La primera vez que Alexandrite lo vio, no le prestó demasiada atención.
Estaba en la sala común, sentada con un libro abierto sobre las piernas, aunque llevaba varios minutos leyendo la misma página.
A esa hora el laboratorio estaba más tranquilo y el tránsito por los pasillos había disminuido, era la hora de almorzar.
Entonces él entró otra vez en su campo de visión.
Era alto, más de un metro setenta y cinco, calculó Alex casi de inmediato, y eso ya resultaba curioso teniendo en cuenta que apenas era un poco menor que ella.
Rubio.
Muy rubio.
Y de ojos azules, hermosos.
Entró sin prisa, llevando varios apuntes bajo el brazo y una carpeta llena de hojas sueltas.
No tenía el aspecto de alguien que simplemente estuviera pasando por allí. Se sentó en uno de los sillones de la sala común, dejó los papeles sobre la mesa y comenzó a revisarlos.
Alex levantó apenas la mirada, se le olvidó de la hora del almuerzo.
—¿Qué estudias?
Él levantó la visita y Alex no entendía porqué, se sentía rara.
—Neurociencia, le respondió.
Alex cerró un poco más el libro.
—¿Neurociencia? mmm interesante.
Una sonrisa breve apareció en el rostro del muchacho.
—No exactamente. Estoy preparándome para neurocirugía.
Ella lo observó durante unos segundos.
Le pareció agradable, no parecía presumido, al contrario, era......
Encantadoramente interesante.
Eso le llamó la atención.
—¿Y vives aquí para estudiar?
—No, vengo dos veces por semana.
—¿Por qué aquí?
Él miró hacia la puerta, como si recordara de pronto dónde estaba.
—Porque aquí puedo aprender cosas que no encuentro en cualquier sitio, bueno, mejor dicho, en ningún otro.
No hizo comentario alguno de que sus padres eran cofundadores de aquel lugar.
Alexandrite volvió a mirar su libro.
—Eso suena a una respuesta demasiado preparada.
—No lo estaba.
Ella sonrió, apenas ruborizada
—Entonces fue buena.
Él soltó una pequeña risa.
Después se hizo silencio.
Era un silencio cómodo, Alex no podía evitar mirarlo, disimuladamente paseando su mirada, además de ser cuidadosa, para que él no notara aquello, no quería volver incómoda la cercanía.
Cada uno volvió a lo suyo.
Pero Alexandrite ya no consiguió concentrarse demasiado, ni siquiera en la misma página.
Después de aquel día comenzaron a cruzarse.
En los pasillos, en la sala común.
Cerca de las puertas de acceso a las áreas de investigación.
Siempre de manera casual, y a ella le estaba afectando.
Él aparecía dos veces por semana y, aunque Alex jamás reconocería estar pendiente de esos días, empezó a distinguirlos con demasiada facilidad, usaba perfume, revisaba su pelo, y empezó a usar humectante labial, todavía no estaba lista para maquillaje.
Una tarde, mientras caminaba por el corredor con varios documentos en la mano, escuchó pasos detrás de ella.
—Alexandrite, escuchó, y esa voz le provocó una sensación extraña.
Ella se detuvo, dudosa.
Se giró, con una calma ensayada.
Era él, lo sabía, ya reconocía su voz.
—¿Sí? Preguntó tranquila pero con una jauría de mariposas de todas las especies en su interior.
El chico levantó una hoja.
—¿Se te cayó esto?..
Ella la tomó, y la cercanía no ayudaba.
—No es mía. Le respondió mirando esas piedras azules que tenía por ojos y ya veía en sus sueños.
Él bajó la vista hacia el papel y luego volvió a mirarla.
—Entonces supongo que ahora tengo un problema.
Alexandrite arqueó una ceja, no entendía que le quería decir.
—¿Cuál? Preguntó automáticamente.
—Que tendré que averiguar de quién es.
Ella lo miró durante un instante. No quería que se alejara.
Y, por primera vez, tuvo la sospecha de que quizá no siempre se cruzaban por casualidad.
¿Él se sentía igual?
¿O eran su cabeza entendiendo indirectas dónde no las habían?
#228 en Thriller
#33 en Ciencia ficción
viajeseneltiempo, misterio de identidad, misterio conspirativo
Editado: 14.10.2026