Hoy nos toca despedirnos de Oli.
Me parte el alma ver su carita y esos ojitos tristes y húmedos, peleando por no inundarse. Sé que no es su intención ponerse así y la entiendo perfectamente. De estar en su lugar, creo que también tendría ganas de llorar.
Ámbar y yo le prometemos que, a diario y mientras podamos, la vamos a llamar, le enviaremos mensajes, haremos videollamadas y la visitaremos los fines de semana.
Eso logra que se relaje y sonría.
El alivio en mí es inmediato.
Oli es sensible cuando se trata de nosotras, pero entiende perfectamente que es hora de irnos. Así que nos acompaña hasta el portón y aprovecha para darle un abrazo a Grisel mientras dejamos nuestras cosas en la cajuela del auto.
Nos sorprende verla conduciendo.
Grisel ha cambiado bastante; se ve algo más madura, aunque su cara, al vernos a las tres, no cambia.
Ámbar llena de besos los cachetes de Oli y le hace promesas que no alcanzo a escuchar. Cierro la cajuela y camino hasta ellas.
Entonces veo a Ámbar acercarse a Grisel, saltando y sacudiendo los brazos de manera exagerada, algo que nos hace reír a todas.
El ambiente, en unos minutos, se vuelve de festejo.
Así que llega el abrazo grupal y las palabras infaltables de Grisel:
—Ya falta menos.
Oli asiente con una sonrisa cerrada.
Está feliz por nosotras y eso me mata de ternura.
Nos despedimos.
Ella se queda en el portón, sacudiendo las manos y con lágrimas en los ojos, mientras nosotras comenzamos el viaje a casa.
Pensarlo se siente raro y me hace respirar profundo.
Bueno, estoy lista... Mentira, pero intento convencerme de eso.
Debo comenzar a comportarme como una adulta. Uff, eso molesta un poco bastante.
Pero bueno, hay que hacer el intento al menos.
Ser independiente es todo un tema. Lo nuevo entusiasma, no lo voy a negar, aunque mi cabeza ya me dice que va a ser cansador.
Quiero entrar al FBI y, además, debo conseguir trabajo para colaborar con los gastos de la casa.
No va a ser tarea sencilla, con lo que me gusta dormir.
Tengo disciplina, obviamente. Cuando se persigue un objetivo hay que sacrificar algo y, en mi caso, creo que serán las horas de descanso. Ya estoy empezando a suspirar...
El apartamento estaba empezando a llenarse de vida. Había bolsas sobre la mesa, algunas cajas todavía sin abrir y cosas que Grisel había comprado durante el día esperando encontrarles un lugar. Ámbar estaba sentada en uno de los sillones. Zafira tenía la computadora delante y recorría la página del FBI. Grisel las miró.
—Bueno. Ahora que estamos las tres acá, cuéntenme. ¿Ya tienen algún lugar en vista para empezar?
Ámbar levantó la mirada.
—Yo sí. Tengo una empresa que me interesa. Ya estoy armando el currículum con todo lo que sé hacer.
—No olvides buscar empresas que excluyan la experiencia
Ámbar hizo una pequeña mueca.
—Si lo sé y ahí está el detalle. Sé hacer muchas cosas, pero nunca fui secretaria de nadie obviamente, espero que los nervios no me traicionen.
—Alguna vez tiene que ser la primera.
—Eso mismo pensé, pero pensar y hacer no tienen nada que ver.
Grisel sonrió.
Después miró a Zafira.
—¿Y vos?
Zafira no apartó los ojos de la pantalla.
—Estoy viendo qué necesito para presentarme al FBI.
—¿Encontraste algo?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Necesito la licencia de conducir, y claro está que no tengo aún, entre otros documentos que sí.
Grisel asintió como si ya hubiera previsto la respuesta.
—Bueno, pon tu voluntad que la escuela sale del fondo.
Zafira levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Del fondo?
Ámbar también la miró.
Grisel se quedó unos segundos en silencio, como si recién entonces se diera cuenta de que todavía no les había contado todo.
—Sí. Del fondo que tenemos las cuatro.
—¿Tenemos un fondo? —preguntó Ámbar.
—Sí.
Grisel se acomodó en el sillón.
—Cuando salí del orfanato recibí una documentación. Entre otras cosas, estaba el contrato y la información de una cuenta destinada a nosotras.
Zafira miró alrededor del apartamento.
—¿Por eso estamos acá?
—Sí.
Grisel hizo un pequeño gesto hacia el departamento.
—Este lugar siempre fue para las cuatro. Yo no habría tenido este apartamento si no fuera porque íbamos a vivir juntas.
Ámbar volvió a mirar las habitaciones.
Grisel continuó:
—Y el dinero tampoco es solamente mío. Hay una parte para cada una.
Zafira bajó lentamente la mirada hacia la computadora.
—Entonces...
—Entonces la escuela de conducir sale de ahí. —dijo Grisel—. Como salieron de ahí las cosas que necesitaba cuando me tocó salir a mí.
Ámbar la observó.
—¿Y vos no usaste ese dinero para tus cosas?
—Para mis cosas personales sí, solo hasta que cobré mi primer sueldo,
Zafira la miró con atención.
Grisel señaló las bolsas que todavía estaban sobre la mesa.
—Todo lo que compré para mí desde que empecé a trabajar salió de lo que gano, ese fondo es hasta que puedan generar el propio.
No hacía falta explicar por qué.
Grisel sabía desde hacía tiempo que algún día Ámbar y Zafira iban a salir del orfanato igual que ella: con preparación, pero sin dinero propio para empezar una vida.
Por eso había cuidado cada dólar.
Ámbar se quedó pensando.
¿Quién habría dejado todo aquello preparado?
La institutriz.
Los abuelos.
Quizás alguien más.
No tenía respuesta.
Zafira tampoco dijo nada.
Solo volvió a mirar la pantalla.
—Entonces puedo sacar la licencia.
—Claro.
—¿Aunque todavía no tenga trabajo?
—Eso no cambia nada.
Zafira asintió.
—Yo sé conducir.
Grisel sonrió.
—Eso ya lo sé.
—Lo que no sé es manejarme por la ciudad.
—Ahí vas a tener que aprender.
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Editado: 14.10.2026