«Las cosas que se aprenden»
La tarde había empezado con una discusión sobre las reglas de un juego que Dylan insistía en haber inventado, aunque Claire sostenía que se las estaba sacando de la manga para ganar. Chloe, sentada en el borde de un banco del parque, intentaba mediar entre ambos sin demasiado éxito.
Connor los observaba con el ceño fruncido, concentrado en averiguar quién tenía razón.
—No puedes cambiar las reglas cuando vas perdiendo —dictaminó finalmente.
Dylan abrió los brazos, indignado.
—¡No las estoy cambiando! Estoy añadiendo una excepción.
—Eso es cambiarlas.
—Es una excepción.
—Pues es una excepción muy tramposa.
Claire soltó una carcajada. Chloe aprovechó la distracción para recuperar la pelota que había quedado debajo del banco y se la lanzó a Connor.
—Toma, capitán de las reglas. Decide tú qué hacemos ahora.
Connor atrapó la pelota contra el pecho, satisfecho con aquella responsabilidad, aunque todavía parecía dispuesto a continuar el juicio.
—Primero tenemos que decidir si Dylan puede volver a jugar.
—¡Pero si no he hecho nada!
—Precisamente. Eso es lo que estamos investigando.
Los cuatro terminaron riéndose. Incluso Dylan, que seguía defendiendo su inocencia, acabó aceptando que la partida quedara suspendida hasta que alguien inventara unas reglas que no cambiaran cada dos minutos.
Fue entonces cuando Chloe mencionó que el viernes habían empezado un tema nuevo en Ciencias Naturales.
—¿Os acordáis de lo que explicó la profesora sobre los bebés?
Connor levantó la cabeza inmediatamente.
—¡Sí!
La respuesta salió con tanta rapidez que los demás se volvieron hacia él.
—¿Qué pasa? —preguntó Claire, divertida.
Connor dejó la pelota a un lado y se incorporó en el banco. Tenía aquella expresión seria que adoptaba cuando algo le parecía importante y estaba dispuesto a explicárselo al mundo entero.
—Que los bebés tardan unos nueve meses en nacer.
Dylan parpadeó.
—¿Nueve meses enteros?
—Sí.
—¿Sin salir ni un momento?
Connor lo miró, desconcertado.
—¡Dylan! Si saliera, ya habría nacido.
—Bueno, yo qué sé. A lo mejor tiene que salir a estirar las piernas.
Chloe se echó a reír. Connor también terminó sonriendo, aunque se esforzó por mantener la seriedad.
—No funciona así. La profesora dijo que el bebé crece dentro del útero de su madre. Poco a poco, hasta que está preparado para nacer.
Dylan se quedó pensativo.
—Pues vaya espera.
—Es como pedir una pizza y que tarde nueve meses —añadió Connor—. Cuando llegara, ya ni te acordarías de haberla pedido.
Claire negó con la cabeza, divertida.
—No creo que sea exactamente lo mismo.
—Ya lo sé. La pizza no tiene que crecer.
Connor lo dijo con tanta naturalidad que Chloe tuvo que taparse la boca para no reírse otra vez.
A él le sorprendía que sus amigos encontraran tan graciosas algunas cosas que eran evidentes. Si una pizza no necesitaba crecer, ¿por qué iban a tardar lo mismo?
—Pero ¿cómo empieza? —preguntó Chloe después de recuperar la compostura—. Quiero decir, ¿cómo llega el bebé ahí?
Connor se rascó la frente.
—La profesora explicó que intervienen un óvulo y un espermatozoide. Cuando se unen, empieza a desarrollarse el bebé. Creo que lo dijo así, aunque había más cosas.
—¿Y te acuerdas de todo eso? —preguntó Claire.
—Pues claro.
—Yo me acuerdo de que había un dibujo enorme —admitió Dylan—. Y de que alguien preguntó si los bebés podían dar patadas.
—También lo explicó —dijo Connor—. Pero hay que escuchar toda la clase, no solo la parte que te parece más interesante.
Claire soltó una carcajada.
—¡Connor, estabas escuchando muchísimo!
—¡Era Ciencias Naturales!
La indignación con la que lo defendió hizo reír a los tres. Connor acabó contagiándose de las risas, aunque enseguida volvió a su explicación, decidido a que no se perdiera el hilo de una conversación que consideraba bastante más interesante que las reglas del juego.
—Además, el bebé no aparece de repente. Tiene que crecer.
—¿Y no se aburre? —preguntó Dylan.
Connor abrió mucho los ojos.
—¿Cómo va a aburrirse si todavía es un bebé?
—Podría estar cansado de estar siempre en el mismo sitio.
—Pues dormirá —propuso Chloe.
Claire intervino, convencida de haber encontrado la respuesta definitiva.
—O estará ocupado creciendo. No puedes hacer muchas cosas si todavía estás aprendiendo a ser una persona.
Connor consideró aquella posibilidad. Miró un momento hacia los árboles del parque, como si pudiera imaginarse a un bebé diminuto, calentito y ocupado en una tarea que nadie más podía ver.
—Yo creo que tiene que estar muy calentito ahí dentro —dijo finalmente.
—Seguro —respondió Chloe.
—Y puede escuchar algunas cosas —añadió Connor—. La profesora dijo que oye sonidos durante el embarazo. No sé si entiende lo que dicen, pero puede escuchar voces.
Claire ladeó la cabeza.
—Entonces, si le hablas mucho, ¿te reconoce cuando nace?
Connor se encogió de hombros.
—A lo mejor reconoce tu voz.
Se quedó callado un instante, pensativo. Después frunció el ceño con una indignación nueva, dirigida esta vez contra algo mucho más difícil de solucionar que las reglas de Dylan.
—Aunque eso es una faena.
—¿El qué? —preguntó Chloe.
—Que hay un montón de cosas que me han pasado cuando era pequeño y no me acuerdo.
Dylan lo miró.
—Yo tampoco me acuerdo de cuando era un bebé.
—Ya, pero imagínate. Estás ahí, haciendo cosas, y luego no te acuerdas de nada. ¡Ni siquiera puedes contarlo!
—Supongo que por eso existen las fotos —dijo Claire.
Connor pareció aceptar la explicación.
—Bueno, menos mal que existen.
Dylan recogió la pelota y la hizo girar entre las manos.