Después de dos meses, Kike regresó al consultorio del médico genetista para revisar los análisis de sus hijos, realizados un mes atrás. Durante la consulta, recibió los resultados que revelaron que Abel padecía distrofia muscular de Duchenne, mientras que Iyabel portaba el gen recesivo de la misma enfermedad. Aunque era poco probable que ella desarrollara síntomas, ya que esta enfermedad afecta mayormente a los hombres. Ailice, al enterarse de la condición de los mellizos, sin titubeos y con una mirada aplastante, le dijo a Kike:
—Prefiero tener hijos y cuidarlos el resto de mis días, a jamás tenerlos.
Kike se sintió menospreciado, consciente de que era estéril; ningún tratamiento de fertilidad había funcionado con él. Aun así, se sintió atrapado en un torbellino de desesperación y rabia. Kike quería gritar, pero en su lugar se tragó la angustia, como quien traga flema de otra persona; un sabor amargo en la boca que no podía sacudirse. Sin embargo, en su resignación, sintiéndose derrotado, se dijo:
—Al menos fue con mi amigo, que está enfermo. Si hubiera sido con otro, ella me habría abandonado.
Dos años después de aquel nefasto descubrimiento, Kike recibió una llamada.
—Buenos días. ¿Usted es Kike, el fisioterapeuta?
—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?
—Hola, soy Margarita, la madre de Ósver. Le aviso que mi hijo se encuentra mal de salud. Estamos en Moquegua, en la casa de sus abuelos, y siempre pregunta por usted. He intentado llamar al número que me dio cuando lo visitó, pero parece que ya no es su número. Le llamo para pedirle que venga a ver a mi hijo lo más urgente posible.
Kike había cambiado de número, en esos dos años, porque estaba resentido con Ósver y necesitaba tiempo para asimilar todo lo sucedido. Sin embargo, la llamada de Margarita perforó esa muralla de resentimiento. Ósver estaba mal y, a pesar de todo, seguía siendo su amigo. ¿Cómo ignorarlo? El recuerdo constante de las palabras de Margarita rebotaba en su mente. Esperó a que Ailice llegara del trabajo y, al contarle lo sucedido, ella respondió:
—¿Puedo ir contigo a verlo?
—Sí, irás conmigo.
Esa misma noche fueron a la casa de Ósver. Cuando llegaron, Ailice se quedó en la sala y Kike entró al cuarto. Ósver estaba acostado en una cama médica, consumido por la distrofia muscular: frágil y quebradizo, su piel delineaba los contornos de sus huesos. Estaba conectado a una cánula en la tráquea y, a su vez, a un respirador que llenaba la habitación con el suave susurro de una respiración artificial. Kike se acercó a su amigo y le tomó la mano. Ósver, que estaba dormido, se despertó, esbozó una sonrisa demacrada, cadavérica; con dificultad le dijo:
—Amigo… me… estoy muriendo… —musitó, con un hilo de voz casi apagado para luego toser—. Quiero… que… me perdones...
—«Gamesito», tranquilo, ya lo sé todo. No tengo nada que perdonarte. Perdóname tú a mí por haberte mentido en mi adolescencia —dijo Kike entre lágrimas.
—Solo… hiciste… lo que… cualquier adolescente… enamorado… haría… Lo mío… fue peor… amigo…
—Me lo merecía, mi querido hermano, ya quedó en el pasado. Además, Ailice vino conmigo y quiere verte.
Kike fue a la puerta y la llamó. Ailice, al ver a Ósver en ese estado, se echó a llorar e inundó su rostro de lágrimas. Se acercó a él. Ósver, con voz agrietada, desde la cama, le dijo:
—Estás...más bella que nunca.... ¿Cuál... es tu secreto?
—Solo pensarte... recordarte —respondió Ailice, sonriendo mientras se limpiaba las lágrimas.
—Qué hermoso… es que… ya puedas… sonreír… Me has… hecho feliz… Sin duda… Kike y sus terapias… son una bendición… en tu vida… siempre lo fueron… no lo dudes…
Kike estaba sentado en una silla dentro de la habitación, escuchando lo que Ósver decía. Entonces, Ailice le dijo a Ósver:
—Me has dado el mejor regalo de mi vida, ser madre de dos hermosos mellizos.
Ósver, ante tal revelación, levantó su mano con un gran sobreesfuerzo y tocó la mejilla de Ailice. Él la amaba con una desmesura que no podía comprender, miraba sus ojos claros, su pequeña nariz aguileña, sus cabellos rubios alumbrados por el foco que parecía palidecer, y sus labios que al menos dos veces fueron suyos, y le dijo:
—Sé que… serás… la mejor madre… del mundo… y Kike… el mejor padre… que ellos… necesitarán…
Después, miró a Kike, le indicó con la mano que se acercara, y le dijo:
—Game...Ósver.
Kike no entendió por qué Ósver le expresó esas palabras. Ósver lo miró sonriente, con los ojos hundidos y los párpados adelgazados como cáscara de cebolla. Parecía como si quisiera decirle algo más, pero sus fuerzas se lo impedían. El esfuerzo que había hecho al acariciar la mejilla de Ailice terminó por agotarlo, impidiéndole hablar otras palabras.
—Descansa, amigo. Mañana temprano vendremos a verte y te traeremos a los mellizos para que los conozcas —dijo Kike.
En casa, Kike comenzó a darle terapia a su hijo Abel. El recuerdo de hace una hora, tras haber visto a Ósver incapaz de hablar sin cansarse, fue traumático para él. No quería que Abel compartiera el mismo destino que su verdadero padre. No obstante, Kike era consciente de que eso era inevitable. Sus pensamientos seguían atrapados en esa idea, hasta que un vacío en su bolsillo lo sacó de golpe de su ensimismamiento: había olvidado su celular en el automóvil.
Editado: 25.02.2025