Fuego y Hielo

Capítulo 19: Parte 9

«La sorpresa eres tú»

La propuesta de Eleanor llegó cuando Michael empezaba a creer, ingenuamente, que la cena había sido la última decisión organizativa de la noche.

—Muy bien, señores y señoras —anunció ella, dejando la servilleta junto al plato—. Ahora nos separamos. Las chicas por un lado y los chicos por otro.

Michael la miró con una mezcla de resignación y curiosidad.

—¿Eso estaba incluido en el programa oficial?

—Por supuesto.

—¿Y existe algún programa no oficial que pueda consultar antes de que me vea arrastrado a él?

Eleanor le dio un beso rápido en la mejilla.

—Confía en mí.

—Ese es precisamente el origen de mis problemas.

La carcajada de Garreth se oyó por encima de las conversaciones de las mesas cercanas. Elizabeth negó con la cabeza, divertida, mientras Joe guardaba definitivamente el teléfono del trabajo en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Quiero dejar constancia —dijo Garreth, levantándose— de que, si esta noche termina con una competición, yo no tengo ninguna responsabilidad.

—Todavía no hemos salido del hotel y ya estás intentando ganar algo —observó Michael.

—No es culpa mía que la competición me encuentre.

—La competición suele huir de ti —replicó Elizabeth.

Las chicas se marcharon primero, entre bromas y comentarios sobre el lugar al que Eleanor pretendía llevarlas. Los hombres esperaron unos minutos antes de seguir su propio camino. No había ninguna razón especial para separarse, salvo disfrutar de la noche con sus amigos.

Alex y Hannah intercambiaron una mirada antes de alejarse. Ella arqueó una ceja, con esa expresión que él conocía desde que ambos eran demasiado pequeños para entender por qué les resultaba tan fácil desafiarse.

—Intenta no meterte en problemas, Mallory.

—Haré lo posible por no decepcionarte.

—No te esfuerces demasiado. Podría preocuparme.

Alex sonrió.

—Eso sí que sería una tragedia.

Hannah se alejó con Eleanor y Elizabeth sin volver la cabeza. No necesitaba hacerlo para saber que él seguía sonriendo. Y Alex, mientras Garreth comenzaba a explicar las reglas de un juego que todavía nadie había aceptado jugar, descubrió que tenía una sonrisa bastante parecida.

El local elegido por Eleanor tenía música, luces cálidas y una terraza desde la que se distinguían las fachadas iluminadas del paseo marítimo. Las conversaciones se mezclaban con las canciones y el tintineo de los vasos. Durante un rato, Hannah se olvidó de la hora y del trabajo. Eleanor estaba empeñada en convencerlas de que la boda no sería tan complicada como parecía.

—Solo quedan algunos detalles —aseguró.

Elizabeth se inclinó hacia ella.

—La última vez que dijiste eso, aparecieron tres listas nuevas.

—Porque surgieron cuestiones importantes.

—Una de ellas era elegir el color de las tarjetas para las mesas.

—Es importante que combinen con las flores.

Hannah soltó una carcajada y Eleanor le señaló con el dedo.

—No te rías. Cuando te toque organizar algo, vendrás a pedirme consejo.

—Claro. Para saber exactamente qué no debo hacer.

—¡Hannah!

Las tres terminaron riéndose. Hannah disfrutaba de aquella conversación, de la libertad de no tener que analizar cada detalle de una situación ni anticipar la siguiente complicación. Por una vez, sus únicas responsabilidades consistían en escuchar a sus amigas y decidir si quería otra bebida.

El móvil vibró cuando Eleanor se levantó para saludar a unas conocidas.

Alex: Estoy empezando a sospechar que Garreth ha organizado una competición sin mi consentimiento.

Hannah: ¿Y eso es legal?

Alex: En North Harbour, probablemente no.

Hannah: Entonces deténlo, subinspector.

Alex: Estoy fuera de servicio.

Hannah: Qué conveniente.

Alex: Además, creo que acaba de nombrarse juez, participante y premio.

Hannah tuvo que taparse la boca para contener la risa. Elizabeth la observó por encima de su vaso.

—¿Es Alex?

—No.

—Por supuesto que no.

—Estoy hablando con alguien.

—Eso ya lo veo. Lo que no entiendo es por qué sonríes como si acabaras de ganar una apuesta.

Hannah bloqueó la pantalla.

—Porque quizá la haya ganado.

Elizabeth no insistió. Conocía suficientemente bien a su amiga para distinguir cuándo una pregunta sería bienvenida y cuándo solo conseguiría una respuesta sarcástica.

Hannah guardó el teléfono y volvió a la conversación. No necesitaba mantenerse conectada a Alex cada segundo. Le bastaba saber que podía escribirle cuando le apeteciera y que él respondería cuando tuviera ocasión.

Aquella tranquilidad también era nueva. No porque antes no hubieran confiado el uno en el otro, sino porque ahora podían vivirla sin las distancias que habían levantado entre ambos.

Al otro lado de la ciudad, Garreth había conseguido que Michael y Joe participaran en una competición improvisada de preguntas absurdas. Alex llevaba diez minutos defendiendo que la respuesta correcta a una de ellas dependía de cómo estuviera formulada.

—Eso es hacer trampas —protestó Garreth.

—Eso es leer la pregunta completa.

—No estamos en la comisaría.

—Por suerte para ti.

Joe se rió y levantó las manos.

—Yo me niego a arbitrar. He pasado demasiadas horas de mi vida comprobando datos para acabar haciendo esto con una bebida delante.

—Cobarde —dijo Garreth.

—Sensato —corrigió Michael.

Alex estaba disfrutando de la noche. Le gustaba ver a Joe relajado, sin la pantalla de un ordenador delante, y Michael parecía haber aceptado que la despedida de soltero de su propia boda incluía una cantidad considerable de decisiones sobre las que no tenía control.

Sin embargo, cuando el móvil vibró, Alex lo sacó del bolsillo con una rapidez que no pasó inadvertida.

Michael lo miró.

—¿La hora otra vez?

—Es una hora distinta a la anterior. Conviene comprobarlo.




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