Fuego y Hielo

Capítulo 19: Parte 2

Al otro lado de la puerta

La recepción del hotel parecía demasiado pequeña para contener a tantas personas convencidas de que tenían algo importante que decir al mismo tiempo. Un vestíbulo de mármol claro, con olor a ambientador caro y a café recién hecho, con una lámpara enorme que colgaba demasiado baja y que Eddie casi tira de un manotazo.

—Eleanor, tenemos las llaves —anunció Michael, apoyando ambas manos en el mostrador, con gesto de negociador de rehenes—. Las habitaciones están asignadas. Las maletas han llegado. Nadie se ha perdido. ¿Podemos considerar terminada la operación?

—Todavía no he comprobado la distribución.

—La has comprobado tres veces. En el coche, en el parking y mientras hacíamos cola.

—Y gracias a eso tú tienes habitación.

Garreth soltó una carcajada mientras Elizabeth negaba con la cabeza, divertida, con una carpeta de boda en la mano que parecía un expediente de homicidio por lo gorda que era.

—Michael, no discutas con ella. Es tu despedida de soltero. Disfruta de la experiencia de descubrir que tu opinión no importa.

—Empiezo a comprender por qué debería haber organizado una boda más pequeña. En Las Vegas. Solo nosotros dos y un Elvis. Como hicisteis vosotros.

—Demasiado tarde —contestó Eleanor, arrebatándole la llave de la mano para comprobar el número—. Habitación doscientos catorce. La misma que te he dicho hace cinco minutos. Y no pierdas la llave, que cuesta cincuenta dólares.

—Un momento. ¿Y nosotros? —preguntó Joe, mirando la tarjeta que acababa de recibir, como si fuera un código binario.

Ashley le señaló el pasillo, con sonrisa maliciosa.

—La doscientos dieciséis. Espero no te pierdas.

—Trabajo con sistemas informáticos complejos.

—Y aun así necesitas que te acompañe hasta un ascensor. Y que te ate los zapatos.

Alex se rió desde detrás de Hannah. Tenía una mano ocupada con el equipaje y la otra ligeramente rígida, una molestia que todavía le recordaba la herida de la palma, rosada, tirante. La rodilla de Hannah tampoco estaba del todo recuperada. Había decidido no dejar que ninguna de las dos cosas les estropeara el viaje, aunque Hannah llevaba toda la mañana observándolo con esa atención discreta que él conocía demasiado bien. Escaneándolo cada dos minutos como un radar.

Ella le lanzó una mirada breve, afilada.

—No cargues también con mi maleta.

—No estaba pensando hacerlo.

—La estás mirando.

—Estoy comprobando si pesa más que la mía. Es análisis de peso. Muy policial.

—Qué alivio. Por un momento he creído que estabas siendo amable.

—No te acostumbres, Hannah. Se me pasa rápido.

Hannah sonrió y le entregó la maleta de todas formas.

Alex la aceptó sin discutir. No necesitaba demostrarle que podía cargar con todo, del mismo modo que ella no necesitaba rechazar su ayuda para demostrar que podía hacerlo sola. La maleta pesaba poco. Y él podía llevarla con la mano sana. Olía a su crema solar y a su champú de vainilla.

Eleanor terminó de repartir las últimas tarjetas. Cuando llegó el turno de Alex y Hannah, les entregó dos llaves, con una sonrisa demasiado inocente, demasiado ensayada.

—Doscientos veintidós y doscientos veinticuatro. Están una al lado de la otra.

—Qué organización tan sorprendente —comentó Hannah, sospechando.

—He hecho lo que he podido.

Eleanor sostenía una expresión de inocencia tan impecable que Alex entrecerró los ojos, como en un interrogatorio.

—¿Por qué tengo la sensación de que deberíamos comprobar las habitaciones antes de darte las gracias?

—Porque eres un hombre desconfiado, Mallory.

—Soy policía.

—Eso he dicho.

Elizabeth se echó a reír. Michael recogió su equipaje y empezó a caminar hacia los ascensores antes de que su futura esposa encontrara una cuarta cosa que organizar.

Nadie reparó demasiado en las llaves contiguas. Alex y Hannah tampoco. Dejaron las maletas en sus respectivas habitaciones y acordaron bajar a la playa en cuanto estuvieran preparados.

La mañana era demasiado bonita para desperdiciarla discutiendo sobre la distribución de un hotel. El sol entraba a chorros por los ventanales, pintando rectángulos dorados en la moqueta.

Alex acababa de ponerse el bañador cuando dejó caer la toalla sobre la cama y comprobó el móvil. Tenía un mensaje de Connor preguntando si en aquella ciudad había barcos grandes. Con una foto de un barco dibujado por él mismo, torcido pero entusiasta. Sonrió y escribió una respuesta breve, prometiéndole que le enseñaría el mar por videollamada. Con un emoji de barco que nunca usaba. Después apoyó la mano herida sobre el borde de la cómoda mientras buscaba las gafas de sol. La palma le tiró lo suficiente para recordarle que todavía debía tener cuidado.

—Perfecto —murmuró—. Una playa entera y yo peleándome con una toalla. Como un jubilado.

Se la echó al hombro, recogió la llave y salió al pequeño pasillo que comunicaba la habitación con el baño. Al mismo tiempo, Hannah abrió la puerta desde el otro lado. Los dos se quedaron inmóviles. En suspenso, como en una película mala.

Ella llevaba el bikini y una camisa ligera abierta sobre él, blanca, transparente con el sol detrás. Tenía el cabello suelto, y la toalla doblada bajo el brazo. Alex tardó un segundo en comprender por qué estaba mirándolo desde el otro extremo del baño. Después miró la puerta. Luego volvió a mirarla a ella. De arriba abajo, sin poder evitarlo.

—Eleanor.

Hannah se llevó una mano a la boca. Fue inútil. La carcajada le salió antes de que pudiera contenerla, fuerte, liberadora, con eco en los azulejos.

—Eleanor —repitió entre risas, apoyándose en el marco.

Alex abrió y cerró la puerta de comunicación, como si esperara descubrir que el hotel hubiera decidido cambiar la arquitectura por capricho durante la noche. Clic-clac. Clic-clac.

—Nos ha puesto un baño compartido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.