Gazo (que comience el juego) Borrador

Cap 14. 1° día como secretaria.

Ámbar

Llegué quince minutos antes, como tenía por costumbre para todo.

En la recepción del piso ejecutivo, una mujer mayor me esperaba con una carpeta.

—Ámbar Whitmore, ¿verdad? Bienvenida. Soy Deborah, llevo la administración del piso. El señor Castellano está esperando esta documentación.

—Gracias.

La seguí. Parece que tienen algo que tratar.

El nombre en la puerta dice: Ricardo Castellano — Director General.

Deborah golpeó dos veces y abrió sin esperar respuesta. Bueno, se tienen confianza.

—Su nueva secretaria, señor. Ya tiene la carpeta que me pidió entregarle.

El hombre se levantó del escritorio. Cuarenta y tantos, traje impecable, y la clase de sonrisa que se ejercita frente a un espejo.

—Ámbar, buen día. Qué bueno que llegó antes.

Me extendió la mano. El apretón duró unos segundos más de lo necesarios.

—El placer es mío, señor Castellano.

—Ricardo, por favor. Aquí adentro no somos tan formales.

Mi gesto dejó claro que no me comprometía a nada y tomé asiento frente al escritorio.

—Le explico cómo funciona esto. Los primeros tres meses son de evaluación. Si todo va bien, pasa a un contrato de tres a seis meses, con posibilidad de quedar fija después.

—Entendido.

Mi intención no es quedarme más que eso.

—Su antecesora duró cuatro días.

Levanté una ceja.

—¿Cuatro días?

—No estaba a la altura del ritmo. Aquí las cosas se mueven rápido y no tengo paciencia para explicar dos veces lo mismo.

—No la va a necesitar conmigo —le aseguré.

Algo en mi respuesta o en el tono lo hizo sonreír de una manera distinta. Más genuina. Más peligrosa.

—Eso espero.

Revisó unos papeles y los deslizó hacia mí.

—Primera prueba de fuego. La empresa cierra una fusión importante el jueves. Necesito un dossier ejecutivo completo: análisis financiero comparativo, proyección a cinco años y un resumen de riesgos regulatorios en las tres jurisdicciones donde operamos. Todo con fuentes verificables, listo para la sala de directorio.

Miró su reloj.

—Son casi las nueve. Lo necesito antes de las cuatro.

—¿Tiene acceso a los balances de ambas compañías?

—Se los mando ahora mismo a su correo.

—Entonces, a las cuatro lo tiene listo.

Trabajé sin pausa. Crucé los balances, armé las proyecciones y organicé el análisis regulatorio por país. A las tres y media, el dossier estaba impreso, encuadernado y sobre mi escritorio.

Golpeé la puerta.

—Adelante.

Entré y le extendí la carpeta. La abrió y pasó las páginas despacio.

—¿ Está completo antes de las cuatro, en serio?

—Me dijo antes de las cuatro no? —respondí, intentando mantener la profesionalidad.

Me miró como si estuviera recalculando algo, mientras se acercaba.

—Impresionante. La mayoría tarda dos días en armar algo así.

—Gracias a mi preparación no soy como la mayoría.

Se acercó otra vez. Huele bien. Y está demasiado cerca .

—Tiene que salir a festejar esto. Conozco un lugar excelente, podríamos...

—Prefiero guardar el festejo para cuando termine la evaluación, señor Castellano. Doy un paso atrás.

Mi sonrisa fue profesional, cerrada como una puerta de bóveda.

Él retrocedió con elegancia, y una sonrisa coqueta.

—Ricardo, por favor. Suspira. Ese es mi nombre.

Su confianza en mí segundo día no me agrada.

—Con permiso, me retiro si no necesita nada más.

Estiré el brazo hacia la puerta.

—Adelante, por el momento es todo.

Salí de la oficina y volví a mi escritorio.

Me senté.

Respiré.

Nada en mi cara mostraba lo que sentía.

Pero una parte, la que había aprendido a leer intenciones antes que palabras, ya había anotado mentalmente algo:

Ojo con este.




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