Góndolas, caos y otros clichés

Diario de Sophie

Venecia, 10 de junio
Si hay una lección definitiva que aprendí hoy, es que en las películas, el héroe llega, te mira a los ojos con la luz del atardecer sobre el Gran Canal y suena una música perfecta de fondo. En mi vida, la noche empieza con una mascarilla verde de arcilla que me congela las expresiones faciales, sigue con Jake invadiendo mi casa con pizza de borde relleno y termina con la cocina tapizada de humo negro y polvo de extintor.
Mis padres se fueron esta mañana a un congreso en Milán por dos semanas enteras. Dos semanas que se suponían que serían nuestro santuario de libertad, el campamento oficial de nuestro grupo para disfrutar del último verano antes de la universidad. Cero complicaciones, cero dramas, cero chicos. Solo Mía y yo criticando películas absurdas entre montañas de cojines. Pero el destino tiene un sentido del humor nefasto.
A las nueve y diez de la noche, Jake decidió romper la primera regla de nuestra velada de chicas, se burló de mi cara verde, se acomodó en mis cojines y logró que Mía le diera asilo en mi propio sofá.
Pero el verdadero caos comenzó cuando a Jake no le bastó con invadir mi noche, sino que también decidió jugarla de chef y terminó quemando una bandeja de brownies hasta casi incendiar la cocina.Y ahí fue cuando la puerta se abrió de golpe y apareció Daniel.
Cruzó el pasillo cargando un extintor con la determinación de quien va a una guerra, empujó a Jake para sofocar las llamas y en tres segundos la cocina se convirtió en un campo de batalla entre dos gallos de pelea. La tensión entre ellos era tan densa que el aire quemado pasó a segundo plano. Daniel estaba fuera de sí, gritándole a Jake por ponerme en peligro,Jake le devolvía los gritos con ese tono defensivo tan suyo, acusándolo de ser un sobreprotector que se cree el dueño del departamento.
La escena terminó de volverse completamente surrealista cuando entró Bianca, en pijama de dinosaurio, a exigirnos que paráramos de gritar porque le hacíamos doler las orejas a su elefante de peluche. Tuve que tomar el mando con mi cara verde y llena de hollín. Pero lo que me dejó el corazón latiendo a mil por hora no fue el fuego ni los gritos. Fue el comentario inocente que Bianca soltó antes de que Daniel casi se cayera de la silla para callarla.
Miro la mascarilla de arcilla guardada en el baño y el olor a humo que todavía flota en la sala. Daniel con su sobreprotección silenciosa y sus recuerdos guardados a escondidas, Jake instalado en mi sofá con su sonrisa brillante y sus ganas constantes de sacarme de casilla. Mi plan de un verano tranquilo y libre de dramas duró exactamente doce horas. Esto recién empieza y ya siento que Venecia nos va a consumir a todos.




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