«Cinco minutos más»
La mañana se coló en la habitación de Hannah con una paciencia que ninguno de los dos parecía dispuesto a imitar.
Una franja de luz se filtraba entre las cortinas y dibujaba una línea dorada sobre las sábanas revueltas. Fuera, la ciudad empezaba a despertar: se oía el murmullo lejano del tráfico, alguna voz procedente de la calle y el graznido de una gaviota que debía de haber confundido el hotel con un buen lugar para desayunar.
Alex abrió los ojos despacio.
Durante unos segundos no se movió. Tenía el brazo alrededor de Hannah y la cabeza hundida en la almohada. Ella dormía prácticamente encima de él, desnuda, con una mejilla apoyada sobre su pecho, el cabello oscuro desparramado sobre ambos y una pierna cruzada sobre las suyas. Su piel desnuda rozaba la de él en todas partes: el pecho, el vientre, el muslo. La mano de Hannah descansaba cerca de su hombro, mientras él mantenía el brazo en una posición que no forzaba la palma lesionada.
No era, desde luego, la postura más cómoda para dormir.
Tampoco parecía que ninguno de los dos hubiera considerado necesario corregirla.
Alex bajó la mirada hacia ella y sonrió. Sentía cada curva de su cuerpo pegada a la suya: la suavidad de sus pechos contra su pecho, la curva de su cadera bajo su mano, el calor de su piel desnuda. No había nada entre ellos. Solo piel contra piel, la respiración lenta de ella y el latido tranquilo de su propio corazón.
Hannah tenía el rostro relajado, sin la expresión atenta que solía acompañarla durante el trabajo ni aquella pequeña arruga entre las cejas que aparecía cuando algo no encajaba en una investigación. Dormida, parecía más joven. O quizá, pensó él, simplemente parecía alguien que no tenía que estar pendiente de todo durante unas horas.
Le apartó con cuidado un mechón de la frente. Los dedos le rozaron la sien y después bajaron por la curva de su hombro, sintiendo la piel cálida y suave.
Hannah se removió, frunció la nariz y se acercó un poco más, como si aquel movimiento hubiese sido una invitación a reclamar el calor que acababa de perder. Su cuerpo se deslizó sobre el de él, desnudo, y Alex contuvo una risa al sentir cómo se acomodaba contra él, piel con piel, sin ninguna vergüenza ni prisa.
—Buenos días para ti también, Jones —murmuró.
Ella no respondió. En cambio, le apretó ligeramente el brazo y volvió a quedarse quieta, su respiración cálida contra su pecho.
Alex apoyó la cabeza contra la almohada.
Podría haberse quedado así mucho tiempo. Sintiendo cada parte de ella: el peso de su pierna sobre la suya, el roce de su vientre, la suavidad de su espalda bajo su mano sana. La naturalidad de despertar desnudos, sin ropa de por medio, sin necesidad de esconderse ni de vestirse a medias, le pareció tan sencilla que tardó un instante en comprender cuánto le gustaba. No había nada que resolver, nadie a quien convencer ni una decisión urgente esperando al otro lado de la puerta. Por una vez, el día podía empezar sin que él tuviera que salir corriendo a ninguna parte.
Entonces Hannah abrió los ojos.
Parpadeó un par de veces, desorientada, y levantó ligeramente la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Alex, que seguía mirándola con una sonrisa descaradamente satisfecha. Ella se dio cuenta de inmediato de cómo estaban: desnudos, piel contra piel, su cuerpo enredado con el de él como si hubieran dormido así toda la vida.
Tardó menos de un segundo en entenderlo.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—Lo suficiente.
—Eso no es una medida de tiempo.
—Es la que tengo disponible antes del café.
Hannah entornó los ojos, todavía adormilada. Su mano se deslizó por el pecho de él, sintiendo la piel caliente, las costillas, el latido bajo los dedos.
—¿Y qué haces mirándome así?
—Estoy intentando averiguar si sigo dormido.
Ella miró alrededor, hacia las cortinas, las sábanas y la ropa abandonada cerca de la cama. Después volvió a él, y su expresión se suavizó al sentir de nuevo la piel de Alex contra la suya.
—Si esto es un sueño, espero que tengas la decencia de no despertarlo.
—Estaba pensando exactamente lo mismo.
Alex le apartó otro mechón de la cara y le besó la frente. Luego, despacio, buscó sus labios.
El beso fue lento, sin ninguna prisa. Labios suaves, abiertos apenas, explorando el uno al otro como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Hannah se acercó más, su pecho desnudo rozando el de él, y Alex respondió rodeándola con el brazo, sintiendo la curva de su espalda, el calor de su piel. Se besaron porque estaban juntos, porque les apetecía y porque todavía les sorprendía gratamente poder hacerlo desnudos, piel con piel, sin tener que inventar una excusa para quedarse un poco más.
Cuando se separaron, Hannah continuó mirándolo. Sus dedos recorrían distraídos el pecho de Alex, bajando hasta el vientre, sintiendo cada línea, cada marca, cada centímetro de piel.
—Tenemos un problema.
Alex alzó una ceja.
—¿Ya? Ni siquiera hemos desayunado.
—Tu cabeza ocupa demasiado espacio en la almohada.
—Mi cabeza es perfectamente proporcionada.
—Y tu ego necesita otra almohada.
—Eso no es un problema. Es una cuestión de mobiliario.
Hannah soltó una carcajada y volvió a apoyar la mejilla sobre su pecho, sintiendo el calor de su piel desnuda contra la suya.
Alex aprovechó para estrecharla un poco más, con cuidado de no apoyar peso sobre la mano que aún le molestaba. Su mano sana se deslizó por la curva de su cadera, subiendo despacio por su costado, sintiendo cada contorno.
—Podría acostumbrarme a esto —dijo.
—¿A que critique tu anatomía antes del desayuno?
—A despertarme contigo. Así. Desnudos. Sintiendo cada parte de ti.
La respuesta le salió sin preparar, sin la intención de provocar una reacción. Quizá por eso Hannah dejó de reírse durante un instante.