117 Crystal Ridge Road
Litchfield, Connecticut.
Marzo de 1981.
Este centro estudiantil estaba destinado a alumnos que no encajaban en el sistema educativo convencional. La institución era impecable, levantada desde los cimientos en un blanco absoluto que lo cubría todo.
Parte del techo de la segunda planta era de vidrio y, en uno de los sectores, un telescopio, aquellos estudiantes podrían investigar lo que quisieran.
Las dos niñas son gemelas idénticas, preciosas, con una inteligencia fuera de escala, clavada en un coeficiente intelectual de 189.
Tenían una mirada sumamente suave, unos ojos claros, dulces y curiosos, bien abiertos, como un océano tropical, acompañados de una expresión de sorpresa y emoción, al menos eso correspondía a sus 6 años. Pero absorbían el entorno con una calma impropia de su edad.
El complejo había sido diseñado y construido exclusivamente para ellas y un grupo de niños con capacidades similares. Sus propios padres, junto con un grupo de amigos de la universidad -científicos como ellos algunos, habían llevado adelante el proyecto, una sociedad exclusiva.
El impulso era proteger a los niños.
Sabían que mentes como aquellas no pasarían desapercibidas y temían que el gobierno pusiera los ojos sobre ellas otra vez, el miedo de padres primerizos, querían reclutarlas, manipularlas o utilizarlas como si fueran robots, miedo justificado, por eso no aceptaron la propuesta del gobierno.
Aquel lugar sería un refugio perfecto: un espacio donde pudieran aprender y desarrollarse sin convertirse en objetos de estudio ni quedar a merced de intereses externos. Un entorno diseñado para garantizarles un futuro a su medida, rodeadas de un equipo que cuidara su integridad en todos los ámbitos.
Para sus seis años, el lugar era un verdadero paraíso de aprendizaje temprano.
No había juguetes comunes.
A su disposición tenían áreas enteras equipadas con instrumental científico adecuado para su estatura, mesadas adaptadas y materiales con los que podían experimentar jugando.
Al crecer rodeadas de un par adultos científicos, de mentes brillantes que hacían a veces de maestros y profesores, además de padres, las niñas devoraban el conocimiento a una velocidad pasmosa.
A través del juego, de las preguntas constantes y de observar trabajar a quienes las rodeaban, su capacidad hizo que el tiempo convencional se desmoronara.
Mientras una persona normalmente terminaba una carrera universitaria alrededor de los veinticuatro o veinticinco años, ellas, con apenas trece, ya se estaban graduando de la universidad y tenían sus carreras completamente definidas.
Aquel instituto de paredes blancas, construido para mantenerlas a salvo, vio cómo crecían jugando a investigar y experimentando sin prisa.
Con los años, ya en la adolescencia, cada una tomó su propio rumbo y eligió especialidades diferentes.
Por separado, cada una creaba cosas ingeniosas y brillantes.
Pero la verdadera magia ocurría cuando trabajaban juntas.
Sus dos mentes fusionadas era como un solo engranaje perfecto, formando una potencia creativa inigualable.
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Editado: 14.10.2026