegar al suelo, balanceándose.
Alex apareció con dos tazas de café y una de cacao y se detuvo a su espalda, descalzo, con el pelo revuelto de dormir, con la camiseta arrugada.
—¿Qué estás construyendo, capitán? ¿Un castillo de la NASA?
—Una casa.
—Vaya. ¿Y ese rectángulo enorme que ocupa la mitad del jardín?
Connor levantó la cabeza, ofendido, con las mejillas infladas.
—¡Es el garaje! ¡Para el coche de carreras y la bici y la nave espacial!
—Ah. Perdona. Un garaje imprescindible para una casa que no tiene ni una puerta. Muy práctico para ladrones.
—La puerta está aquí.
Connor señaló una línea diminuta en una esquina, casi invisible, hecha con lápiz muy flojito. Alex se inclinó para examinarla, entrecerrando los ojos como un abuelo.
—Por supuesto. No la había visto. Una entrada muy discreta. Ideal para que nadie pueda entrar. Ni siquiera el aire.
—Tú no puedes entrar si te burlas de mi casa.
—Entendido. Me portaré bien. Promesa de capitán.
Hannah, que estaba preparando unas tostadas junto a la encimera, los observó por encima del hombro, con una espátula en la mano y sonrisa de madre que lo escucha todo.
—No le hagas caso, Connor. Tu casa está estupenda.
Alex abrió la boca, con indignación teatral.
—¿Estupenda? ¿Has visto el tejado? Parece que lo ha dibujado un pulpo mareado.
—Tiene tejado —replicó Hannah—. Ya va por delante de muchas de tus ideas. Tu barco ni siquiera tiene tejado y vives ahí.
Connor soltó una carcajada, fuerte, con el cacao derramándose por la comisura de la boca, y Alex se llevó una mano al pecho, fingiendo que acababan de herirlo de gravedad.
—Dos contra uno. Así no se puede vivir. Me voy a quejar al sindicato de capitanes.
—Puedes dibujarte otra casa —le aconsejó Connor, muy serio, como dando un consejo de negocios.
—Gracias por la solución, hijo.
La palabra salió de forma espontánea. Alex no se detuvo en ella. Connor tampoco. Pero a Connor se le iluminaron un poco más los ojos y siguió dibujando más rápido, como si quisiera hacer la casa más bonita para él. El niño volvió a concentrarse en su dibujo y Hannah tuvo que bajar la mirada hacia las tostadas para ocultar la emoción que le atravesó el pecho. Porque se le hizo un nudo enorme y dulce.
Aquella naturalidad era precisamente lo que hacía que algunos momentos le resultaran tan difíciles.
Alex tomó asiento junto a Connor y examinó el dibujo con mayor seriedad, apoyando la barbilla en la mano, como un arquitecto.
—¿Y dónde está el mar?
Connor trazó una línea azul junto al jardín, con el rotulador casi sin tinta, apretando mucho.
—Aquí. Y detrás está el puerto. Quiero que haya un barco.
—¿Uno pequeño o uno grande?
—Grande. Como el tuyo. Que quepamos todos y Tobias y todo.
—El mío no es tan grande.
—Pues uno más grande. Más grande que el cole.
—Eso va a costarte bastante dinero, Primer Oficial.
Connor se encogió de hombros con la tranquilidad de quien todavía no ha descubierto que las cosas cuestan dinero. De quien cree que el dinero crece en el banco como las manzanas.
—Cuando sea mayor, lo tendré. Trabajaré de pirata.
Alex sonrió, con ternura infinita.
—Me parece un plan excelente. El mejor plan que he oído en mi vida.
Hannah se volvió hacia ellos. Había algo en aquella conversación, en la seguridad con la que Connor hablaba del barco y en la forma en que Alex escuchaba sus planes sin reírse de ellos, que le produjo una sensación extrañamente familiar. Como si hubiera visto esa escena antes, pero con otros dos niños más pequeños.
—¿Y la casa? —preguntó ella—. ¿Dónde vas a ponerla?
Connor señaló el dibujo, con el dedo manchado de azul.
—Cerca del faro. Para ver el mar. Para que la luz del faro entre por mi ventana y me proteja de los monstruos.
Alex se quedó inmóvil. No fue más que un segundo, apenas una pausa en la que su mirada permaneció fija en el papel. Pero Hannah lo conocía lo suficiente para reconocer cuándo algo acababa de llevarlo a otro lugar. A otro tiempo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, suavemente.
Alex parpadeó y sonrió, aunque ya no estaba mirando el dibujo. Miraba a través del papel, a través de los años.
—Nada. Es que me has recordado una cosa.
—¿Qué cosa?
Él contempló a Connor, que había empezado a dibujar un sol desproporcionado en la esquina superior de la hoja. Un sol con cara sonriente y con gafas.
—Una casa junto al faro.
Y, de pronto, volvió a tener ocho años.
North Harbour, muchos años atrás.
Verano. Arena caliente que quema los pies. Olor a crema solar de coco. Chanclas perdidas.
—¡El primero que llegue al faro gana!
Eleanor anunció la competición desde lo alto de una pequeña duna, con las manos apoyadas en las caderas y una solemnidad que habría resultado más convincente si no tuviera arena pegada en una rodilla.
Michael frunció el ceño, con sus gafas de sol de plástico torcidas.
—¿Y quién ha decidido que tú puedes organizarla?
—Yo he tenido la idea.
—Eso no significa que puedas decidir las reglas.
—Claro que sí. Es mi idea. Si es mi idea, soy la jefa.
Garreth se sentó sobre una roca y empezó a desatarse una zapatilla.
—Yo voto por que gane quien llegue antes.
—¡Eso ya lo sabemos! —protestó Hannah, con dos coletas perfectas y las rodillas peladas.