El sol del sábado sobre Venecia presagiaba un día de primavera impecable, ideal para disfrutar del aire libre. O al menos, eso era lo que creíamos antes de que la combinación de embarcaciones pequeñas, canales estrechos y dos egos de dieciocho años convirtiera un tranquilo paseo de fin de semana en un circo público.
La idea había sido de Emerson: alquilar un par de botes de madera a remo para recorrer los canales secundarios de Cannaregio, lejos de los tumultos de turistas y de los grandes vaporetos del Gran Canal. La premisa sonaba pacífica, relajante e inofensiva.
El problema empezó en el pequeño embarcadero.
-a ver, nos dividimos en dos botes
Anunció Emerson mientras ajustaba el chaleco salvavidas de Mía.
-Daniel en uno, Jake en otro, y las chicas eligen acompañante
En menos de medio segundo, Daniel y Jake ya estaban parados sobre la madera del muelle con el pecho inflado, listos para extender la mano hacia mí con la galantería de dos caballeros medievales. Sin embargo, antes de que ninguno pudiera articular palabra, Mía soltó un chillido ahogado y se agarró desesperadamente de la manga de mi chaqueta.
-¡Sophie, por lo que más quieras, no me dejes sola!
Suplicó Mía con los ojos desorbitados por un pánico real.
-¡Tienes que venir en el bote conmigo!
Me la quedé mirando durante tres segundos en completo silencio. Luego miré el agua tranquila del canal, miré el bote de madera impecable y volví a mirarla a ella.
-Mía... vives desde hace años en Venecia
Dije, arqueando una ceja.
-tu casa está literalmente flotando sobre pilotes de madera. Nadas desde los cuatro años, ¿Me estás diciendo que te da miedo subirte a un bote de remo en un canal de un metro y medio de profundidad?
-¡No es el agua, son los remos!
Se defendió Mía, poniéndose roja como un tomate mientras Emerson ahogaba una carcajada a su lado.
-¡Tengo cero coordinación viso-motora! Si voy sola o con uno de estos locos, voy a volcar el bote o voy a perder un remo y voy a terminar a la deriva en el Mar Adriático, ¡Por favor!
-es un temor ridículo, Mía, francamente absurdo
Me reí, dándole una palmadita en la espalda mientras no podía contener las risitas.
-pero está bien. Subamos juntas. Yo remo
Daniel y Jake se quedaron con los brazos extendidos en el aire, congelados en su pose dramática. Al ver que yo me subía al primer bote con Mía, la tensión entre los dos se redirigió de inmediato hacia la única opción restante: compartir el segundo bote.
-ni lo pienses, Bellini
Masculló Jake, subiendo al segundo bote con un brinco que hizo tambalear la embarcación.
-yo llevo los remos. Tengo más fuerza en los brazos
-tú no tienes técnica, Thornton
Replicó Daniel, subiendo con agilidad y agarrando el otro par de remos con firmeza.
-nos vas a hacer girar en círculos. Yo voy a remar
-¡A ver si me detienes!
-¡Suelta ese remo!
Emerson prefirió alquilar un kayak individual para presenciar la escena desde una distancia segura. Mía y yo tomamos la delantera por el canal. Yo remaba a un ritmo constante y tranquilo, escuchando a Mía suspirar de alivio mientras sacaba fotos de los balcones florecidos, mientras a nuestras espaldas se escuchaba el choque rítmico y descoordinado de los remos del segundo bote, acompañado por un murmullo incesante de recriminaciones.
-¡Vas muy rápido de la izquierda!
Protestaba Daniel.
-¡Es que tú no le das potencia a la derecha, Bellini! ¡Avanza, avanza!
Poco a poco, lo que debía ser un paseo contemplativo se transformó en una prueba no oficial de velocidad. Empezamos a acelerar el paso porque el bote de los chicos nos pisaba los talones. Jake y Daniel, remando en el mismo bote pero en completa descoordinación, comenzaron a adelantar a otros peatones en la orilla, salpicando agua a su paso y llamando la atención de medio barrio.
-chicos, no es una carrera
Les advertí, girando la cabeza mientras maniobraba suavemente para doblar hacia el canal de Rio di Sant'Alvise.
-el canal se vuelve estrecho más adelante. Tienen que frenar
-¡No me voy a dejar ganar por un tipo que rema como si estuviera batiendo huevos!
Gritó Jake, dándole un tironazo brutal al remo derecho.
-¡Estamos en el mismo bote, idiota! ¡Si ganas tú, gano yo!
Le gritó Daniel, tirando del suyo con la misma furia competitiva.
El bote de los chicos agarró un viro violento y aceleró sin control hacia la curva del canal.
El verdadero desastre esperaba justo detrás de la esquina.
Alineado junto al muro de un antiguo convento, había un puesto flotante de frutas y verduras. Un embarcadero comercial bellísimo, atendido por un simpático comerciante veneciano, atiborrado de cajas de madera llenas de pimientos, naranjas y, sobre todo, kilos y kilos de tomates maduros, rojos y blandos, listos para la venta del día. Había al menos una centena de turistas agrupados en el puente cercano, tomando fotografías del pintoresco mercado fluvial.
-¡FRENEN!
Gritó Emerson desde su kayak, abriendo los ojos de par en par.
-¡DANIEL, EL FRENO!
-¡NO HAY FRENO EN UN BOTE DE REMO, THORNTON! ¡TIRA HACIA ATRÁS!
-¡¿HACIA DÓNDE ES ATRÁS?!
Mía y yo nos cubrimos la boca con las manos en un gesto unánime de pavor.
Daniel tiró hacia la izquierda, Jake tiró hacia la derecha. La fuerza contrapuesta no detuvo la embarcación, solo la hizo salir disparada en una diagonal perfecta y suicida directo hacia el costado del puesto de frutas.
El impacto fue colosal.
La proa del bote chocó de lleno contra el lateral de la plataforma de madera. El impacto hizo volar en el aire tres pirámides completas de cajas de madera. Durante dos segundos que parecieron transcurrir en cámara lenta, cientos de tomates maduros salieron despedidos hacia el cielo como una lluvia roja y trágica, antes de caer como bombas de pulpa sobre el bote de los chicos.
Un silencio sepulcral cayó sobre el canal, roto únicamente por el crujido de una madera y el suave chapoteo del agua.
Los turistas sobre el puente se quedaron petrificados. El comerciante se agarró la cabeza con ambas manos, emitiendo un gemido de pura desesperación en dialecto veneciano.
En el centro del bote, la escena era una obra de arte del absurdo.
Daniel y Jake estaban completamente paralizados. Ninguno de los dos se había caído al agua, pero el resultado era infinitamente peor: ambos estaban cubiertos de la cabeza a los pies por una capa gruesa, roja y jugosa de tomates aplastados. Jake tenía una rodaja de tomate pegada sobre la frente como un parche de pirata y pulpa chorreándole por la chaqueta clara. Daniel sostenía un remo con la mano, congelado, mientras un chorro de jugo de tomate le goteaba desde la punta de la nariz directamente hacia su barbilla.
Mía, Emerson y yo nos quedamos inmóviles en nuestros botes durante tres segundos enteros.
De pronto, un turista en el puente comenzó a aplaudir, pensando que era una performance callejera veneciana. En menos de cinco segundos, cientos de turistas se unieron al aplauso, haciendo detonar decenas de flashes de cámaras fotográficas que iluminaron a los dos "héroes" cubiertos de pomodoro.
Editado: 09.10.2026