Gema Roja: E.E.I.D.A

Capítulo 1

En cierto período del año, cuando el verano y el otoño se aproximaban, las noches en Malbeno eran coronadas con una luna llena y alabadas por sombras crepitantes del mundo terrenal. Esa frágil capa de cristal fluía por encima de mi cabeza, estancándose o arremolinándose alrededor de estrellas, dispersas y de colores vivos. Incluso bajo el paradigma de mis nuevas habilidades sensoriales, la comuna seguía viéndose como una inmensa trampa para la gente, con o sin poderes.

No fue difícil dar con aquella manifestación del pasado, donde el trabajo eclesiástico, esotérico y médico se unían dentro de las mismas paredes, tomando una forma arquitectónica confusa, pero nada llamativa o innovadora. La uniforme parte inferior se combinaba con una tétrica, la cual constaba tanto de habitaciones, como pequeños rincones que no lograba explicar; el flash de la cámara clásica no se esforzaba en pasar desapercibido, pero mis pasos eran, literalmente, más rápidos bajo el velo de la noche.

De cerca, los bloques de roca grisácea de aquella casona, se apilaban de la forma más desprolija e inestable posible. Ese castillo medieval en miniatura, oculto detrás de un par de novedosos edificios en construcción y propiedades particulares, formaba parte de la intrínseca cotidianidad de Malbeno. Su laberíntico jardín delantero, pilares sin esquinas, ventanas de forma extraña y disposición de los tejos sobre habitaciones superiores, transmitían una sensación agradable, “añeja” a los sentidos, pero del todo inesperado.

No me apetecía meterme a una morgue más grande de lo que, a mi parecer, un pueblo como ese requería, pero la testarudez de mi compañera y mi necesidad por develar los secretos sobre la gema que llevaba incrustada en mi pecho, eran motivos suficientes para mantenerme despierta. Las instalaciones del hospital Remedios del Vid (antes de ello, residencia del mismísimo Güilla) dejaron de funcionar sin explicación aparente la semana anterior, así que se trasladó la mayoría de cuerpos a la morgue de una vieja institución médica en desuso.

—Mírate, ya hasta el aspecto de justiciera tienes. Te falta el antifaz —Hura preparó su dañada cámara.

—Me enviaste modelos por chat, cada uno era más ridículo que el anterior —me quité la capucha—. ¿Dónde está Ian?

—No vino, el muy cobarde. Dijo que tenía clases —encendió las linternas, que no iluminaban demasiado—. Al cuerno, no lo necesitamos, entremos de una vez.

El interior del hospital tenía su voz propia, carrasposa y de difícil comprensión, que no se oía de manera convencional, sino que una debía captar sus señas desordenadas. Sin verbo ni subjetivo, mayúscula o punto aparte, tan solo una gestualidad primitiva, donde cada pequeño rasguño en sus paredes, trazaba una fracción del invisible mensaje, el cual, podía resumirse en la orden “vete”.

Repentinamente, casi sin darnos cuenta, nos vimos rodeadas por hierbas altas y arbustos marchitos, comunes de encontrar en pantanos y marjales, repletas de puntiagudas terminaciones, espinas y raíces invasoras, perforadoras de maderas y rocas. La fétida vegetación conformaba una simbiosis mágica y antinatural con estantes repletos de libros, archivos y periódicos, cuya lignina y tinta, sensibles a la luz y flashes, se descomponían a la sombra de la sociedad moderna y sus tendencias. Cada tanto, me topaba con pilas de ladrillados blanquecinos (posiblemente mármol), apilados sobre sí mismos a duras penas.

La amarillenta y marchita celulosa, se impregnaba en mi ropa con cada caricia, sus palabras, atrofiadas por el oxígeno, eran las mismas que las nuestras, pero expresaban ideas y conceptos lejanos al ciudadano promedio actual. Esos reportes intentaron noticiar, predecir e influir sobre el vulgo, como cualquier relato ficticio, pero en su avinagrado y aburrido hilar, compusieron, quizás, más misticismos que el mismísimo bestiario del fundador.

—Quien haya decorado estas habitaciones, no tenía buen gusto —exclamé—. ¿Qué sucedió aquí?

—El municipio no siempre tiene fondos para mantener al ras del suelo el césped.

—Eso no explica las enormes raíces en las paredes.

—¡Ay! Algo me rozó el pie.

—No te alejes demasiado —a medida que la delgada línea entre lo asombroso y lo macabro desaparecía, mi pecho palpaba un peligro inminente y comenzaba a brillar.

Evadí una mordida sorpresa y nos empujé a ambas fuera del peligro en el último segundo, al tiempo que mi corazón daba un vuelco, mis párpados se abrían todo lo que podían y mis fosas se atracaban de aire. En el poco tiempo que llevaba en Malbeno, presencié eventos y enfrenté seres que, de igual manera, escapaban a todo intento comprensión (incluso yo misma me convertí en una excepción), pero aquella manifestación de corrupción, majestuosa y nefasta, no tenía comparación.

Grandes raíces, plagadas de extrañas manifestaciones rúnicas, se extendían por el suelo y derramaban una savia de sus nervios desgarrados; sus afiladas hebras, fibras vegetales y tubérculos partían el suelo y se aferraban a estantes, murales y pilares, trazando un perímetro cada vez más pequeño, mientras una peligrosa flor de tres metros, pétalos verdosos y púas, afiladas y finas, se agitaba vertiginosamente sobre nosotras. No era botánica, pero entendí sus intenciones a la primera, después de todo, éramos las únicas porciones de carne que de seguro bajaban allí en mucho tiempo.

—¡Sellaron la salida! —especímenes mas lentos y de tallo más corto emergieron.

—¡Busca una! —contuve los grandes dientes.

—¡Voy, voy! —patinó en el agua estancada, esquivando las espinas y pétalos cortantes.

La planta mayor me mascó como a un hueso, arrancando impíamente pedazos de mi ser. Mi cuerpo sanaba con mayor velocidad, mi carne se unía y el tejido cicatrizaba, pero, si pretendía sacarnos a ambas de allí, no podía darme el lujo de paralizarme ni detenerme a quejarme del dolor. Me antepuse a la idea de morir devorada y rodé por el suelo lo mejor que pude, combatí contra sus esquejes, los agujeros en mi abdomen, mis pensamientos negativos y la necesidad compulsiva de encontrar alguna claridad en ese oscuro e intolerable dolor.




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