El Palacio Pisani Moretta iluminado de noche parecía un escenario salido directamente del siglo XVIII. Las candelabros de cristal de Murano proyectaban reflejos dorados sobre los frescos del techo, mientras los enormes ventanales mostraban las aguas del Gran Canal meciéndose bajo la luna. El centro de estudiantes había tirado la casa por la ventana para organizar el Baile de Máscaras de fin de curso, y la mística del lugar era innegable.
Llegamos todos juntos, luciendo prendas elegantes que rara vez nos poníamos. Mía llevaba un vestido azul noche con una máscara de plumas plateadas, Emerson lucía un traje impecable pero con su toque personal —unas zapatillas converse ocultas bajo el pantalón—, Jake vestía un smoking oscuro con una máscara dorada que le cubría la mitad superior del rostro, y Daniel llevaba un traje de corte clásico con una máscara veneciana de diseño en blanco y negro, austera y elegante. Yo había elegido un vestido color borgoña y una máscara de encaje negro con detalles dorados que se ajustaba a los contornos de mis ojos.
Durante la primera hora, fuimos el grupo más ruidoso de la recepción. Nos tomamos fotos ridículas junto a los espejos antiguos, atacamos la mesa de bocadillos como si no hubiéramos comido en días y Emerson intentó enseñarle a un profesor un paso de tango al ritmo de la orquesta de cuerdas.
Sin embargo, el dinamismo de la fiesta comenzó a fragmentar nuestra pequeña tropa.
Mía vio a unas compañeras de clase y me prometió volver en dos minutos antes de desaparecer entre la multitud. Emerson se escabulló hacia la barra de bebidas para convencer al moho de que le sirviera algo más fuerte que ponche de frutas. Y cuando un grupo de chicos de último año comenzó a discutir acaloradamente sobre el torneo de fútbol local, Jake y Daniel se vieron arrastrados hacia el debate.
Aproveché el momento para alejarme hacia uno de los balcones que daban al canal a tomar un poco de aire fresco. La brisa de la noche era helada y revitalizante. Cuando me giré para regresar al salón principal, la atmósfera del evento había cambiado por completo.
La orquesta clásica se había retirado, dando paso a un equipo de sonido moderno. Las grandes lámparas del techo se apagaron casi en su totalidad, dejando el salón envuelto en una penumbra envolvente, apenas iluminada por tenues luces violetas y cálidas en las esquinas. La pista de baile estaba repleta. Cientos de estudiantes se movían al ritmo de una melodía lenta y envolvente.
Y ahí empezó el verdadero problema.
Con las luces sofocadas y todo el mundo llevando antifaces, encajes y plumas, la identidad de las personas se volvió un enigma indescifrable. Busqué la chaqueta roja de Mía, pero encontré a tres chicas vestidas exactamente igual. Busqué la figura alta de Jake, pero el salón estaba lleno de chicos con máscaras doradas. Busqué la corbata oscura de Daniel, pero la penumbra borraba los colores y los rostros.
-¿Buscando a alguien, señorita Rossini?
Preguntó una voz a mis espaldas.
Me giré de golpe. Un chico estaba de pie a menos de medio metro de mí.
Llevaba un traje oscuro de hombros anchos y una máscara veneciana refinada que cubría desde su frente hasta la curva de su nariz, dejando al descubierto solo sus labios y una mandíbula perfectamente marcada. No podía ver el color de sus ojos ni el de su cabello debido a la luz violeta y a la capucha ligera de la capa que llevaba puesta.
-ma verdad es que perdí a mi grupo
Admití, sonriendo con un toque de timidez mientras ajustaba el encaje de mi máscara.
-el grupo puede esperar
Dijo él. Su voz sonaba un poco baja, distorsionada por el bullicio de la música y el eco del salón, pero tenía una calidez que me resultó extrañamente familiar.
-esta canción es demasiado buena como para pasarla sola en una esquina
Extendió una mano enfundada en un guante negro hacia mí, invitándome con un gesto de elegancia juguetona.
Dudé un segundo.
Antes de que mi cerebro hiperanalítico encontrara una respuesta, la música cambió a un ritmo aún más pausado y dulce. Decidí mandar mis dudas a volar por una noche.
Le di la mano.
Me guio con suavidad hacia el centro de la pista, abriéndose paso entre las parejas enmascaradas. Su agarre en mi mano derecha era firme pero delicado; su otra mano se posó en la curva de mi cintura con una precisión que hizo que un escalofrío me recorriera la columna desde la nuca hasta los pies.
Comenzamos a movernos al compás de la música. Al principio fue un baile lento, casi tímido, pero a los pocos segundos la complicidad entre los dos floreció con una naturalidad pasmosa. Él me giró sobre mi propio eje con destreza, haciéndome reír por lo inesperado del movimiento, y cuando volví a sus brazos, me sostuvo con la distancia justa para mirarme a través de las cuencas de su máscara.
-bailas mejor de lo que esperaba para alguien que odia los clichés
Susurró cerca de mi oído, y su aliento tibio me rozó la piel de la mejilla.
-¿Quién dijo que odio los clichés?
Pregunté, conteniendo el aliento.
-tus ojos me lo dicen. Siempre estás buscando la trampa en todo
Respondió él con una risita suave, una risa que me derribó por completo
El misterioso chico me guio dando un par de pasos más hacia la penumbra de una de las grandes columnas de mármol del salón, lejos de las luces principales y del tumulto de los estudiantes.
La música comenzó a bajar de intensidad, anunciando el final de la canción. Él no se alejó. Al contrario, redujo la distancia entre los dos hasta que la punta de su máscara casi rozó el borde dorado de la mía. Podía sentir el latido acelerado de su pecho contra el mío, la tibieza de sus dedos presionando suavemente mi cintura y el aroma de su perfume... un perfume que olía a cítricos y madera, pero también a brisa marina. Era un aroma familiar, pero mi cabeza estaba demasiado nublada para procesarlo.
-Sophie
Editado: 09.10.2026