Fuego y Hielo

Capítulo 19: Parte 12

«Los expertos de North Harbour»

La tarde había empezado con una competición para decidir quién era capaz de construir la torre más alta con las piezas que Chloe había llevado al parque. A esas alturas, la torre de Dylan se había derrumbado dos veces, Claire sostenía que las reglas estaban mal explicadas y Connor defendía que el problema no era la construcción, sino que alguien había colocado una pieza torcida.

—No estaba torcida —protestó Dylan, recogiendo los bloques del suelo—. La has empujado tú.

—Porque se iba a caer.

—¡Pues se habría caído si no la empujabas!

Connor abrió la boca, dispuesto a rebatir semejante injusticia, pero Chloe se adelantó para recoger una pieza roja que había terminado debajo del banco.

—Podéis seguir discutiendo o podemos construir otra. Yo preferiría terminar algo antes de que se haga de noche.

Claire asintió con solemnidad.

—Estoy de acuerdo. Además, si seguimos así, no vamos a descubrir quién gana.

—Yo —dijo Connor.

—¡Todavía no hemos terminado!

—Pero mi torre no se ha caído.

Dylan lo señaló con un bloque.

—Porque todavía no has construido ninguna.

Connor iba a responder cuando Claire, que se había sentado en el césped para ordenar las piezas por colores, levantó la cabeza.

—Oye, Connor, ¿te acuerdas de lo que nos contaste de los bebés?

El cambio de tema fue tan inesperado que Dylan se quedó con la boca abierta.

—¿Qué tienen que ver los bebés con las torres?

—Nada —contestó Claire—. Me he acordado de lo que dijiste de la clase del viernes.

Connor abandonó inmediatamente su defensa arquitectónica y se sentó junto a ella.

—¡Claro que me acuerdo! Lo explicó la profesora de Ciencias Naturales.

—¿Te acuerdas de todo? —preguntó Chloe.

Connor reflexionó unos segundos, mirando las piezas que tenía entre las manos.

—De casi todo.

—¿Qué es casi todo?

—Pues todo lo que recuerdo.

Dylan soltó una carcajada. Connor lo miró, desconcertado.

—¿Qué?

—Nada. Que tienes razón.

—Ya lo sé.

Chloe sonrió mientras se acomodaba en el césped. La torre había dejado de importarles por completo. Durante los siguientes minutos, las piezas de colores se convirtieron en un calendario improvisado y los cuatro intentaron recordar cuánto duraba un embarazo.

—Nueve meses —dijo Connor, levantando nueve dedos después de comprobar que tenía suficientes—. Más o menos.

—¿Más o menos cuánto? —preguntó Dylan.

—¡Pues más o menos nueve meses!

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es que tu pregunta no tiene mucho sentido.

Claire intervino antes de que la discusión empezara a parecerse demasiado a la anterior.

—¿Todos los bebés tardan lo mismo en nacer?

Connor frunció el ceño. Recordaba la palabra aproximadamente, aunque no estaba seguro de cómo explicarla sin que sus amigos se pusieran a discutir.

—La profesora dijo que no exactamente. Que unos nacen un poco antes y otros después.

—¿Y por qué?

Los cuatro se quedaron callados.

Connor miró las piezas, como si alguna pudiera contener la respuesta. Después se encogió de hombros.

—A lo mejor algunos tienen más prisa.

Dylan levantó las cejas.

—¿Prisa por salir?

—¡No sé! A lo mejor están ahí dentro y dicen: «Ya me he cansado de esperar».

Claire se tapó la boca para no reírse.

—¿Y cómo lo dicen si todavía no saben hablar?

Connor abrió los ojos, sorprendido por aquella dificultad que no había considerado.

—Pues… ¡no lo dicen en voz alta!

—Entonces, ¿cómo lo saben sus padres?

—¡Claire, no sé todas las cosas!

La protesta salió tan sincera que los otros tres se echaron a reír. Connor acabó riéndose también, aunque se apresuró a aclarar que la profesora no les había pedido que se convirtieran en médicos.

—Solo tenemos que aprender lo que nos explica —concluyó—. Y escuchar cuando habla.

Dylan bajó la mirada hacia el montón de bloques.

—Yo escuché.

—¿De verdad? —preguntó Chloe.

—Bueno, al principio.

—¿Y después?

—Después estaba pensando en el partido del sábado.

Connor negó con la cabeza, decepcionado.

—Así no se puede aprender Ciencias Naturales.

—Pues tú tampoco te acuerdas de todo.

—¡Ya hemos hablado de eso!

Claire volvió a tomar el hilo de la conversación.

—Hay otra cosa que no entiendo. ¿Cómo sabe un bebé cuándo tiene que nacer?

Connor se volvió hacia ella con expresión de absoluta incredulidad.

—No lo sabe. ¡Es un bebé!

—Pero alguien tendrá que avisarlo.

—¿Quién? ¿La madre? ¿El médico?

—¿Y cómo se lo dicen?

Connor se llevó ambas manos a la cabeza.

—¡No pueden mandarle una carta! ¡Ni llamarlo por teléfono! ¡Todavía no tiene teléfono!

Dylan se rió tanto que tuvo que apoyarse en el banco. Claire intentó defender su pregunta, aunque ya tampoco podía mantener la seriedad.

—¡Solo quería saberlo!

—Pues yo solo te estoy explicando que los bebés no pueden leer el calendario —replicó Connor.

Chloe, que había estado escuchando con atención, cambió de rumbo.

—Pero sí pueden oír algunas cosas antes de nacer, ¿verdad? Creo que eso también lo dijo la profesora.

Connor asintió, agradecido por encontrar una pregunta de la que recordaba algo.

—Sí. Pueden escuchar sonidos. No sé si todo, pero algunas cosas.

—¿Y si les cuentas un cuento?

—A lo mejor lo oyen.

—¿Y si es muy largo?

Connor se quedó mirándola.

—Pues tendrán que escuchar mucho rato.

—¿Y si se aburren?

—¡Chloe, son bebés! ¡Todavía no saben si un cuento es aburrido!

La respuesta provocó otra ronda de risas. Después, como ocurría siempre que los cuatro se juntaban, la conversación empezó a ramificarse. Hablaron de los bebés que lloraban, de cuánto dormían y de si podían reconocer las voces de sus padres. Ninguno tenía respuestas para todo, pero eso no les impedía proponer teorías con una seguridad extraordinaria.




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