Góndolas, caos y otros clichés

Diario de Sophie

Venecia, 18 de junio
Definitivamente, en esta ciudad es científicamente imposible tener un momento romántico normal sin que el universo decida mandar a un comediante de turno para arruinar la escena. Si alguien me hubiera dicho que en menos de cuarenta y ocho horas pasaría de casi tomarle la mano a Daniel en un palco del Teatro Goldoni a ver a Jake naufragar en un canal y a descubrir a una espía de seis años entre las plantas de San Marcos, no lo habría creído.
Todo empezó con la famosa "salida cultural" que le prometí a Daniel. Fuimos a ver una obra al Teatro Goldoni. El ambiente era elegante, antiguo, y Daniel estaba ridículamente guapo con una camisa azul oscuro y ese aroma a cítricos que me tiene la cabeza dada vuelta.
Al salir, el canal había desbordado y las pasarelas de madera estaban resbaladizas por la llovizna. Tuve la brillante idea de resbalar como un flamenco torpe y Daniel me atajó al vuelo, rodeándome la cintura por detrás para no dejarme caer. Era la escena perfecta, digna de la novela romántica más trillada... hasta que apareció Jake, marchando en la oscuridad como un héroe de acción de descuento, equipado con una campera brillante y unas botas amarillas gigantes que debió haberle robado a un marinero. Gritó que venía a "salvarme del aburrimiento y del agua" y, en su intento por dar un paso triunfal sobre el muelle, pisó una capa de verdín helado y se fue de espaldas directo al agua del canal secundario. Verlo emerger lleno de algas, pataleando con las botas amarillas mientras la corriente lo arrastraba dos metros mientras nos gritaba que lo recordáramos como a un héroe, fue demasiado.
Y como si un náufrago en el grupo no fuera suficiente, hoy intentamos tener un paseo tranquilo por la Plaza de San Marcos. Solo Daniel y yo, sin libros de Historia y sin Jake en el horizonte... y por un segundo, cuando se acercó a decirme lo mucho que extrañaba estar a solas conmigo, sentí una calidez hermosa en el pecho.
Pero la paz duró cuarenta segundos. Encontré a Bianca hecha un ovillo entre las plantas, con una gorra gigante y su elefante de peluche, admitiendo con absoluta seriedad que nos estaba haciendo espionaje para ver si Daniel me decía "cosas cursis". Cuando Daniel volvió con los helados y la descubrió, la cara de bochorno, susto y pánico de su hermano fue un poema. Terminé adoptando a Bianca como mi guardaspaldas oficial y obligando a Daniel a comprarle un cono gigante de frutilla para calmar las aguas.
Venecia no nos deja tener un cliché romántico ni aunque lo intentemos. Pero mientras veía a Daniel limpiarle la nariz llena de helado a su hermana y recordaba a Jake flotando con sus botas amarillas, me di cuenta de que este caos desastroso me gusta mil veces más que cualquier película perfecta.




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