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Cap 8. Primer experimento

Año 1990.

742 Blackwood Ridge Road
Lewisburg, Pennsylvania.

Ya habían pasado 9 años, las chicas cumplieron sus 15 y desde hacía 2 años estaban instaladas aquí.

Aquellas niñas de ojos como océano tropical, hermosos habían llegado con una idea fija.
Ambas estaban super emocionadas.

Faltaban pocos meses para que el proyecto pudiera probarse, les llevó varios meses desarrollarlo junto con un equipo técnico, y que estuviera prácticamente terminado, generaba en las jóvenes científicas unos nervios de los buenos.

La gemela menor, Alexandrite se encargaba de indicarles a los ingenieros cómo debía verse la máquina que estaban ensamblando y cuáles eran los últimos detalles que todavía faltaban.

La estructura era bastante compacta, nada sofisticado o futurista, era experimental.

Tenía una base circular, similar a las plataformas que se utilizaban en los salones donde vendían vestidos de novia. Ellas habían tomado aquella idea y habían hecho una plataforma hueca en el centro.

Allí iba un círculo grueso de vidrio, como un plato giratorio de vidrio de gran espesor. En su centro se encontraba un eje, incrustado en la estructura.
A ambos lados de la plataforma se levantaban dos columnas de metal de unos diez centímetros de ancho.

Si las hermanas estiraban los brazos, podían tocar ambas con las puntas de los dedos.
En las caras exteriores de aquellas columnas se encontraba el sistema de teclas numéricas, acompañado por una pequeña pantalla que se extendía a lo largo.
Las columnas también tenían pequeñas luces que establecían una conexión con el cuerpo de la persona que se encontrara en el centro de la máquina. Aquellas luces indicaban dónde debía pararse y cómo debía posicionarse.

Fuera lo que fuese que colocaran allí, tenía que quedar perfectamente centrado.
La pieza que debía ir dentro de ese círculo era una piedra.
Sus padres la encontraron al excavar el terreno para construir el primer centro educativo, donde aprendieron jugando, habían estudiado y aprendido todo lo que sabían hasta ese momento.

Recordar aquello, para ambas era una sensación de puro agradecimiento por lo que hicieron sus padres y las parejas amigos de estos.

La emoción de ver finalmente cómo funcionaría aquel aparato, sabiendo que solo faltaban los últimos detalles, podía con las ansias de Alexandrite, menor por unos minutos.
Fué hasta el sector donde se encontraba Topacio y le informó:
—Ya está prácticamente todo listo — dijo mientras movía las manos a puño cerrado dentro de los bolsillos de la túnica, dándose golpes en los muslos.
Topacio levantó la mirada y sonrió; poniéndose de pie, siguió escuchando a su hermana.
— Si terminaste con eso, le pido al equipo que coloquen la piedra.
—No podía parar, de sacudir los puños metidos en la túnica.

Todos estaban al tanto del movimiento de aquel cristal único, el equipo preparado para escuchar la orden y hacerlo.
Debía ser movida con sumo cuidado.

La emoción las pudo a ambas, así que inmediatamente se pusieron manos a la obra.

Entre todos, cargaron la piedra y la llevaron hasta la máquina.
Pero al ver esa base, descubrieron un problema.

El eje que se encontraba allí ocupaba justamente el lugar donde debía quedar la piedra.

Así que no podían ponerla.
Los ingenieros se enteraron en ese instante qué era exactamente lo que debía colocarse en aquel espacio y miraron a Alexandrite.

Ella bajó la cabeza, avergonzada.
La expresión lo decía todo.
Había olvidado avisarles qué iba a ir allí dentro; su hermana la miró y también sacudió la cabeza, sin poder creer lo que había hecho.
—¡¿En serio, Alex?! —le dijo con tono de asombro, Topacio no podía creer lo que veía.

—Bueno, perdón, soy humana, uff, no un robot. También se me pasa por alto algún detalle o explicación. En serio, lo lamento —se disculpó con un tinte bastante sonrojado, no se salvaron ni sus orejas.
—No se preocupen, doctoras, esto se ajusta rápido —/ dijo uno de los ingenieros.
Mientras trabajan en eliminar el obstáculo, Topacio no puede evitar enternecerse con su hermana. Sabe que es brillante, pero cuando se despista es un caos.
Afortunadamente después de casi una hora, el problema se solucionó, sin dudas eso fue rápido. Los ingenieros modificaron el mecanismo y colocaron un sistema de engranajes que permitía que el círculo de vidrio girara desde los bordes.
El soporte central desapareció; ahora sí podían colocar la piedra y lo hicieron.
Intentaron hacerla reaccionar con luces infrarrojas... Nada.
El aparato no respondía, y la piedra parecía haberse apagado.
—No puede ser —se decía Topacio para sí misma.

Probaron conectando unos dispositivos con pequeñas ventosas, unidos mediante cables, para comprobar si podían absorber la energía de la piedra.

Nada.

Volvieron a intentarlo... Nada.
La frustración comenzó a apoderarse de ambas. Debería reaccionar, esa piedra no era cualquier cristal.
Finalmente, cansadas y sin encontrar lógica, decidieron retirarla.
En medio de la impotencia y frustración, una de ellas perdió la delicadeza: Alex tiró del cristal y golpeó contra el mecanismo; este se astilló e inmediatamente se hizo añicos.
Se fragmentó por completo. Ahora parecían cuarzos: los más grandes a la vista cabían en la mano; la mayoría cayeron dentro del círculo.

Todos se quedaron paralizados.
Alex sudaba frío; a su hermana le sonó hasta la mandíbula de lo grande que abrió la boca, aunque nadie llegó a verla, primero porque la tapó y segundo porque estaban todos en shock viendo aquello.
Y entonces ocurrió: la piedra reaccionó. Aquellos fragmentos comenzaron a liberar una energía que incluso ellas podían sentir.
Las dos hermanas se miraron, no podían creerlo.

Habían tenido un susto enorme al ver el regalo de sus padres, estudiado por años, romperse en incontables piezas pequeñas, pero ahora la sorpresa era todavía mayor.
Por accidente, habían descubierto algo que no habían conseguido provocar de ninguna otra manera.




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