Un lugar donde respirar
El primer problema del viaje fue Eleanor. El segundo, Garreth. Y el tercero, según Michael, que llevaba veinte minutos intentando cerrar el maletero de un coche abarrotado de bolsas, sudando, con la camiseta pegada a la espalda, era que nadie había tenido la prudencia de dejarle organizar nada.
—Te recuerdo que tú elegiste el coche —señaló Eleanor, sentada en el asiento del copiloto, con las gafas de sol sobre la cabeza y una sonrisa demasiado satisfecha para alguien que todavía no había salido de North Harbour. Con las piernas cruzadas, con una botella de agua fría en la mano que no pensaba compartir.
—Elegí un coche. No un almacén con ruedas.
—Si hubieras hecho la lista que te pedí…
—Hice la lista.
—La dejaste en la encimera de la cocina.
Michael cerró los ojos un instante, como si rezara por paciencia.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque la encontré cuando fui a buscar mi bolso. Al lado de las tostadas quemadas que dejaste.
Desde el asiento trasero, Garreth soltó una carcajada, fuerte, de hiena feliz.
—Llevamos menos de media hora y ya parecen un matrimonio de cuarenta años con hipoteca y goteras en su casa.
—Tú cállate —respondieron Eleanor y Michael al unísono.
Garreth levantó ambas manos, encantado.
—Esto promete. Va a ser mejor que la boda.
Alex, apoyado contra el coche de al lado, con los brazos cruzados y el tobillo lesionado todavía rígido, observó la escena mientras Hannah terminaba de revisar que no se hubiera dejado nada en su bolso. El viaje a la ciudad costera donde celebrarían las despedidas de solteros de Eleanor y Michael apenas acababa de comenzar y ya parecía que habían reunido a suficientes adultos para organizar una excursión escolar sin un solo profesor responsable. Un caos de maletas, de niños que no son niños, de risas.
—¿Crees que llegarán a la boda? —preguntó Alex en voz baja.
Hannah cerró la cremallera del bolso, con gesto meticuloso de inspectora.
—¿La boda? Me preocupa que lleguen al final de la calle. Sin divorciarse antes.
Él sonrió.
—Podríamos apostar.
—No. La última vez que apostamos acabaste convencido de que habías ganado porque llegaste primero a una puerta.
—Llegué primero.
—Era la puerta de tu casa.
—Seguía siendo una puerta. Una puerta cuenta como meta oficial en North Harbour.
Hannah lo miró con una expresión de absoluta incredulidad. Alex sostuvo la mirada, muy satisfecho consigo mismo, hasta que ella terminó riéndose, con una risa que le iluminó la cara morena por el sol.
Aquello era lo que más le gustaba de estar con ella ahora: no habían tenido que aprender un idioma nuevo para amarse. Seguían discutiendo por las mismas tonterías, provocándose con la misma facilidad y reconociendo en el otro hasta el gesto más pequeño. El fruncir de nariz de ella. El arquear de ceja de él. La diferencia era que, cuando Hannah sonreía de aquella manera, con hoyuelos, Alex ya no tenía que fingir que no le importaba. La amaba con locura y no lo ocultaba.
Ella le dio un golpecito con el bolso en el pecho, suave.
—Deja de mirarme así y ayuda a Michael.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras tramando algo.
—Estoy tramando algo. Siempre estoy tramando algo contigo.
—Pues tramítalo después de cerrar el maletero.
Alex obedeció, aunque no sin antes inclinarse hacia ella, rozándole la oreja con la barba de tres días.
—Sí, inspectora.
—No abuses de mi paciencia, Mallory.
—Jamás.
Hannah negó con la cabeza. Él se alejó con una sonrisa que no desapareció hasta que llegó junto a Michael.
Eleanor los siguió con la mirada. No dijo nada, pero Elizabeth, que acababa de acercarse con dos botellas de agua, heladas, con gotas resbalando, captó la expresión de su amiga.
—Ni se te ocurra —murmuró Elizabeth.
—No he dicho nada.
—Tu cara acaba de escribir una novela entera. Erótica, además.
Eleanor aceptó una botella.
—Estoy disfrutando del viaje.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
—No descartes nada. Todavía nos quedan dos días. En dos días pueden pasar muchas cosas. Incluso que Alex y Hannah se den un beso en público.
La carretera hacia la costa se extendía entre colinas verdes y tramos de mar que aparecían de pronto al otro lado de las curvas. Verde intenso, salpicado de ovejas, de casas blancas con tejados rojos. A medida que se alejaban de North Harbour, las conversaciones se mezclaban con la música, las indicaciones del navegador y las quejas de quienes consideraban que la selección musical de Garreth constituía una agresión contra el buen gusto. Reguetón viejo a todo volumen.
En otro coche, Joe Brown intentaba convencer a su novia Ashley de que no todos sus compañeros de trabajo eran tan insoportables como los que acababan de adelantarles. Conduciendo con una mano, con la otra buscando la mano de ella.
—No me preocupa que sean insoportables —dijo ella—. Me preocupa que todos parezcan disfrutar siéndolo.
—Es una tradición de la comisaría. Está en el manual. Capítulo 4: cómo ser insoportable y caer bien.
—¿Y se puede renunciar?
—Lo he intentado. No funciona. Me expulsan.
Ashley se rio y apoyó la cabeza en su hombro durante un instante. Joe, que normalmente tenía una respuesta para cualquier situación, se quedó callado lo suficiente para que ella levantara la mirada, sorprendida.
—¿Qué?
—Nada —respondió él—. Estoy pensando que quizá debería llevarte más veces de viaje. Lejos de servidores y de FANTASMA.
—Si cada viaje incluye a Garreth cantando, tendremos que renegociar las condiciones. Y el volumen.
En el coche de delante, Alex conducía mientras Hannah consultaba las indicaciones. El teléfono estaba conectado al sistema de audio, pero la música llevaba varios kilómetros sonando tan baja que apenas se distinguía. Una balada vieja del grupo North Harbour que ninguno de los dos se atrevía a subir.