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Cap 24. Límites

La rutina impecable de Ámbar

El reloj del vestíbulo marcaba exactamente las 8:45 de la mañana cuando las puertas de cristal del edificio se abrieron. Como de costumbre, Ámbar cruzó la entrada con quince minutos de antelación a su horario oficial.

Traía en una mano su café humeante, bajo el brazo una carpeta de documentos impecablemente organizada y en la otra mano su pequeño portafolio de piel.

—Buenos días, Claudia —saludó con una sonrisa amable a la recepcionista al pasar junto al mostrador principal, recibiendo de vuelta un saludo afectuoso de la joven.

Ámbar tomó el ascensor ejecutivo y subió directamente al piso de presidencia. Al salir, lo primero que hizo fue marcar su registro de ingreso en la terminal de la entrada. La puntualidad no era solo una regla para ella, sino una marca personal.

Caminó hacia su escritorio, dejó sus pertenencias, dio un sorbo a su café y encendió la computadora. De inmediato comenzó a revisar la agenda, la documentación y los archivos prioritarios para la jornada.

Unos minutos más tarde, el sonido característico del ascensor anunció la llegada del presidente de la empresa. Ámbar, en un movimiento automático y perfectamente ensayado, se puso de pie en cuanto lo vio salir. Con tablet en mano, se unió a su paso firme mientras él caminaba a lo largo del pasillo hacia su despacho.

—Buenos días señor—comenzó Ámbar a paso ágil, siguiéndole el ritmo—. Para hoy tenemos una mañana bastante movida. A las diez en punto está programada la junta con el equipo de ventas para revisar los resultados del trimestre; a las once y media tiene la entrevista con el candidato para la dirección regional; y a las dos de la tarde tiene agendada la comida por el cumpleaños de su madre.

El presidente caminaba escuchando atentamente, haciendo pequeños asentimientos con la cabeza a medida que ella enumeraba cada compromiso. Al llegar a la puerta de su oficina, se detuvo, abrió la puerta y se giró levemente hacia ella.

—Gracias, Ámbar. Por cierto, hazme un favor: llama a una florería y encarga un ramo bonito para mi madre, que se lo entreguen al mediodía.

Ámbar lo miró anonadada, y con una indicación descomunal, con sutileza y tratando de que no se note su molestia, haciendo un breve silencio estratégico antes de opinar con la elegancia que la caracterizaba:

—Si me permite una sugerencia señor ... en lugar de un ramo de flores cortadas que se van a marchitar en un par de días, ¿por qué no le envía un arbusto floral para su jardín? , es su madre señor. Algo como una camelia. Tienen flores hermosas y es un detalle que podrá cuidar y ver crecer durante años, el detalle quedará sin dudas en el recuerdo de su madre, cada vez que vea el árbol crecer

El jefe se quedó en silencio un segundo, sorprendido por la idea. Una sonrisa franca se le dibujó en el rostro mientras asentía con la cabeza.

—Tienes toda la razón, los ramos terminan en la basura—admitió sonriendo—. Definitivamente entre mujeres se entienden mejor; a mí ni se me hubiera ocurrido. Mucho mejor una planta para su jardín. Elígela tú misma, confío en tu criterio.

—Enseguida me encargo —respondió Ámbar, aunque le acababa de hervir la sangre con ese comentario,con discreción, se dió la vuelta apretando los puños.

Salió del despacho y regresó a su escritorio. Cómo podía ser que un hombre de su edad no tuviera tacto alguno con su madre? Debe seguir soltero, alguien así es imposible que tenga pareja o esté casado, no, no, tacto cero. En lugar de comunicarse con una florería común, buscó la línea de un vivero especializado para coordinar la compra de una camelia roja con vetas blancas de excelente calidad y organizar el envío con una tarjeta personalizada, seguramente la señora se dará cuenta que su hijo no escribió aquello, pero que más da? Lo dejó en sus manos y la señora seguramente agradecerá el detalle al menos una vez en su vida.

Una vez resuelto el pedido del regalo, se concentró de lleno en la pantalla de su computadora para redactar y consolidar los informes del día. Marcó la extensión del departamento de Finanzas para solicitar que le enviaran la carpeta contable pendiente y, acto seguido, comenzó a llamar uno a uno a los ejecutivos agendados para las reuniones de la tarde, confirmando sus asistencias y dejando cada detalle bajo absoluto control.

Al llegar el medio día su jefe salió de la oficina, se acercó a su escritorio.

Golpeó con los un movimiento en efecto dominó sus uñas contra el escritorio, Ámbar concentrada en su trabajo, no lo había notado, levanta la cabeza.

Y su jefe le dice, si ya quedó todo listo hasta ahora, vayamos a almorzar.

Ámbar frunció el ceño dos segundos, por su automática mala interpretación, volvió a su calma habitual.

Si, señor, termino este informe e iré a almorzar, vaya tranquilo y buen provecho.

Su jefe se movió, pero para acercarse más, y apoyarse en su escritorio.

Ámbar volvió a fruncir el ceño, cuando escuchó...¿No entendió que la estoy invitando a almorzar?

Y ahí estaba, un hombre indiscutiblemente atractivo, bien vestido, excelente perfume, pero sin una pizca de tacto para que una mujer se sintiera cómoda.

Ámbar respiró profundo y con cara de ustede no me conoce le respondió.

Disculpe señor, no suelo almorzar con mis jefes, eso hace que mi trabajo sea tranquilo y sin malos entendidos, no espere más de mí que lo que realizo detrás de este escrito, mi tiempo libre no se mezcla con nada laboral.

Se levantó de su escritorio, agarró su cartera, su abrigo, y rodeando el escritorio terminó diciendo, hasta luego y buen provecho.

Su jefe la vió salir, su cara de no lo puedo creer era un espectáculo, pero algo se encendió en ese momento, Ámbar era un reto, y acostumbrado a no perder, sonrió de costado, siguiéndola hasta el ascensor.




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