Góndolas, caos y otros clichés

Capítulo 2

Si había algo capaz de lograr una tregua temporal entre la arrogancia de Jake y el orgullo territorial de Daniel, eso era la comida de los abuelos de Emerson.
La casa de los Rossi quedaba a unas cuantas calles de la de los mellizos, escondida en un rincón tranquilo donde los canales se volvían más angostos y las ropas colgadas de balcón a balcón le daban un aire nostálgico. Entrar a esa vivienda era como cruzar un portal directo de Venecia a Buenos Aires. El olor a carne asada, empanadas recién horneadas y vapor de agua caliente con yerba te envolvía desde el recibidor, mientras el abuelo de Emerson tarareaba un tango desde la cocina y su abuela nos recibía con besos sonoros en las mejillas a cada uno.

-¡Pasen, pasen! ¡Pero qué flacos están todos! En esta ciudad pura pasta y agua los van a dejar transparentes

Nos regañó Doña Beatriz, empujándonos hacia el patio trasero mientras nos ponía un plato de empanadas calientes en las manos.
Nos acomodamos alrededor de una gran mesa de madera de roble bajo la sombra de un emparrado. Daniel se sentó a mi izquierda con esa naturalidad de quien se sabe con derecho de piso por haberme acompañado desde que usábamos pañales. Jake, por su parte, no perdió el tiempo y se deslizó en la silla a mi derecha, dedicándome una sonrisa descarada que juraba haber perfeccionado esa misma mañana frente al espejo. Mía se acomodó frente a nosotros, y Emerson, el anfitrión absoluto, presidía la cabecera luciendo un termo bajo el brazo y un mate en la mano.

-bueno, che, bienvenidos al templo de la buena vida

Anunció Emerson con su inconfundible acento argentino, mientras le pasaba el mate a su abuelo.

-hoy no se habla de la preparatoria, no se habla de la universidad y, sobre todo, no se rompe nada. Mirá que si me queman el patio como quemaron la cocina de Sophie ayer, mi abuela los pone a barrer las calles de la plaza San Marco
-eso fue un accidente aislado

Se defendió Jake, cruzándose de brazos y lanzándole una mirada rápida a Daniel.

-un accidente propiciado por un pirómano con pretensiones de chef

Murmuró Daniel, dando un sorbo a su copa de limonada con total indiferencia.

-¿Quieren calmarse un segundo?

Los interrumpí, dándoles un codazo suave a cada uno a los lados. Ambos protestaron al mismo tiempo, pero finalmente guardaron silencio.
Mientras los chicos se distraían discutiendo si la pizza italiana era mejor que la pizza argentina, Mía le hizo una seña rápida a Emerson con las cejas. Los dos se levantaron con la excusa de buscar más hielo y desaparecieron hacia la cocina interna.
Por supuesto, no fui tan ingenua como para no sospechar. Con la excusa de ir al baño, me levanté discreetamente de la mesa y me acerqué a la ventana que daba al pasillo interno.
Allí estaban los dos conspiradores, inclinados sobre una libreta con tapa de cuero que Emerson guardaba celosamente.

-te lo digo yo, Eme

Susurraba Mía con ese entusiasmo maquiavélico que solo reservaba para sus mejores planes.

-Daniel tiene la ventaja de la infancia, pero Jake va con todo. Anota diez euros a favor de que Jake le saca una cita antes del fin de semana
-ni en pedo, Mía

Repuso Emerson, anotando con un bolígrafo rojo en una tabla perfectamente diagramada.

-Daniel juega de local. Se conocen de memoria, la hermanita es su espía y el chabón vive a medio metro de su habitación. Yo le pongo quince euros a que Daniel hace una jugada nostálgica durante la regata

Se me cayó la mandíbula, ¡Habían armado una "Tabla de Apuestas" sobre mi vida amorosa! Un triángulo del que yo ni siquiera había pedido formar parte, y mis dos mejores amigos estaban lucrando a costa de las torpezas de Jake y Daniel.

-son unos desvergonzados

Murmuré para mí misma, prometiéndome ajustar cuentas con ellos más tarde. Regresé a la mesa justo antes de que volvieran con una enorme jarra de jugo y la libreta sospechosamente oculta en el bolsillo de Emerson.
Después de devorar dos docenas de empanadas y dejar la mesa limpia, Emerson decidió que era el momento perfecto para su entretenimiento favorito: juegos de mesa y retos absurdos.

-para cerrar este banquete patrio

Declaró Emerson con solemnidad, colocando en el centro de la mesa un frasco de vidrio lleno de una salsa espesa, verde y llena de condimentos y trozos de chile.

-tenemos una prueba de fuego. En Argentina esto es sagrado, pero hoy lo vamos a usar para el juego de la botella
-¿Qué es esa porquería?

Preguntó Jake, mirando el frasco con desconfianza.
Emerson sonrió con una malicia que debió haber encendido todas las alarmas en la cabeza de Jake.

-¿Cómo que porquería, hermano? Esto es una delicia nacional. Es... un pesto veneciano tradicional pero con un toque especial de la casa de mi abuela. Pesto norteño. Una delicia suave, dulce, casi como una mermelada de albahaca

Daniel, que conocía la comida argentina tanto como yo por haber venido a esta casa mil veces, abrió la boca para hablar, pero Emerson le dio un pisotón sutil debajo de la mesa. Daniel ahogó un quejido, miró el frasco, miró a Jake y decidió cerrar el pico, esbozando una sonrisa malévola.
Giraron la botella de vidrio sobre la mesa. Dio tres vueltas rápidas hasta que la boquilla apuntó directamente a Jake.

-bueno, rubio, te tocó el reto

Dijo Emerson, tomando una cuchara sopera y llenándola hasta el borde con el chimichurri picante concentrado.

-como sos nuevo en la gastronomía de alto nivel, tenés que comerte una cuchara entera de este "pesto tradicional" sin tomar agua durante un minuto entero. Si lo hacés, Sophie te tiene que dar un abrazo
-¡Hey! ¡Yo no acepté formar parte de este chantaje!

Protesté, pero Mía ya me estaba sujetando del brazo para que no interfiriera, conteniendo la risa.
Jake miró la cuchara, luego me miró a mí y finalmente infló el pecho con esa arrogancia ciega que lo caracterizaba.




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