Las luces se apagan antes de que la última nota termine de morir, y durante un segundo entero me quedo de pie en medio del escenario sin saber qué se supone que tengo que sentir.
Debería ser esto. Este momento. Tres mil personas gritando mi nombre como si les perteneciera, el sudor bajándome por la espalda, el bajo de Rulo todavía vibrando en el piso bajo mis pies. Debería ser suficiente. Lo fue, hace un tiempo, aunque ahora mismo no logro recordar exactamente cuándo dejó de serlo.
—¡Logan! —grita alguien entre bambalinas, y no hace falta que me gire para saber que es Tomás, nuestro técnico de sonido, que lleva quince años en esto y que probablemente sea la única persona del backstage que me habla sin esperar nada de mí a cambio—. Buen show, campeón.
—Gracias, Tommy.
Bajo del escenario con el cuerpo entero zumbando, esa mezcla rara de adrenalina y vacío que ya conozco de memoria. Alguien me pone una toalla sobre los hombros. Alguien más me pone una botella de agua en la mano. Nadie me pregunta cómo estoy, porque en este mundo esa no es una pregunta que se haga en serio.
Encuentro a Bruno recostado contra la pared del pasillo, todavía con la guitarra colgada, riéndose de algo con Marcos, el baterista. Bruno es mi mejor amigo desde los doce años, desde mucho antes de que existiera una banda, un contrato o un padre convertido en jefe. Cuando lo veo reírse así, tan suelto, tan él, por un segundo el peso en el pecho se aligera un poco.
—Estuviste flojo en el segundo estribillo de *Vidrio* —me dice, sin mirarme, en cuanto llego a su lado.
—Estuve perfecto.
—Estuviste flojo. Como si estuvieras pensando en otra cosa.
No contesto, porque tiene razón y porque no quiero darle el gusto de decírselo. Bruno es la única persona capaz de notar cuándo mi cabeza se va a otro lado en mitad de una canción que llevo cantando hace dos años. El resto del mundo solo ve al vocalista. Bruno todavía ve al chico que se subía al techo de su casa a fumarse un cigarrillo robado y a hablar de todo lo que iba a hacer con su vida, antes de que su vida empezara a hacerse sin preguntarle.
El celular me vibra en el bolsillo trasero. No necesito mirarlo para saber quién es. Solo hay una persona que escribe exactamente cuarenta minutos después de que termina un show, ni un minuto antes ni un minuto después, como si llevara un cronómetro.
**Papá:** *Buen show. La prensa está esperando fotos con Elena a la salida. No la embarres esta vez, por favor. Sonríe.*
No la embarres esta vez. Como si sonreír para una cámara junto a una chica que no siente nada por mí fuera un examen que puedo aprobar o reprobar. Como si el amor —o lo que sea que se supone que estoy fingiendo— fuera una cláusula más en un contrato de management.
Guardo el celular sin responder.
—¿Tu papá? —pregunta Bruno, aunque no hace falta que pregunte. Ya sabe la respuesta con solo mirarme la cara.
—¿Quién más?
Bruno no dice nada más. Se limita a darme una palmada en el hombro, esa clase de gesto que en cualquier otra vida significaría *aquí estoy, cuenta conmigo*, y que en la mía a veces me pregunto si sigue significando lo mismo o si ya se convirtió en un hábito, en un gesto que hacemos porque siempre lo hemos hecho, no porque siga siendo verdad.
Últimamente pienso demasiado en eso. En qué cosas de mi vida siguen siendo verdad y cuáles son solo la costumbre de fingir que lo son.
---
La salida trasera del lugar está iluminada como si fuera de día, un pasillo de flashes y gente gritando mi nombre y el de Elena entre las vallas, y ahí está ella, esperándome exactamente donde se supone que tiene que esperarme, con un vestido que seguramente eligió el equipo de estilismo y una sonrisa que practicó frente al espejo, igual que yo practico la mía.
—Hola —le digo, y le paso un brazo por la cintura porque eso es lo que toca.
—Hola —contesta, y apoya la cabeza en mi hombro porque eso es lo que toca también.
Los flashes se disparan como fuegos artificiales silenciosos. En algún lugar de internet, dentro de veinte minutos, habrá cientos de fotos nuestras con títulos como *pareja del año* o *el amor más real del pop*, y la ironía de esa frase es tan grande que a veces, en las noches malas, me dan ganas de reírme hasta que me duela.
Elena y yo no nos odiamos. Eso hay que aclararlo. Al principio incluso pensé que podríamos ser amigos de verdad, dos personas atrapadas en el mismo engranaje ayudándose a sobrevivirlo. Pero hay algo en su manera de mirar el celular cuando cree que no la veo, algo en cómo se le ilumina la cara con mensajes que no son míos, que últimamente me hace sentir que ni siquiera estoy actuando frente a la persona correcta.
—¿Todo bien? —le pregunto en voz baja, mientras posamos para la enésima foto.
—Todo bien —dice ella, sin mirarme a los ojos.
Ninguno de los dos está diciendo la verdad, y los dos lo sabemos, y ese es exactamente el tipo de mentira compartida en la que llevamos viviendo los últimos cuatro meses.
---
La fiesta después del show es en la casa que la discográfica alquiló para la gira, una mansión con piscina que ninguno de nosotros pidió y que todos usamos igual, porque a los veinte años uno no le hace el feo a una piscina gratis aunque la haya pagado la misma persona que controla cada minuto de tu día.
Entro por la puerta de atrás para evitar a la gente que todavía sigue en la reja de la calle, y lo primero que veo es a mi papá, copa de whisky en mano, hablando con alguien del sello sobre las cifras de streaming del último sencillo como si estuviera describiendo el resultado de un partido de fútbol y no la canción que escribí una noche que no podía dormir, pensando en cosas que nunca le he contado a nadie.
Me ve. Levanta la copa hacia mí, un gesto que en cualquier papá normal significaría *estoy orgulloso de ti* y que en el mío significa *hiciste bien tu trabajo hoy*.
#96 en Joven Adulto
#2425 en Novela romántica
#782 en Chick lit
drama adolescentes amor imposible amor, joven adulto romance drama y humor, romance +16
Editado: 03.11.2026