Si hay algo que aprendes viviendo en Venecia, es que los canales tienen un olor muy específico en verano y que los clichés románticos son un invento publicitario para sacarle dinero a los turistas. Todo el mundo cree que esta ciudad es el epicentro del amor eterno gracias a las góndolas y los atardeceres sobre el Puente de Rialto, pero la realidad es que Venecia es principalmente humedad, una humedad que me encrespa el cabello, escalones resbaladizos y palomas con intenciones hostiles.
Por eso, mientras me untaba una capa espesa y verdosa de mascarilla de arcilla en la cara, me sentía completamente inmune a la magia veneciana.
El apartamento estaba en un silencio glorioso. Mis padres se habían ido esa misma mañana a un congreso de negocios en Milán que se extendería por dos semanas enteras. Dos semanas de absoluta libertad. Sin nadie que me controlara los horarios, sin nadie que me cuestionara por cenar cereales a las tres de la mañana y, sobre todo, con la casa convertida en la sede oficial de nuestro grupo de amigos.
-te juro que no entiendo tu cinismo, Soph
Dijo Mía, apoyada contra el marco de la puerta del baño mientras agitaba un frasco de esmalte de uñas rosa pastel.
-vivimos en la ciudad más romántica del planeta. Es casi una falta de respeto al patrimonio cultural que no creas en el amor a primera vista. O al menos en las mariposas en el estómago
-Mía, las mariposas en el estómago son solo gastritis o indigestión por comer demasiado gelato de pistacho
Respondí, mirándome al espejo para asegurarme de que no me quedara ningún espacio del rostro sin cubrir de arcilla.
-y las películas románticas han arruinado las expectativas de nuestra generación. Te venden la idea de que un chico te va a mirar a través de una multitud, sonreirá, sonará una canción pop de fondo y todo será perfecto. En la vida real, un chico te mira fijo porque tienes un pedazo de orégano atascado entre los dientes
Mía rodó los ojos con esa elegancia británica que ni siquiera ocho años viviendo en Italia habían logrado quitarle.
-eres una causa perdida
Suspiró, siguiéndome hacia la sala, donde habíamos montado un campamento improvisado con mantas, cojines gigantes y una pila de comedias románticas que habíamos puesto de fondo solo para criticarlas.
-pero ya verás. Este último año antes de la universidad va a cambiar tu perspectiva. El destino tiene un sentido del humor muy retorcido
-mi perspectiva está perfectamente bien ajustada a la realidad, gracias
Repliqué, dejándome caer sobre la montaña de cojines.
-además, tenemos cosas más importantes en qué pensar. En unos meses nos vamos juntas a la universidad y tenemos que disfrutar cada segundo de este verano sin dramas innecesarios. Cero chicos, cero enamoramientos, cero complicaciones. Solo nosotras
Mía sonrió, aunque había un brillo sospechoso en sus ojos claros. Estaba a punto de decir algo profundísimo sobre sus últimos pensamientos románticos cuando, exactamente a las nueve y diez de la noche, el timbre del apartamento resonó por todo el pasillo.
Nos quedamos congeladas.
-¿Esperas a alguien?
Preguntó Mía, frunciendo el ceño.
-mis padres no pueden ser... y Daniel simplemente habría gritado desde su balcón o usado su llave de emergencia si estuviera muriendo de hambre
Me levanté del suelo, arrastrando las pantuflas, y me acerqué a la puerta. No me molesté en mirar por la mirilla. Error de principiante. La abrí de par en par lista para regañar a quienquiera que osara interrumpir nuestra sagrada velada de mascarillas.
Al otro lado de la puerta no había ningún repartidor despistado.
Había un chico alto, rubio, con el cabello perfectamente despeinado, una sonrisa de suficiencia que rozaba lo ilegal y dos cajas de pizza de la Pizzeria da Primo en las manos.
Jake Thornton.
-¡Hola, vecina temporal!
Exclamó Jake con un entusiasmo francamente desmedido, echando la cabeza hacia atrás al verme.
-vaya. Veo que te has disfrazado de Shrek para recibirme. Un detalle muy considerado, Sophie. El verde resalta el color de tus ojos
Apreté los dientes, sintiendo cómo la mascarilla de arcilla comenzaba a endurecerse trágicamente en mi piel, congelando mi expresión de disgusto.
-¿Qué demonios haces aquí, Jake?
Pregunté, cruzándome de brazos en el umbral para bloquearle el paso.
-esta es una noche solo de chicas. Lo dejamos muy claro en el chat grupal. La palabra "chicas" no incluye a hermanos mellizos pesados
-oh, vamos, Sophie, ¿Es esa la forma de recibir a un héroe?
Jake dio un paso al frente de manera audaz, ignorando por completo mi barrera física, y levantó las cajas de pizza a la altura de su rostro. El olor a queso fundido, albahaca y ajo inundó el pasillo de inmediato.
-mamá me dijo que Mía se había venido a quedar a tu casa porque tus padres están fuera, y como sé que ninguna de las dos sabe cocinar nada más complejo que agua hervida, me preocupé por la salud nutricional de mi hermana. Y por la tuya, claro
-mi hermano es un mentiroso patológico
Intervino la voz de Mía desde la sala. Un segundo después, mi amiga apareció a mi lado, mirando a su mellizo con los brazos cruzados.
-mamá está en una cena de trabajo y tú solo querías una excusa para no cenar solo en casa
-detalles menores
Desestimó Jake con un gesto de la mano, colándose hábilmente por el pequeño espacio entre el marco de la puerta y mi hombro.
-lo importante es que traje pizza de pepperoni con borde relleno de queso. De nada
-Jake, no puedes simplemente irrum...
Empecé a decir, dándome la vuelta para enfrentarlo.
Pero él ya se había adueñado de mi sala. Dejó las cajas de pizza sobre la mesa de centro, se quitó la chaqueta vaquera y la tiró despreocupadamente sobre el sofá antes de dejarse caer en medio de nuestro campamento de mantas. Se acomodó entre los cojines como si fuera el rey de Venecia, cruzó las piernas y me dedicó una de esas sonrisas seguras que probablemente practicaba frente al espejo desde los doce años.
Editado: 09.10.2026