El viento soplaba suavemente sobre el inmenso descampado, haciendo ondular el pastizal verde como si fuera un mar bajo el sol de la tarde. A varios metros de altura, el silencio de la naturaleza se vio interrumpido por el silbido del aire cortándose a presión.
—¡Hey, Genzai! ¡Mantén los hombros relajados o vas a terminar cayendo otra vez! —gritó Tonba, deslizándose por los cielos con soltura.
Tonba giró sobre su propio eje en pleno aire, describiendo una curva limpia y precisa antes de quedar flotando de frente a su amigo, cruzado de brazos y con una sonrisa engreída. Movía su cuerpo en la atmósfera como si caminara por el suelo de su casa.
A unos metros de él, Genzai luchaba contra su propio cuerpo.
—¡Es... es más fácil decirlo que hacerlo! —refunfuñó Genzai, apretando los dientes.
Genzai, estaba concentrado al máximo solo para mantenerse a flote. Sus pies daban pequeños tirones en el vacío y su postura lucía rígida, como si el aire fuera una sustancia densa que intentaba empujarlo hacia abajo.
Quiso imitar el giro de Tonba para ponerse a su nivel, pero al inclinar el torso hacia un lado, perdió el centro de gravedad.
—¡Woah, woah, woah! —exclamó mientras salía disparado en una trayectoria torpe y descontrolada.
Brazo y piernas se agitaron en vano hasta que descendió en picada. Pasó a escasos centímetros de la copa de un árbol y terminó impactando contra el suelo, derrapando unos metros sobre el pasto seco hasta detenerse de rodillas.
—Ay... mi espalda —murmuró Genzai, levantándose mientras se sacudía la tierra de la ropa.
Tonba descendió a toda velocidad, frenando en seco a medio metro del suelo para quedar flotando horizontalmente antes de posar suavemente los pies en la tierra. No pudo contener una carcajada.
—Si un guerrero de verdad te ve volar así, se muere... pero de la risa —bromeó Tonba dándole una palmadita en la espalda—. Estás gastando el doble de energía solo en mantenerte firme. Tienes que dejar que el flujo circule, no forzarlo.
—Sé cómo se hace teóricamente —respondió Genzai, ajustándose las cintas de sus guantes y volviendo a ponerse de pie con mirada decidida—. Pero cuando estoy allá arriba, mi cuerpo se tensa. Siento que en cualquier momento la gravedad me va a aplastar.
—Bueno, menos charla y más práctica. ¡A ver si le das a esto!
Sin previo aviso, Tonba se impulsó hacia adelante. En un parpadeo recorrió los pocos metros que los separaban, lanzando un puñetazo directo al rostro de Genzai.
Genzai reaccionó por instinto: ladeó la cabeza justo a tiempo para esquivar el puño de Tonba, sintiendo la ráfaga de aire caliente pasar a un milímetro de su mejilla.
Apoyó la pierna trasera firmemente en el suelo y devolvió un barrido de pierna para desequilibrar a Tonba, pero su amigo dio un salto hacia atrás, flotando apenas a centímetros del pasto para esquivar el golpe.
El intercambio de golpes continuó durante varios minutos. Los puños y patadas de Tonba eran más veloces y precisos, obligando a Genzai a mantenerse a la defensiva, bloqueando con los antebrazos y retrocediendo paso a paso.
«Es más rápido que yo... si sigo así, me va a acorralar», pensó Genzai, sintiendo el sudor correr por su frente.
Decidido a dar un golpe de efecto para acortar la ventaja de Tonba, Genzai dio un salto hacia atrás para ganar espacio. Cerró los puños con fuerza y concentró todo el flujo de su energía interna en la palma de su mano derecha.
—¡Toma esto! —gritó Genzai.
Una pequeña esfera de energía azulada y chispeante comenzó a manifestarse sobre su mano. Sin embargo, la chispa duró apenas un segundo. La energía tembló de forma inestable, volviéndose errática hasta que se evaporó con un siseo, dejando solo un rastro de humo tenue saliendo de su palma.
El esfuerzo repentino fue devastador. A Genzai se le doblaron las rodillas; sintió un mareo instantáneo y su respiración se volvió pesada y agitada. Estaba exhausto, como si hubiera corrido un maratón en tres segundos.
Tonba, que había adoptado una postura de defensa esperando el ataque, relajó los brazos y suspiró con una mezcla de empatía y gracia.
—Otra vez la exprimiste demasiado rápido, Genzai —dijo Tonba, acercándose para ofrecerle la mano y ayudarlo a levantarse—. Intentas soltar todo el poder de golpe en lugar de darle forma. Es como querer sostener agua con los puños cerrados: se te escapa entre los dedos.
Genzai aceptó la mano de su amigo y se puso de pie con dificultad, limpiándose el sudor de la cara con el antebrazo. Miró su propia palma, aún tibia por la energía disipada.
—Lo sé... pero siento que hay algo dentro de mí que quiere salir y no sé cómo abrir la llave —dijo Genzai con la mirada fija en el horizonte—. No quiero quedarme estancado en este nivel, Tonba. Algún día quiero luchar al nivel de los grandes...
—Tranquilo, lo lograrás. Los grandes no nacen, se hacen —afirmó Tonba.
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Editado: 10.10.2026