Las calles de Manhattan están cálidas a esta hora, será mejor ir caminando a casa, se siente raro pensarlo sin siquiera conocer el lugar, pero allá voy.
La puerta del 214 de East 20th Street se cerró detrás de Grisel.
La casona quedó a su espalda, con su fachada antigua de ladrillo, las ventanas altas y la escalera de entrada que se levantaba unos peldaños por encima de la vereda. Acomodó el bolso y empezó a caminar.
La dirección ya la tenía guardada y la colocó en Google maps : The Sterling House, East 39th Street, entre Lexington Avenue y Third Avenue, apartamento 10A.
Avanzó hacia el norte por Third Avenue.
Las primeras cuadras conservaban el aire del barrio que acababa de dejar atrás: edificios antiguos, entradas estrechas, escaparates que la hacían bajar el ritmo.
Una cuadra después, el olor de una panadería la frenó en seco. Entró y pidió una dona y un café con leche.
Caminó varias cuadras más con el café en una mano y la dona en la otra, hasta que en East 24th Street ya no quedaba más que el papel, que tiró en un cesto.
En East 25th Street se detuvo frente a una tienda de ropa, miró los maniquíes, sin detener el paso.
Siguió hasta East 39th Street, giró, y ahí estaba The Sterling House.
Antes de entrar, miró el edificio, después miró hacia atrás, hacia el supermercado que acababa de ubicar.
Entró, pero antes de subir volvió sobre sus pasos: no sabía qué encontraría en el 10A, si habría una cocina equipada, ollas, platos, así que lo mejor es comprar comida o algo que no necesite cocción.
Fue al supermercado y recorrió la zona de comidas preparadas -un sándwich, una ensalada, algo dulce para más tarde- y algunas bebidas. Pagó y volvió hacia el edificio.
Subió al décimo piso, apoyando un codo en la barandilla del ascensor, la otra con las bolsas apoyadas contra la pierna .
La puerta cedió con un clic. Adentro, un pequeño recibidor con un placar para abrigos, un colgador de llaves, un baño de visitas.
Dejó la comida sobre la encimera de la cocina y el bolso junto a un sillón.
El living estaba completamente montado: sillones, mesa de centro, una alfombra grande, un cuadro abstracto en la pared.
Corrió las cortinas y apareció Manhattan entera detrás del vidrio. Abrió la puerta del balcón -espacio para un par de sillas y una mesa pequeña- y volvió adentro.
La cocina-comedor estaba equipada de punta a punta: heladera, horno, vajilla, ollas, sartenes, cubiertos, hasta pequeños electrodomésticos repartidos sobre las mesadas. Una mesa para cuatro, con cuatro sillas.
Recorrió los cuatro dormitorios uno por uno. Cada uno completamente preparado -cama, sábanas, mantas, un mueble con espacio de guardado, un rincón con espejo para el arreglo personal- y cada uno en una paleta de color distinta: gris, dorado, azul, verde.
Volvió al living. El apartamento seguía igual que al entrar, pero ahora, en algún punto de su cabeza, ya era suyo.
Cenó la comida que había comprado, se acomodó, y el primer día terminó ahí.
Pero la pregunta no se iba, ¿quién está detrás? esa duda estuvo rumiando su mente desde que se sentó a comer, los dormitorios ya destinados a cada una, las esperaban, no era difícil darse cuenta, edredones con el color de los ojos de cada una ocupaba los dormitorios.
—Debería revisar el contrato a ver si encuentro algo, pero será mañana, y si tengo tiempo.
Se dió una ducha solo con agua, jabón no había de ningún tipo, y por suerte al menos si habían toallas, y se había llevado su cepillo de dientes y pasta dental.
—Mañana será un día largo. Cerró los ojos y se dispuso a dormir.
#228 en Thriller
#33 en Ciencia ficción
viajeseneltiempo, misterio de identidad, misterio conspirativo
Editado: 14.10.2026