Fuego y Hielo

Capítulo 19: Parte 3

Lo que sentimos al volver

El vapor empañaba los cristales del cuarto de baño y suavizaba los contornos de la habitación. Al otro lado de la puerta, el hotel seguía lleno de voces, pasos y conversaciones que parecían no terminar nunca. Eddie había conseguido convertir una mañana de playa en una competición improvisada; Eleanor llevaba horas organizando una celebración que todavía no había empezado oficialmente, y Michael probablemente ya se estaba arrepintiendo de haber permitido que su prometida tuviera tanta libertad con la agenda.

Dentro del jacuzzi, en cambio, el mundo se había reducido al murmullo del agua y a la presencia del otro.

Acababan de hacer el amor. Hannah estaba recostada contra el pecho de Alex, la espalda apoyada en él, las piernas entrelazadas bajo el agua tibia. Todavía un poco tontorrones, con las respiraciones calmándose y las sonrisas flojas de quien acaba de disfrutar del otro sin prisas. Las manos de Alex recorrían despacio su vientre y sus costillas; las de ella acariciaban su antebrazo, subiendo y bajando con una ternura perezosa. Se tocaban sin prisa, cuidándose al mismo tiempo: él evitando la rodilla magullada, ella sin presionar la palma herida.

Alex le rozó el cuello con los labios, un beso lento y sensual que le hizo cerrar los ojos.

—Tengo que reconocerlo —murmuró ella, todavía sonriendo contra su piel—. Eleanor ha superado mis expectativas.

Alex abrió un ojo.

—¿Por organizar una despedida de soltera?

—Por conseguir que dos habitaciones contiguas tengan un baño compartido sin que nadie sepa exactamente cómo ha ocurrido.

—Yo diría que lo sabía perfectamente.

—¿Insinúas que nuestra querida Eleanor ha organizado todo esto deliberadamente?

—Hannah, nos conoce desde que éramos unos críos. Ha visto cómo discutíamos por el último trozo de tarta, cómo nos desafiábamos a carreras y cómo intentábamos demostrar que el otro estaba equivocado incluso cuando no teníamos ni idea de qué estábamos discutiendo. —Alex inclinó la cabeza hacia ella y le besó la sien—. ¿De verdad crees que iba a dejar pasar una oportunidad así?

—Me niego a darle esa satisfacción.

—Eso significa que esta noche tendremos que evitar contarle nada.

Hannah arqueó una ceja, girando un poco el rostro para mirarlo.

—¿Contarle qué?

La sonrisa de Alex se ensanchó. Le pasó la mano por el muslo, acariciándolo bajo el agua.

—Vaya. Parece que mi chica ha decidido adoptar una política de confidencialidad.

—Soy inspectora jefe. La confidencialidad es una parte esencial de mi trabajo.

—Claro. Y yo soy un hombre respetable que jamás ha hecho trampas en una carrera.

—Entonces tenemos dos mentirosos en esta bañera.

Alex soltó una carcajada. Hannah sonrió al verlo reír, y durante unos segundos se quedaron mirándose con esa familiaridad que siempre había existido entre ellos. La diferencia era que ahora ninguno tenía que fingir que aquella mirada no significaba nada.

Hannah bajó los ojos hacia la mano derecha de Alex, que descansaba cerca de la superficie del agua. La palma herida seguía algo rígida. La lesión había mejorado, pero la piel aún tiraba cuando él movía determinados dedos.

Sin decir nada, le tomó la mano.

Alex dejó de sonreír por un instante. No porque el contacto le molestara, sino porque reconoció inmediatamente la delicadeza con la que ella evitaba la zona más sensible.

El pulgar de Hannah recorrió despacio sus nudillos, deteniéndose antes de alcanzar la herida. No intentó examinarla ni preguntó si le dolía. Simplemente sostuvo su mano entre las suyas y continuó acariciándola con movimientos pequeños.

—No tienes que vigilarme cada vez que me muevo —murmuró él, besándole el hombro.

—No estoy vigilándote.

—¿No?

—Estoy ocupando las manos. Es una medida preventiva para evitar que sigas diciendo tonterías.

—Una estrategia bastante agresiva.

—Todavía no has visto la versión agresiva.

Alex la observó un momento más. En otras circunstancias habría aprovechado para hacer una broma sobre su necesidad de control, o habría retirado la mano con cualquier excusa para demostrar que podía arreglárselas solo.

Esta vez no hizo ninguna de las dos cosas. Dejó que lo cuidara. Quizá porque empezaba a comprender que aceptar el cariño de Hannah no significaba renunciar a su independencia. Ella no necesitaba demostrarle que podía protegerlo mejor que él mismo. Solo quería estar allí cuando algo le dolía.

—Gracias —dijo al fin, y le dio un beso lento en los dedos.

Hannah levantó la mirada, ligeramente sorprendida por la ausencia de sarcasmo.

—De nada.

—No te acostumbres. Tengo una reputación que mantener.

—Tu reputación está a salvo. Nadie te ha visto comportarte como una persona razonable.

Alex se llevó la mano de Hannah a los labios y le besó suavemente los dedos otra vez, más sensual.

—Ahora sí que estás abusando de tu autoridad.

—Denúnciame.

—Lo estoy considerando.

Hannah sonrió, pero no soltó su mano de inmediato.

Fue Alex quien, unos segundos después, dirigió la mirada hacia la rodilla de ella. La lesión todavía le recordaba su presencia cuando flexionaba demasiado la pierna o permanecía mucho tiempo en la misma posición. Hannah había aprendido a disimular las molestias con una habilidad que a él le resultaba demasiado familiar.

Alex deslizó la mano libre hasta apoyarla con suavidad sobre su rodilla, sin presionar la zona magullada, acariciándola con el pulgar.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo qué?

—¿Cómo va?

Hannah bajó la mirada hacia sus dedos.

—Mejor.

—Eso no responde a la pregunta.

—Responde exactamente a la pregunta que has hecho.

—Cielo.

—Mi vida.

Él sonrió y comenzó a acariciarle la rodilla con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de sus manos. Hannah dejó escapar el aire lentamente. No era un suspiro de dolor, sino el alivio de no tener que estar pendiente de todo durante unos minutos.




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