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Cap 2. Día difícil.

Gonzalo — 2ª Parte

—Lo único que espero es que no me traigas problemas, ya tengo suficientes.

Hoy los planetas parece que se alinearon para hacer mi día difícil de digerir.

Camina a mi lado con paso firme. Esta situación es de lo más inusual; su túnica es lo que me llama la atención, ¿Quién anda así por la calle? y viendo su outfit es aún más raro. Estoy a punto de preguntarle qué estudia cuando la escucho aclararse la garganta.

—Disculpa, ni siquiera pregunté tu nombre, y tampoco me presenté, fué un día difícil. Soy la doctora Montiel. ¿Cómo te llamas?

¿Doctora? ¿Cómo que doctora, si no creo que llegue a los 20?, quizá ronde en sus 18 como máximo.

—Tienes razón, — extiendo mi brazo para formalizar la presentación — tampoco lo pregunté. Un gusto, soy Gonzalo Turing.

Digo mi nombre y apellido para ver si me dice el suyo, pero me ignora olímpicamente. O es muy formal, o no quiere que busque información sobre ella, obviamente voy a hacerlo. Las caritas bonitas no siempre tienen buenas intenciones, y que oculte su nombre da para sospechas. No está en un hospital para presentarse así, y aprovecho para preguntarle.

—¿Eres de Manhattan?

—Sí, lo soy. Y dime, ¿vives solo o con alguien más? , pregunto para estar preparada al llegar a tu casa; si no vive solo, habrá preguntas.

—No, no vivo solo, pero por un tiempo lo estaré, así que tranquila, en este momento no hay nadie en casa. Y te aviso que el panorama que vamos a encontrar no es el mejor; también tuve un día difícil.

—No necesitas explicarme, no voy a juzgar cómo vives. ¿Me podrías decir qué fecha es hoy?

Esa pregunta me desconcierta. ¿Tendrá pérdida de memoria y no sabe dónde es su casa? No sé por qué siento que este día no me lo voy a olvidar jamás.

—Hoy es siete de julio. — ¿Tiene problemas de memoria?, bueno, tampoco es para tanto, también se me a olvidado el día en el que vivo.

Me mira de una forma extraña, creo que, es mi ropa, no lo sé, y empeora cuando escucho

—¿Siete de julio, bien, pero de qué año?

¿Se está burlando? ¿ Cómo que de que año‽

—Estamos en 2035.— Ahora sí da para pensar. — ¿No sabe el año, que te olvides el día de la semana o en número lo entiendo, pero el año‽

—Mira , solo me dijiste tu apellido, que eres doctora, que vives aquí en Manhattan, pero, ¿estás segura de eso?

— Si claro que estoy segura, y comprendo que pienses así, es que ......... cómo te digo....... Ehm...

—¿Te golpeaste la cabeza? Al parecer estás perdida. Si quieres, te puedo ayudar a buscar a tu familia.

—No, no tengo ningún problema de memoria, es que no es sencillo de explicar. La historia es larga y tiene explicación clao que la tiene; cuando lleguemos a tu casa prometo que te cuento, ¿sí?

—Bien, prepara tu explicación, porque ya casi llegamos.

Abro la puerta y, como esperaba, la chica queda estática en la entrada.

—Pasa, también te explicaré qué pasó aquí, y como verás, podrás pagarme con tu trabajo, la verdad lo necesito.

—¿Intentaron robarte? ¿O estás metido en problemas? — Huy, perdona, se me salió un pensamiento en voz alta. Mi día tampoco fue lo que se dice normal, y por lo que veo, sí seré de ayuda, que alivio.

—Vamos. — Cierro la puerta y voy hacia la cocina.

—Acompáñame a la cocina, hay más orden ahí. Y además ya tengo hambre, ¿tú comiste algo?

—No, y también estoy hambrienta.

Vamos entrando a la cocina y ella se sienta en uno de las butacas, deja caer el cuerpo sobre la mesada, apoyando ambos brazos y recostando la cabeza en uno de ellos me observa. Me quedo en el centro de la cocina, voy hacia el mueble y la heladera, tomo lo necesario y me dispongo a preparar unos sándwiches. Sirvo dos vasos de jugo de naranja y le alcanzo el suyo. Me siento cerca y recién ahora puedo ver la belleza que tengo en frente. Nunca antes había visto tanta perfección: tiene una delicadeza única, sus ojos —turquesas— parecen gemas, su nariz, sus cejas, sus labios, todo su rostro me deja la garganta seca. Trago grueso.

Y cuando abre la boca para hablar, me convenzo de que debo retirar la vista de ahí, pero es imposible. No sé qué me pasa, es como si me estuviera sometiendo a un trance. No escucho lo que dice. Pestañeo un par de veces para salir del embelesamiento.

—Perdona, tenía la cabeza en otro sitio. ¿Podrías empezar de nuevo? No te escuché.

—Sí, claro —dice, con una sonrisa que muestra unos dientes que terminan de destruirme. La sonrisa perfecta, unos labios que dan ganas de besar, morder, entre otras cosas que mejor ni pensar. ...Concéntrate, Gonzalo, me reprendo mentalmente.

—¿Qué quieres saber? ¿Si te voy a robar, o si corres peligro por traerme a tu casa?

Todo eso lo dice sacando un lápiz del bolsillo, sosteniendo su pelo en una coleta que enrosca para hacer un moño, haciendo un torniquete y atravesando el lápiz para que quede recogido.

—No, no es eso. Dime, ¿qué edad tienes? ¿Cuál es tu especialidad, doctora de qué área, y en dónde trabajas? ¿Tienes padres, familia, alguien?

No sé cómo describir sus ojos: se agrandan, y levanta la mano para detener mis preguntas, que salen como disparos de metralleta.

—Espera, espera. Son muchas a la vez, y las responderé. Pero.....eso sí. No te adelantes a juzgarme por mi edad, ¿sí?

— Bien, te escucho. — Tiene toda mi atención.

—Tengo casi 16 años, pero mentalmente tengo el doble. ¿Me explico?

Y ahí casi se me descoloca la mandíbula.

— No puede ser....... eres una niña...




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