Fuego y Hielo

Capítulo 19: Parte 4

«Una tarde entre amigos»

A las siete y media, el hotel había adquirido ese bullicio particular de los lugares donde demasiadas personas intentaban prepararse para salir al mismo tiempo. El zumbido de secadores, puertas que se abren y cierran, risas que rebotan en el pasillo enmoquetado, olor a colonia.

En el pasillo de la segunda planta, una puerta se cerró de golpe, ¡PUM!. Alguien preguntó a gritos si había visto su cartera. Desde una habitación cercana llegó una carcajada seguida de un «¡Eso no estaba en el plan!», que Hannah identificó inmediatamente como una aportación de Garreth a la organización de la velada.

—Me preocupa que todavía no hayamos salido —comentó, mirándose por última vez en el espejo. Un espejo grande, con luz cálida que le hacía brillar los ojos.

Alex, sentado en el borde de la cama mientras se terminaba de abrochar el reloj, con la camisa arremangada, con el antebrazo moreno, levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque Eleanor lleva organizando esta cena desde el desayuno y Garreth acaba de gritar que tiene una idea.

—Ah. En ese caso, deberíamos avisar a los servicios de emergencia. Y a la Guardia Costera.

Hannah se volvió hacia él con una sonrisa, con el vestido rojo que le hacía resaltar la piel.

Alex llevaba una camisa azul oscuro de manga corta y unos pantalones claros. Se había peinado sin demasiado entusiasmo, aunque el pelo castaño seguía rebelándose en algunas direcciones, en ese remolino imposible de la coronilla. La palma de la mano le molestaba al ajustar el reloj, así que terminó la tarea con la otra, disimulando el pequeño gesto de incomodidad, apretando los dientes apenas un milímetro.

Hannah lo advirtió. No dijo nada, pero esperó a que él levantara la vista antes de acercarse, descalza sobre la moqueta, silenciosa como una gata.

—¿Todo bien?

—Sí.

Ella miró su mano, la venda fina que asomaba.

—Alex.

—Me molesta un poco. No es ninguna tragedia. Solo tira un poco.

Hannah asintió, aceptando la respuesta sin convertirla en una discusión.

—Bien. Si necesitas descansar, me lo dices.

—Y tú me dirás lo mismo si te molesta la rodilla.

—Por supuesto.

Él sonrió con una mezcla de ironía y cariño, con esa sonrisa torcida que solo le salía a él.

—Qué tranquilizador.

—Estamos progresando, Mallory. Antes habrías intentado convencerme de que tu mano estaba perfectamente y yo te habría recordado que soy inspectora jefe.

—¿Antes? Todavía eres inspectora jefe.

—Y tú sigues siendo insoportable.

—Hay cosas que no conviene cambiar.

Hannah se acercó y le dio un beso breve, con sabor a pintalabios nuevo. Después recogió el bolso y comprobó que llevaba el teléfono.

—Vamos. Antes de que Eleanor mande a alguien a buscarnos.

Alex se levantó y le ofreció la mano, la mano buena, abierta.

—Después de ti.—Qué caballero.

—Estoy intentando causar una buena impresión.

—Llegas unos treinta años tarde.

—Pero sigo intentándolo.

Salieron al pasillo entre bromas. La puerta de la habitación de Garreth estaba abierta y él apareció en su silla de ruedas justo cuando pasaban, vestido con una camisa estampada que parecía contener más colores de los razonables. Palmeras, tucanes, un flamenco rosa gigante.

—Necesito vuestra opinión.

Hannah se detuvo.

—Eso nunca termina bien.

—He preparado una actividad para después de la cena.

Alex miró la camisa, horrorizado.

—¿La actividad consiste en que todos intentemos averiguar qué te has puesto? ¿O que llamemos a un oftalmólogo?

Elizabeth apareció detrás de Garreth y se apoyó en el marco de la puerta, con cara de "socorro".

—Llevo diez minutos intentando convencerlo de que se cambie.

—Es una camisa perfectamente válida —protestó él.

—Para una cortina, quizá —replicó Alex.

Hannah tuvo que apretarse los labios para no reírse, con los hombros temblando.

Garreth señaló a ambos con un dedo.

—No pienso aceptar críticas de dos personas que probablemente han tardado más en prepararse que yo.

—Yo he tardado lo justo —dijo Hannah.

—Y yo he tenido que esperar a que ella decidiera qué pendientes ponerse —añadió Alex.

Hannah giró la cabeza lentamente hacia él, muy lentamente, como en las pelis de terror.

—¿Quieres repetir eso?

Alex le sostuvo la mirada con una expresión de inocencia extraordinariamente poco convincente, con ojos de cordero degollado.

—He dicho que estabas preciosa.

—No. Has dicho otra cosa.

—Debes de haberlo oído mal. Interferencias en el pasillo.

Elizabeth soltó una fuerte carcajada.

—Por favor, no cambiéis nunca. Sois mucho más entretenidos que la televisión. Y gratis.

—Gracias —dijeron Alex y Hannah al mismo tiempo.

Se miraron. Garreth abrió la boca, encantado con aquella coincidencia, pero Hannah le señaló la camisa.

—Cámbiate.

—¡Traición!

—Y deja de organizar actividades —añadió Alex—. La última vez que dijiste eso terminamos buscando un restaurante que solo existía en tu navegador.

—Existía.

—Era un aparcamiento.

—El aparcamiento estaba junto al restaurante. A veinte minutos andando. En otra ciudad.

Elizabeth agarró la silla de ruedas de Garreth y empezó a arrastrarlo hacia el interior.

—Vamos. Antes de que consiga demostrar que el hotel es una conspiración contra él.

La puerta se cerró y las risas se apagaron al otro lado.

Alex y Hannah continuaron hacia el ascensor, con pasos lentos, rozándose.

—¿Crees que se cambiará? —preguntó ella.

—No.

—Yo tampoco.

Las puertas se abrieron, con un ding metálico. Alex le cedió el paso y entró detrás de ella.

Durante unos segundos, mientras el ascensor descendía, permanecieron en silencio. Con la luz fría del fluorescente, con el espejo del ascensor reflejándolos juntos. Hannah apoyó el hombro contra el suyo. Alex le rozó discretamente los dedos con los propios, un contacto pequeño que no necesitaba convertirse en nada más, pero que le erizó la piel.




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