Góndolas, caos y otros clichés

Capítulo 3

[Narra Sophie]
El Teatro Goldoni tiene esa atmósfera antigua y elegante que te hace sentir dentro de otra época. Sin embargo, toda la magia del entorno se evaporó en el preciso instante en que me di cuenta de lo estrechos que eran los asientos de la zona de palcos.
Daniel estaba sentado a mi lado. Llevaba una camisa azul oscuro que resaltaba sus ojos y el cabello ligeramente peinado hacia atrás, aunque un par de mechones rebeldes le caían sobre la frente. Olía increíblemente bien, a una mezcla de cítricos y agua de colonia fresca que me distraía mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Durante el primer acto de la obra, intenté concentrarme en los actores sobre el escenario, pero la cercanía de Daniel era una presencia constante. Cada vez que él se reía de un chiste del actor principal, su hombro rozaba el mío, enviando una chispa extraña directo a mi estómago.
En un momento de la función, ambos intentamos acomodar el brazo en el único apoyabrazos disponible entre nuestras sillas.
Nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto suave, rápido, apenas el roce de la piel tibia de su meñique contra el mío, pero se sintió como si una corriente eléctrica hubiera cruzado el palco. Los dos retiramos la mano de inmediato, como si la madera estuviera ardiendo.
Giré la cabeza disimuladamente para mirarlo. Daniel ya me estaba mirando. En la penumbra del teatro, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad tranquila, y sus labios se curvaban en una sonrisa pequeñita, casi tímida, que hizo que mi corazón diera un vuelco absurdo.

-perdón

Susurró, inclinándose hacia mí. Su aliento rozó mi oreja y sentí que la mascarilla de arcilla de la noche anterior me hubiera venido bien para ocultar el sonrojo.

-descuida

Murmuré, devolviéndole la mirada antes de enfocarme rápidamente en el escenario, obligándome a respirar con normalidad. Es Daniel. Es tu vecino. Tranquilízate, Sophie.
Cuando la obra terminó y salimos al vestíbulo, la realidad veneciana nos golpeó de lleno. Las sirenas de la ciudad estaban sonando a lo lejos con su tono grave y pausado: el aviso oficial de Acqua Alta.
Al cruzar las puertas del teatro hacia la calle, descubrimos que el agua del canal ya había desbordado las orillas, cubriendo los adoquines con una capa líquida de unos veinte centímetros que reflejaba las luces de las farolas. Los operarios municipales ya habían desplegado las tradicionales pasarelas elevadas de madera para que los peatones pudieran caminar sin mojarse.

-vaya

Dijo Daniel, mirando el panorama.

-parece que el camino a casa va a ser una aventura

Las plataformas de madera eran estrechas, estaban mojadas por la llovizna y se tambaleaban ligeramente con el paso de la gente.

-pasa tú primero

Me dijo Daniel, poniéndose detrás de mí.
Subí a la plataforma, pero al dar el tercer paso, el zapato se me resbaló en la superficie húmeda. Solté un pequeño grito y perdí el equilibrio hacia la derecha.
Antes de que pudiera caer al agua helada, la mano de Daniel se cerró con firmeza alrededor de la mía.
Me sujetó con fuerza, tirando de mí hacia el centro de la pasarela hasta que mi espalda chocó suavemente contra su pecho. Sus brazos me rodearon instintivamente por la cintura para estabilizarme, y durante dos segundos nos quedamos inmóviles sobre la plataforma, escuchando el chapoteo del agua a nuestros pies.

-¿Estás bien?

Preguntó Daniel junto a mi oído, sin soltarme.

-sí... gracias

Logré decir, conteniendo una risa nerviosa al ver lo ridícula que debía verme intentando mantener el equilibrio como un flamenco torpe.

-no te voy a soltar

Afirmó él con determinación. Entrelazó sus dedos con los míos, firmes y cálidos.

-caminemos así. Si te caes tú, nos caemos los dos

Avanzamos lentamente por la pasarela, tomados de la mano. Yo intentaba desesperadamente contener las carcajadas por lo absurdo de la situación, mientras Daniel ponía una cara de concentración épica para mantener el equilibrio de ambos, dándome pequeños tirones cada vez que la plataforma se movía. Era un momento extrañamente dulce, una escena que parecía sacada de una película cliché de las que yo tanto criticaba...
hasta que el destino decidió enviar a su comediante estrella.

-¡No teman! ¡El rescate ha llegado!

Resonó una voz dramática desde el extremo del puente.
Apareció Jake. Llevaba una chaqueta impermeable brillante y unas enormes botas de agua amarillas hasta las rodillas que le quedaban ridículamente grandes. Caminaba a grandes zancadas por la orilla inundada como si fuera un héroe de acción atravesando un pantano.

-¿Jake? ¿Qué demonios haces aquí?

Exclamé, deteniéndome en seco sobre la plataforma, aún sujetando la mano de Daniel.

-¡Vine a salvarte de morir ahogada y de morir de aburrimiento con este sujeto!

Declaró Jake con un tono heroico, dándose un golpe en el pecho.

-nadie necesita que lo salven, Thornton

Dijo Daniel, rodando los ojos pero sin soltar mi mano.

-estábamos caminando perfectamente bien
-por favor, Bellini, si se están congelando ahí arriba

Dijo Jake, haciendo un gesto despectivo con la mano mientras daba un paso audaz hacia adelante.

-Sophie, dame la mano, te bajo de esa madera inestable y te llevo a...

Jake no pudo terminar la frase.
En su afán por hacer una entrada triunfal y acercarse a mi lado de la pasarela, no vio el escalón sumergido del muelle. Su bota de agua resbaló en una capa de verdín congelado sobre el borde del canal.
El tiempo pareció detenerse. Los brazos de Jake se agitaron en el aire como las alas de un pájaro desorientado, su cara de confianza se transformó en una de puro pavor y, con un estruendoso e inolvidable... y cayó de espaldas directamente al agua del canal secundario.
El agua helada saltó por los aires, salpicándonos las piernas a Daniel y a mí.




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