Fuego y Hielo

Capítulo 19: Parte 8

«Lo que nadie dice»

La música no había cambiado cuando Alex y Hannah regresaron al salón, pero a ella le pareció que todo sonaba ligeramente distinto.

Quizá fuera porque, durante unos segundos, había olvidado que no estaban solos. O quizá porque ahora sabía que Monty conocía una parte de su vida que ella todavía no había decidido compartir con nadie más de la comisaría.

Lo cierto era que la celebración seguía exactamente donde la habían dejado.

Garreth estaba contando una anécdota sobre una noche en North Harbour que, a juzgar por sus gestos, había empeorado con cada nueva versión. Eleanor lo escuchaba con una mezcla de incredulidad y preocupación, como si estuviera calculando cuántas personas necesitaría para impedir que repitiera aquella experiencia durante la despedida. Michael, sentado a su lado, parecía disfrutar mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Eso no ocurrió así —protestó Elizabeth.

—¿Estás diciendo que miento?

—Estoy diciendo que tienes una relación muy flexible con la realidad.

—Es una habilidad social.

—Es un problema de memoria.

Las carcajadas de la mesa acogieron la réplica. Joe, con Ashley a su lado, se reía tanto que tuvo que apartar su copa antes de derramarla.

Hannah se sentó junto a Elizabeth y se incorporó a la conversación cuando ésta le preguntó si recordaba aquella noche. Alex, por su parte, se quedó cerca de Michael, que retomó la historia desde el principio con una serie de detalles que Garreth no había considerado oportuno mencionar.

—¿Vas a contarla otra vez? —preguntó Alex.

—Estoy corrigiendo las inexactitudes.

—Llevas tres versiones.

—Porque nadie me deja terminar la primera.

—La primera tampoco era cierta.

Michael le dedicó una mirada ofendida.

—Me alegra comprobar que tu capacidad para resultar desagradable sigue intacta.

—Me esfuerzo por mantenerla.

Hannah oyó la respuesta desde el otro lado de la mesa y sonrió sin volverse. Alex reconoció aquella sonrisa. Siempre había sabido cuándo se estaba riendo de él, incluso cuando fingía prestar atención a otra persona.

Durante un instante, la familiaridad de aquel gesto le permitió olvidar el pasillo, la sorpresa y la expresión de Monty al encontrarlos.

Solo durante un instante. Después recordó que su compañero había visto el beso.

No sabía si Monty pensaba contárselo a alguien. Tampoco sabía si consideraba que había presenciado algo que debía permanecer en privado o si, sencillamente, no le concedía importancia. Su reacción no había ofrecido ninguna respuesta.

Alex no iba a inventarse una para llenar el silencio. Hannah tampoco.

La conversación se dispersó hacia los planes del día siguiente. Eleanor sacó el teléfono para comprobar una reserva y Michael intentó convencerla de que podían descubrir el horario de la actividad cuando llegaran.

—No vamos a presentarnos en un sitio sin saber si está abierto —replicó ella.

—Podríamos probar algo revolucionario. Preguntar al llegar.

—¿Y si está cerrado?

—Entonces habremos descubierto que está cerrado.

Eleanor lo miró fijamente.

—No sé cómo has conseguido llegar a adulto.

—Con una excelente red de apoyo.

Garreth levantó su copa.

—Y con una capacidad extraordinaria para sobrevivir a Eleanor.

—Tú no sobrevives a mí —le recordó ella—. Tú me necesitas.

Michael inclinó la cabeza hacia Alex.

—¿Ves lo que me espera?

—Lo veo desde que éramos niños.

—Y nunca has tenido la decencia de advertirme.

—Te advertí. No escuchaste.

La mesa volvió a llenarse de risas. Eleanor le lanzó a Alex una servilleta, que él esquivó con una facilidad sospechosa.

—Sigues siendo un crío —le dijo ella.

—Y tú sigues teniendo una puntería lamentable.

—Puedo mejorarla.

—No lo dudo. Practica con Garreth.

—¿Por qué conmigo? —protestó él.

—Porque eres el objetivo más grande —respondió Elizabeth.

Hannah se echó a reír. Alex volvió la cabeza hacia ella antes de poder evitarlo y, cuando sus miradas coincidieron, la sonrisa de ambos duró apenas un segundo más de lo que habría durado en cualquier otra conversación. No hicieron nada para prolongarla. Tampoco para borrarla.

Aquello era lo que habían aprendido desde que habían decidido estar juntos: podían reservarse sus gestos más íntimos sin renunciar a la naturalidad que siempre los había unido. No necesitaban tocarse debajo de la mesa ni buscarse continuamente para saber que seguían allí.

Y no iban a transformar la noche en una vigilancia mutua solo porque Monty hubiera aparecido en el momento menos oportuno.

Hannah encontró a Alex unos minutos después, cerca de la barandilla de la terraza, mientras los demás discutían si el día siguiente debía comenzar con un desayuno temprano o con una negociación colectiva para retrasarlo.

La brisa marina había refrescado el aire. Al fondo, las luces del puerto comenzaban a reflejarse sobre el agua oscura.

—Estás poniendo esa cara —comentó ella.

Alex se volvió hacia Hannah.

—¿Qué cara?

—La de alguien que está a punto de redactar un informe sobre una situación que no puede controlar.

—No sabía que tuviera una cara específica para eso.

—Tienes varias. Esta es la más insoportable.

Él sonrió, pero la sonrisa no terminó de llegarle a los ojos.

Hannah se apoyó junto a él. Mantuvo una postura cómoda, aunque la rodilla todavía le recordaba que no se había recuperado por completo de la última operación. Alex lo advirtió y se desplazó ligeramente para dejarle más espacio, sin preguntarle si necesitaba sentarse ni convertir el gesto en una cuestión. Ella lo agradeció con una mirada breve. Después permanecieron en silencio hasta que Hannah decidió formular la pregunta que llevaba un rato evitando.

—¿Crees que va a decir algo?

Alex no fingió que necesitaba preguntar a quién se refería. Miró hacia el puerto antes de responder.




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