En unos segundos, perdió la tranquilidad.
Las pantallas de la columna metálica parpadeaban en un tono verde estable. En el centro de la plataforma circular, Alexandrite esperaba junto al panel de control, repasando por última vez las coordenadas.
Topacio todavía no había llegado.
El procedimiento estaba diseñado para que su hermana estuviera a punto de aparecer sobre la plataforma apenas se completara la transferencia. La espera de un año había terminado. Ese era el tiempo previsto.
Alex apoyó los dedos sobre el panel.
Todo estaba listo, pero…
La puerta neumática del laboratorio se deslizó.
El chico que le gustaba, Kobalto, entró al lugar y mientras se abrochaba la túnica Alex levantó la mirada por un instante. Apenas un segundo, lo suficiente para que su atención se desviara. Era inevitable que su ritmo cardíaco se acelerara; indudablemente, estaba enamorada.
Cuando volvió los ojos al panel, los nervios le jugaron en contra. Su dedo ya se había desplazado.
Dos centímetros, y presionó sin querer algo que no debía.
El sistema reaccionó de inmediato.
Un rugido electromagnético atravesó el laboratorio y las pantallas cambiaron de verde a blanco, amarillo y rojo en modo alerta. En el centro de la plataforma, una silueta comenzó a formarse.
Alexandrite abrió los ojos.
—¡Topacio!
La vio apenas durante un instante.
Un destello de cabello, una parte del rostro, el contorno de su cuerpo todavía incompleto, como si el espacio estuviera intentando construirla a toda velocidad.
Y entonces desapareció.
Las alarmas se apagaron, el laboratorio quedó en silencio y Alexandrite miró la plataforma vacía.
—No… no, no, no!
Sus ojos regresaron al panel.
La coordenada de destino había cambiado.
El sistema había recalculado la trayectoria hacia un punto situado en otro lugar. No tenía idea de adónde había enviado a su hermana.
Alexandrite se quedó inmóvil frente a la pantalla.
Había visto a Topacio, había estado allí, pero no había llegado; al contrario, por su distracción se esfumó.
Y ahora, con los nervios a flor de piel y la cabeza maquinando cómo solucionaría aquello…
Los nervios se apoderaron de Alex, pero ya no eran los mismos que se le dispararon al ver al chico. Estos se alojaron en su estómago; estaba aterrada, no tenía cómo comunicarse con su hermana, y si ese error la desintegró? No podía ser. El redireccionamiento seguramente la había enviado a otro lugar. Eso era lo que quería creer, y así lo hizo.
Kobalto se acercó de inmediato. —¿Estás bien?
—Si lo que preguntas es mi me hice daño, sí, pero no del que necesita medicina.
—Lo lamento. ¿Quieres hablarlo, esa chica se parecía a tí, era tú hermana?
—Si, y debía estar aquí ahora, pero lo arruiné! Su llanto lo absorbía la túnica de Kobalto, que la abrazó para que Alex no se dejara caer al piso.
Desde ése momento el enamoramiento de Alex se intensificó, cada detalle que él tenía en ella nacían bandadas de mariposas en su vientre.
Por 4 años fueron inseparables, una amistad incondicional, por parte de Kobalto un par de años menos que ella, al comienzo la veía como un ser salido de un mundo fantástico.
Se agradaron mutuamente desde el primer encuentro, y gracias a la torpeza que nacía en Alex al tenerlo cerca, pudo ver a la chica, a ese rasgo humano del que casi no se escuchaba de ella, solo comentarios de la mente brillante y esa belleza irreal.
Años después:
Alexandrite prácticamente se instaló en el laboratorio durante siete años desde su error. Fue el tiempo de espera más eterno que había vivido. Ya no sabía qué más hacer; lo había intentado todo.
Hasta que de la nada, por fin pasó.
La máquina trajo a su gemela devuelta.
—Díganme que no es un sueño.
El shock fue general. Todos quedamos estáticos. Yo, en cuestión de segundos, impulsada por un torbellino de emociones, corrí hacia donde estaba y me lancé a abrazarla.
No podía creer que la teníamos de vuelta. El corazón me iba a explotar de felicidad. Era imposible verla bien por tantas lágrimas, y mucho menos pronunciar palabras. No me salió nada, y de inmediato, la culpa, por mi culpa la perdimos siete años. Y desde entonces, cada vez que mis emociones me juegan en contra, suelto todo lo que tengo en las manos.
Topacio me alejó para verme, y su cara decía demasiado. Me analizó frunciendo las cejas, y yo, con los ojos bien abiertos, tampoco podía creer lo que veía.
Se giró y, cuando vio al niño congelado a unos pasos de nosotras, se le llenaron los ojos de lágrimas. Creo que recién se dio cuenta de lo que había pasado,no era solo yo, él también.
Lo miraba con dulzura, asombrada y, evidentemente, desconcertada.
Sabía quién era, es imposible que no lo reconociera.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Jamás la vi llorando de esa manera y, de inmediato, se acercó a él y lo abrazó.
Lo abrazó fuerte, escondiendo la cara del niño entre su pecho y una de sus manos. Escuché que le susurró al oído algo inaudible para mí, pero la reacción del pequeño fue suficiente para ponernos a llorar a todos en la casa que se había convertido en el laboratorio.
La extrañó, lo sé, y la responsabilidad fue mía.
Tomé aire con fuerza y me acerqué.
—Debemos hablar en privado en cuanto puedas. Dije, apoyando una mano en su hombro.
Aunque, en realidad, no sé si seré tan valiente de explicarle hoy este desastre que están viviendo.
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Editado: 14.10.2026